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  • lunes, 08 de agosto de 2022

“La Pachamama es una deidad muy vigente”

Agosto es un mes de alto poder simbólico. Desde ayer, se celebra en Perú, Bolivia y en toda la Argentina el comienzo del mes de la Pachamama, o la madre tierra. La antropóloga cultural, investigadora y docente Maricel Pelegrín, ha participado como etnófraga y observadora de distintos rituales de ofrenda a la Pachamama. En diálogo con Cuatro Palabras, afirma que “como deidad telúrica, prehispánica, está vigente en todas las comunidades andinas, e incluso nos hemos apropiado y apreciamos a esta figura altamente simbólica aún en contextos urbanos”. La antropóloga advierte sobre el avance de la frontera agrícola a expensas de los bosques nativos y asegura “La Pachamama es una deidad, y como tal tiene potencia, pueden interceder positivamente pero también puede convertirse en seres que pueden provocar daño”.
“La Pachamama es una deidad muy vigente”

La Pachamama es la diosa femenina de la tierra y la fertilidad, una divinidad agrícola y ganadera que es considerada como la madre que nutre, protege y sustenta a los humanos. Y para quienes la veneran, es también un ser muy cercano y cotidiano, con la cual se dialoga, se le pide sustento o disculpas cuando se comete una falta. Sencillamente porque es la que provee

Los rituales se realizan durante todo agosto ya que coincide con el comienzo del nuevo ciclo agrícola: el invierno se va y la primavera reclama fertilidad y floración. Esta celebración ha trascendido las fronteras de su origen, fue adoptada desde distintos puntos geográficos y fue mutando y resignificándose en cada lugar. La antropóloga cultural, investigadora y docente Maricel Pelegrín, asegura “La Pachamama como deidad telúrica, prehispánica, está vigente en todas las comunidades andinas, e incluso nos hemos apropiado y apreciamos a esta figura altamente simbólica aún en contextos urbanos. En Chacabuco, por ejemplo, se toma caña con ruda. Es una ritualidad que está muy bien difundida en otros contextos que no son los originarios”, dijo.

Además, explicó que “quienes se sienten comprometidos con las tareas rurales saben y han incorporado a su acervo esta práctica de ritualizar el 1 de agosto, que es un momento bisagra, porque se han acabado los pastos por el riguroso invierno, los animales están flacos, faltan aguas, entonces tiene que corpachar, dar de comer y de beber y honrar a la tierra, porque necesita tener una aliada potente, es un gesto de reciprocidad”.

“A la tierra se le da lo que nos gusta a nosotros, porque es muy demandante y próxima al ser humano”, asegura Pelegrín. Una de las ofrendas típicas, según la antropóloga, es la tijtincha, una comida de olla sustanciosa, que lleva maíz, papas, corderos, muy sabrosa. Es la comida ritual por excelencia, que se empieza a elaborar una noche antes. También pueden ser empanadas, tamales, humitas, golosinas, cosas dulces, por supuesto hojas de coca, y no pueden faltar bebidas alcohólicas como el vino, la chicha, la cerveza y los cigarros.

La Pacha da pero también quita

Lo cierto es que quienes veneran a la madre tierra, y la ofrendan, están convencidos de que este saqueo desmesurado no es gratuito, y que trae consecuencias. El dicho asegura: la Pacha da pero también quita. Consultada sobre la situación crítica que se atraviesa con la expansión del modelo del agronegocio, y si hay lugar para pensar en algún tipo de represalia de la tierra, Pelegrín asegura “claro que se considera, cuando se abre la boca de la Pachamama cada año, las familias cavan, retiran la piedra que recubre el pozo y se observa qué es lo que ha pasado con la ofrenda, con el producto de la corpachada del año precedente; si los alimentos se han degradado y no queda nada de ellos, es una buena señal: el año va a ser próspero, los animales se van a reproducir, va a haber una buena cosecha, quiere decir que el ciclo vital agrario, pastoril y ritual va a transcurrir de la mejor forma”.

Por el contrario, si se encuentran restos putrefactos de esa comida- ofrenda, “es un mal signo, una mala señal, de que algo no hicimos bien, de que no honramos a la madre tierra, de que la hemos degradado o hemos maltratado a los animales”. Para graficar, se refiere a “cómo se han expandido las fronteras agrícolas, a expensas del bosque nativo, que no han sido del agrado de la madre tierra, que es una deidad, y como tal tiene potencia, pueden interceder positivamente pero también pueden convertirse en seres que pueden provocar daño: puede venir un zorro o un puma y comerse un animal de la hacienda, podemos tener una mala cosecha, podemos sufrir enfermedades, porque está esa ambivalencia o igualismo ético de los seres con poder”.