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  • miércoles, 28 de septiembre de 2022

Ladrillero

Por Martina Dentella 

 

Para saber si un ladrillo es bueno hay que golpearlo con otro, cara con cara. El sonido determina la calidad: ruido de campana o ruido de alfajor. Así lo describe Manucho Garraza, mientras los sostiene y los hace sonar. Los suyos son buenos. Son, de hecho, de los mejores de la ciudad. Y el secreto está en la tierra, dice. En la tierra, en el agua dulce, y en el hummus. Pero la mano del hombre es fundamental. Y el amor, dice. 

Viene caminando desde su casa, ubicada a pocos metros del horno. Tiene una campera gris con rombos cerrada hasta el cuello, un pantalón oscuro, las manos en los bolsillos. La piel curtida por el frío, el sol, el viento y el pelo negro, con algunas canas. Son las diez de la mañana y hace al menos cuatro horas que está despierto. 

El horno queda a seis kilómetros de la ciudad, sobre un camino rural, a doscientos metros de la ruta provincial 30. Hace más de sesenta años que es propiedad de su familia. 

Un locutor boliviano arenga el baile a todo volumen en un parlante pequeño pero potente, y hay que acercarse un poco más para escuchar el ruido del barro húmedo que choca y se aglutina en los moldes. Hay cuatro horneros trabajando sobre tablas. Uno de ellos va y viene con la carretilla desde el pisadero, una circunferencia de ocho o diez metros de diámetro, cercada con postes de madera y alambre, donde se mezcla la tierra, el agua, el aserrín. Trae, entonces, la mezcla de una tierra negra brillante, robusta. El resto se concentra en el trabajo mecanizado y manual a la vez, coloca el barro en los moldes, se asegura de que no quede aire, emparejan con la mano, y los llevan a la cancha, donde ya hay colocadas varias hileras. 

El cuerpo se aclimata, porque hay que agacharse y levantarse tantas veces como ladrillos se corten. La cintura y la espalda, ceden.  

Pero el proceso real y definitivo es mucho más lento: un ladrillo necesita un mes de producción. Aunque si se usa la tierra de la zona, tenés cien años de garantía, repite Manucho. La tierra cocida queda tan compacta, que cuando se quema, no la destruye nada. 

-Cualquier persona puede aprender el trabajo, y rápido. Pero te tiene que gustar, sino no durás. Te vas. Si te gusta, lo vas perfeccionando. Y si sos el patrón, tenés que tener una paciencia especial, el día a día es bravo, buen carácter, con la razón callarse, saber cuándo ceder. 

También cuenta que no se pudo inventar una maquinaria que suplante al hombre, entonces “quedamos fuera del sistema, aún cuando nuestra tierra es la mejor del planeta”. Pero además hoy deben afrontar las demandas ambientales y tratar de no saquear los suelos. 

-Para no perjudicar los ecosistemas compramos tierra de lugares donde se extrae por alguna obra, una autopista, una pileta. Usamos agua dulce, que no tiene salitre, aserrín que viene de los aserraderos, de descarte. Reciclamos. 

La industria ladrillera fue corrida por la soja. Con el avance de la frontera productiva, no quedó nada. Chacabuco tenía en los sesenta entre quinientos y seiscientos hornos, e ingresaban entre cincuenta y sesenta camiones por día a cargar ladrillos. Pero ese pueblo ya no existe. 

-Son los que levantaron al pueblo. Era efectivo que entraba y no se iba, la gente invertía acá. En ese tiempo, en el horno de mi viejo se llegaron a cortar quince mil ladrillos por día. 

Después, los militares corrieron los hornos al campo, la mitad se fueron y el resto tuvo que abandonar y dedicarse a otra cosa. Era difícil llevar personal, no había luz, y también era imposible conseguir una parcela para instalar una industria ladrillera. Muchos se fundieron. Además, nunca hubo un crédito del Estado. Hubo hasta para criar conejos, pero nunca para nosotros. 

El otro enemigo de los ladrilleros, dice Manucho, además de la soja y de los militares, fue la aparición del ladrillo hueco que originalmente se creó para hacer edificios, pero se terminó usando para viviendas particulares. Definen otro tipo de construcciones más rápidas y baratas, donde pasa el calor, el frío, la humedad. 

Manucho siguió los pasos de su papá, que hoy tendría ochenta y cinco años. Fue ladrillero hasta que el cuerpo le pasó factura y no pudo seguir más. Con los militares se fundieron, “bajo cero”, dice. Y a los veintiún años se cargó al hombro el negocio familiar. Pero antes, mucho antes, a los tres años, perseguía por el horno a su papá. Y a los diez le pedía cortar adobe. Y lo dejaban, pero después veía cómo volvían a la carretilla con el resto de la mezcla. A los trece dejó la escuela y se dedicó de lleno a pisar. Pero bajo la supervisión de su papá:

 -Lo hice sentir útil hasta el último día, el corroboraba todo, se sentía fuerte desde ese lugar, y yo lo dejaba, si le sacaba eso, le sacaba un cachito de su vida, todos deberían hacer eso con sus padres, porque todos vamos a llegar ahí, y no queremos sentarnos a esperar la muerte. 

“Tenía el sueño de ser como mi papá. Y hoy me gustaría tenerlo vivo a mi viejo, para que vea esto”. Lo dice, hace una pausa para mirar alrededor y cambia de tema. “Pero es un trabajo tremendamente esclavo, si escuchás decir que un tambo o un galpón de pollos es esclavo, esto es peor”.

Cuenta que apenas podés moverte a tomar un refresco, que si ves un refucilo tenés que volver corriendo o podés perder la producción. Si llueve, tenés que estar debajo de la lluvia, correr tres o cuatro veces para chequear que el nylon no se corra y se mojen. Si hay viento, controlar que no se vuele. Tenés que estar todo el día. Por el viento, la lluvia, los animales, el frío, el fuego. 

-Si te relajás, te come el oso- dice Manucho y se ríe. 

La pila de adobe está cubierta por una capa de barro. Hay mucho en juego cada vez, repite Manucho. Aunque es un trabajo que ya no hace casi nadie. Para encender la hornalla, explica, la leña se ubica en los huecos. Después, va estar doce horas ardiendo a mil quinientos grados, y después seguirá quemando y creciendo hacia arriba por una semana más, hasta que el último ladrillo esté cocido, porque el calor va ganando lugar de a poco. 

El viento sopla a 28 kilómetros marca el teléfono, y es un día ideal para hornear. El parlante quedó lejos, solo se escucha el ruido del viento y de algún pájaro.  A pocos metros, otra hornalla se está resquebrajando y asoman finalmente los ladrillos, que necesitan algunos días más de enfriado. Más cerca, varios bloques de pallets con setecientos cincuenta ladrillos envueltos en film, aguardan su destino final. Manucho está mirando hacia arriba, con las manos en los bolsillos. 

 

Cuando encienden, el cielo se encapota de humo negro, y el viento lo arrastra rápido, como una ciudad que se esfuma. Mañana volverán a empezar.