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Deconstruir la historia, construir la memoria 

cuatropalabras.com.ar | 25 de marzo de 2020

Opinión / 

Por Juan Manuel Blaiotta 

“La memoria le da su verdadero sentido a la historia, la salva de la pretendida objetividad de los hechos de archivo, la conecta a la vez con la colectividad y con las vidas personales”. Carlos Fuentes fue un prolífico escritor mexicano que dedicó buena parte de su vida -y obra- a pensar en la memoria. Qué es, desde dónde es, qué hacer con ella. Puede uno creer o no en las casualidades, pero una clase después de leer su relato “La tumba de Leopardi”, una agrupación política estudiantil ingresó al aula para invitar a les alumnes a viajar para conocer la Ex ESMA, hoy transformada en Museo de la Memoria. Algunes ingresantes preguntaron qué era ese lugar, y luego de una -no tan- breve explicación, surgió una charla-ejercicio, de preguntas, respuestas y repreguntas acerca de la memoria. “¿Qué es la memoria?”, comencé. Un poco de silencio, no más de tres o cuatro segundos, hasta que alguien se animó a romper el hielo discursivo: “recordar algo que pasó”, dijo, y el silencio prosiguió unos pocos segundos más. “¿Solo eso?”, vuelvo a preguntar. “Pero no cualquier cosa, algo que te marcó”, nos aclaró. Esa respuesta, de un pibe de 18 o 19 años, dio el pie a las preguntas que continuaron: ¿Cómo hacemos memoria? ¿Cómo nos marca?. 

La memoria ha sido sin duda lo más amordazado de nuestra historia colectiva. Vapuleada, escondida, enterrada tan hondo como se pudo. Planificada para ocultar, recortada, ofrecida como palabra muerta, sin debate, cómoda, intocable, inmodificable. La práctica de deshistorizar a la memoria es sistemática y para nada inocente: una memoria muda, muerta, pasada, es la posición conveniente para seguir perpetuando las injusticias que a través de la construcción constante de nueva memoria se busca enfrentar. ¿Es posible hablar de memoria liviana y sin historia? Por supuesto que no. Cuando hablamos de construir la memoria, decimos -y decidimos- ser atravesados por ella, pensarnos desde ella, pero sobretodo, actuar desde ella. La memoria no debe mencionarse jamás en tiempo pasado, sino que al contrario, nos exige reflexión y acción presente, para mantenerse viva. 

Resulta necesario en esa construcción, también, deconstruir la historia, que es la base de toda construcción. La memoria no está destinada a la consulta de libros y manuales de historia, ni a ninguna gloria individual. En nuestra propia historia, la colectiva, y en todas las historias marcadas por la sangre y la injusticia. La memoria es ya el significante, y no el significado, de lo que duele, de lo que incomoda, de lo que queremos cambiar. Mencionarla como particularidad, como hito de almanaque, es herirla de muerte. No puede haber, entonces, una memoria liviana, aislada, inmutable. La memoria está, ardiente, desafiante, esperando ser, esperando seguir siendo, sin olvidar a les que no están, salvándola para les que vienen, y jamás reconciliándose con quienes todos los días quieren enterrarla.

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