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  • jueves, 07 de julio de 2022

Cuando fuimos el futuro

51.

Por Manuel Barrientos

Cuando fuimos el futuro

Mateo se va a Buenos Aires en el colectivo La Estrella de las 18 horas. Tiene dos bolsos grandes, con la ropa, unas sábanas, algunos libros y casetes, un par de jarritos y una olla. Se va a vivir con el Chata y Santiago a un departamento de dos ambientes por el barrio de Once. En pocos días comienzan las clases en la universidad.

Camilo escucha hablar de monoambiente, de dos ambientes, de tres ambientes, de tres ambientes con dependencia, y no sabe a qué se refieren ni le interesa averiguarlo. Al menos por ahora. En Chacabuco, las casas –y los pocos departamentos que hay- no se miden en ambientes ni en metros cuadrados. En realidad, no se miden. Las propiedades se califican con adjetivos: son grandes, medianas o chicas, lindas o feas, cerca o lejos del centro, más elegantes o menos refinadas. La única medida es su precio, si son caras o baratas. Así que no tiene idea de cómo es el departamento al que se va a vivir su hermano, pero se lo imagina lleno de libros, de música, de posters de bandas de rock. Se lo imagina lleno de vida, de vida ajena y lejana.

Mateo tiene que hacer el Ciclo Básico Común, al que sólo se refieren por sus siglas. CBC, CBC, CBC, todo el maldito día hablando del CBC. Las materias también resultan extrañas: Introducción al Pensamiento Científico, Introducción al Conocimiento de la Sociedad y el Estado, Antropología. ¿Por qué tiene que estudiar Antropología alguien que quiere ser sociólogo? ¿Se va a convertir en Indiana Jones? ¿Va a ir detrás del arca perdida, va a explorar el templo de la perdición? 

Bajo el dintel de la puerta de la habitación, Camilo ve cómo su hermano termina de meter la ropa en el bolso a las apuradas. También escucha cómo la madre se queja porque hasta hace un momento toda la ropa estaba planchada y ahora se convirtió en una pelota de tela toda arrugada. Dedícate a estudiar, andá a todas las clases, leé, no seas boludo, le dice mientras tanto el papá a Mateo. 

El hermano mayor se va, deja la casa y se va. Allá lejos, a la perversa y solitaria y multitudinaria gran ciudad. ¿Cuándo volverán a verse? ¿Volverán a vivir juntos alguna vez? ¿El cuarto le queda todo para él? ¿Puede Camilo hacer lo que quiera con esa habitación? ¿Las revistas que están ahí tiradas, los casetes que quedaron en aquel estante son suyas a partir de ahora? ¿O después Mateo va a aparecer como en la parábola del hijo pródigo que estudiaron en catequesis?

Camilo dice que no, que prefiere no ir a la estación de colectivos, que tiene que quedarse escuchando el partido de fútbol de Boca contra Vélez, que vamos ganando uno a cero, que faltan quince minutos para que termine, que tiene que estudiar, que el lunes tiene una prueba de ciencias naturales y es reaburrida y redifícil, así que por eso necesita quedarse en la casa. 

-¿Cómo no vas a ir a saludar a tu hermano a la estación? -reprocha el padre. 

-Dejá, no importa, nos saludamos acá -apacigua Mateo. 

Mateo: el hermano mayor, el hermano universitario, el hermano porteño. 

Mateo: el hermano que abandona, que se carga un bolso en el hombro y agarra el otro con la mano. Parece que se va. Pero no. Vuelve a dejar los bolsos en el piso. Gira. Saca algo del bolsillo del pantalón y se acerca a Camilo.

-Te dejo esto para vos.

Mateo le señala el casete de Parte de la religión, el último de Charly García, el que tiene la canción que hicieron junto a Luis Alberto Spinetta. Y leo revistas, en la tempestad, hice el sacrificio, abracé la cruz al amanecer. 

Camilo se queda quieto. No sabe qué decir, no sabe qué hacer, nadie le enseñó qué tiene que hacer cuando un hermano se va y queda un espacio vacío. En realidad, más que un espacio vacío: un abismo.

Esas últimas imágenes antes del exilio son indelebles pero fragmentadas. No hay una película completa, solo algunos fotogramas dispersos, rotos, elididos. Puro dolor.

Ahí están esas imágenes incompletas: la espalda de Mateo, el deseo de Camilo de correr detrás suyo, el deseo de abrazar al hermano, el deseo de no soltarlo jamás. Queda el recuerdo de esa espalda que se aleja de la casa, de la ciudad, que se difumina de la mirada de Camilo. Y el casete de Charly García, con ese tema que hicieron con Spinetta, un pedacito de su hermano entre los dedos.