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  • domingo, 12 de julio de 2020

Un gol de leyenda 

Un gol de leyenda 

Miguel Ángel Benac, alias el Chino, bohemio, de pelo largo, energía andante, búsqueda y deseo, entrañable jugador de básquet del club Porteño. Se acercaba en un día de lluvia a la gloriosa Cancha de San Martín, alambrada con hilos bajos que recorrían el perímetro, donde hoy se levanta el Barrio Parque Chacabuco, puntualmente donde vive doña Mirta Rojas. Entonces la democracia ostentaba un aire nuevo, liberador, festivo y el lugar latía de gente, se atestaban los autos. 

 

Desde la mirada distante, no fue un mal jugador de fútbol. Lo que sí es cierto es que fue parte de un equipo de estrellas que le dejaba poco margen para lucirse. El cuenta y coincide con relatos de época, de que Paqui, su hermano, era bueno en serio. Puro talento. Un exquisito. Jugó en Estudiantes de La Plata, y volvió desilusionado con el tipo de fútbol y lo que pretendían hacer de él. Prefirió vivir con la mirada de potrero, un profesional de pueblo. 

 

El equipo de jovatos, hombres animados, como Chazarreta, Zubeldía, Puppio, Gonzalito, Categoría, Chueco Fernández, Chino Benac, entre otros, se enfrentaba a los exestudiantes de Chacabuco en La Plata, entre ellos Paqui Benac, el Chuncho, Feroldi, De Nigris. 

 

Jhony Albornóz, que jugaba con Benac, sí que era un jugador, era un cuatro de los de ahora, de los que se proyectan y terminan de wing derecho, de los que hacen maravillas. 

Fue el Jhony el que tiró el famoso centro en aquella tarde lluviosa en la gloriosa de San Martín. 

 

Caía el agua a baldazos. Y los que habían ido a pata se subían a los autos para terminar de ver el partido. Mates, bizcochos, abrazos. Benac se ajustaba las medias casi por debajo de las rodillas y divisaba la cancha para tener un panorama completo.

Es ahora donde la historia se empieza a poner brava. El único periodista que se había acercado -del periódico Chacabuco- estaba arriba de un auto. Benac asegura que no le funcionaba el limpia parabrisa. No hay testigos que puedan decirse objetivos. 

 

Volvemos al Jhony Albornoz, alguien le toca la pelota a la derecha. Benac se lo adjudica, pero cede el beneficio de la jugada. Emprende carrera hacia el área, pica. 

El Jhony, toca la pelota, supera a un defensor, luego al tres de San Martín y arroja el centro perfecto. Benac, que venía como el Cuyano -la vieja locomotora que no paraba en Chacabuco- se tiró de palomita, cayó en el barro de lleno, al medio del área, y la pelota entró en el ángulo derecho del arquero. Golazo. 

Así lo recuerda él. 

 

Es cierto que los detractores lo traen al presente como un hecho fundacional. Lo de la tarde fría y gris en la vieja cancha San Martín, intacto. Promediando el segundo tiempo, por el andarivel del 8, en el arco que daba la espalda a Pueyrredón se produjo el hecho histórico. Como cuando se alinean planetas cada un millón de años. Marsiletti, buen hermano de Benac jura que lo vió entrar al área, pero asegura que poco más de un metro. 

Preocupados porque no pasara al olvido, se establecieron en el lugar un martes, con la presencia del senador Leopoldo Callone, DT del equipo, Chazarreta, Puppio, el Picante Di Perna y Cacho Zubeldía y plantaron un monolito en el área que decía “aquí pisó el Chino Benac”. 

 

Las discusiones de los detractores planteaban que Miguel Ángel había sufrido un surmenage, y que -nobleza obliga- había que hacerlo revisar. Marsiletti y Di Perna confiaban en que era un descuido, y había que dejarlo pasar. Pero la cosa se encendía con la medida del ingreso al área. Oscilaba entre los diez centímetros, es decir, un pie apenas adentro, y el metro, metro y medio. 

 

Lo cierto - y aunque le confían la vida- es que los amigos entrañables, del césped y la calle, devenidos amigos de café, no recuerdan ningún gol de Benac. 

 

Cuando no se puede dormir, Miguel Ángel de hoy, historia viva, intenta seleccionar alguno de los diez goles que hizo en su carrera. Casi siempre viene hecho un fuego, cruza la línea, cae al barro y la pelota entra al ángulo derecho del arquero. 

 

(*) De la entrevista con el Chino, y el escrito de Nano Marsiletti a este diario.