15:20 h. Martes, 16 de julio de 2019

Una planta de mandarina 

CONTRATAPA ​ Por Martina Dentella  |  21 de marzo de 2019 (12:29 h.)
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​Soñé con mis amigos de la primaria. Aparecían uno a uno, emocionados por encontrarnos. Nos abrazábamos, nos contábamos nuestras vidas y novedades. Hay un tono melancólico en las imágenes que vuelven y no logro descifrar, porque naturalmente la memoria es selectiva y algunos sueños son bastante difíciles de atrapar. 

Después de unos intentos de cerrar los ojos para recordar me levanté frustrada. Recordaba algunas caras, algunos lugares, pero me desprendí con la rutina de la mañana. 

Sin soltar del todo esas imágenes, me acordé de los días de sol en el patio de en aquel entonces mi amigo Esteban Chiminelli. Nos juntábamos exclusivamente a comer mandarinas de su planta. Disponíamos las sillas alrededor del colorido y exponencial árbol y charlábamos horas y horas. Me acuerdo que era yo la que le pedía que me invite. Me caía bien su casa y su mamá, que siempre llevaba una sonrisa y nos preguntaba sobre nuestras cosas de interés. 

Esas mandarinas que -un poco avergonzada- pedía para llevarme a casa también, eran sabrosas, ácidas, jugosas y brillantes. Un manjar. Podíamos comer (o podía yo que aprovechaba la oportunidad) infinita cantidad, cinco, seis, siete mandarinas hasta que no podíamos más. 

Recuerdo con la misma nostalgia la charla con mis amigos, en las que siempre fui tratada como par por esos varones con los que escupíamos al piso las semillas y nos secábamos el jugo con las mangas de las camisetas. 

No es que por aquel entonces no operaran las grandes corporaciones contra el medioambiente y la comunidad, pero lo que sí ocurrió fue que en todos estos años, el negocio se fue profesionalizando y con el requerimiento de insecticidas (entre otras cosas) más resistentes, se ha ido demasiado lejos. 

Por suerte este es un relato alegre, y con cierta esperanza estamos atravesando un momento en el que comienzan aparecer algunos límites, que -voluntad mediante- nos permitan hacer marcha atrás en esta dañina empresa contra la Tierra. 

A diario -y yo misma lo pude comprobar- vemos cómo los agrotóxicos dañan algunas especies de plantas que no son las diseñadas por las corporaciones para resistir el veneno. Veneno, que además, termina en nuestra mesa. 

Entrada la tarde sigo pensando en aquellas mandarinas mientras una explosión digital nos grita ¡basta!. 

Es Greta Thunberg, una niña sueca, que inicia una huelga de colegio contra el cambio climático para conseguir llamar la atención de los medios, una ballena encontrada muerta con 40 kilos de plástico entre sus órganos, es una corte de Estados Unidos sentenciando contra MONSANTO-BAYER, son las personas despertando y publicandole en la cara al mundo que esto no da para más. 

Me desvela saber si seguirá existiendo esa añorada planta de mandarinas y me pregunto cuántos patios conservan aún esos frutales en los que sentarse alrededor y conversar.