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  • sábado, 25 de septiembre de 2021

CONTRATAPA

Santos: el hombre y el monte

Por Martina Dentella 

 

El Álamo Carolina ubicado a pocos metros del ingreso al monte tiene casi treinta metros y más de ciento cincuenta años. Su corteza está fracturada, y en un hueco en el tronco, anidan algunos pájaros. Está deshojado. Ya no crece. Lo acompañan unas quinientas especies y dos mil variedades de plantas y árboles.

Captura de pantalla 2021-08-11 a las 10.41.48 p.m.
Captura de pantalla 2021-08-11 a las 10.41.48 p.m.
Santos: el hombre y el monte

Santos Bonini sale de su casa y camina hacia la entrada. El sol se cuela entre las ramas de las copas que unen los árboles. Tiene un pantalón gastado y un pulóver azul. Lo escoltan sus cinco perros que avanzan y frenan donde él. Se esconden entre las sombras y finalmente se duermen. Mis guardaespaldas, dice. Camina pausado, quiebra las rodillas y pisa las hojas secas con decisión, como si buscara escucharlas crujir. 

 

Ese Álamo Carolina llegó en una de las bolsitas de cuero que trajo su abuelo de Italia, en la década del 1860. Santos lo muestra con orgullo. La fundación de la ciudad está vinculada con él. En el resto de las pequeñas bolsas viajaba un ciprés, dos paraísos, y un laurel. Pero el álamo es el único sobreviviente, y el monte ya no es el mismo, aunque conserva el nombre. Entre sucesiones, ventas e impuestos se transformó en una gran quinta repleta de árboles. 

 

Su abuelo no llegó directamente de Italia. Hizo una parada en Francia, donde el Rey Humberto I le dio el pasaporte para poder viajar a la Argentina. Una vez en Buenos Aires fue Guardia Nacional, pero pisó el territorio más fértil del mundo cuando se escapaba de la Guerra de la Triple Alianza. Ahí tenía asignado un rol que nada tenía que ver con él: era carnicero del ejército. 

 

-Cuando Mitre dijo disparen él disparó pero no las armas, se vino a lo que hoy es Chacabuco. No sabía el idioma. Se enteró de que iban a fundar un pueblo. El agrimensor Justiniano Lynch buscaba un ayudante capacitado para delimitar la zona, y él en Italia había trabajado en la piedra, pero igual se animó. Entonces trazaron la ciudad con estacas. Algunos dicen que eran estacas de Ñandubay, pero mienten, todavía no llegaba el ferrocarril. No pudieron haberlas traído de ningún modo. Y estaba lleno de indios. Había asentamientos. Dicen que no, pero yo sé que sí. 

 

Santos se agacha para acomodar unos esquejes, mientras sus perros lo siguen por los senderos. Estos aparecieron acá y se acoplaron a la familia, dice. A este lo trajo mi nieta, y señala un cuzco un poco viejo, marrón casi dorado. Abuelo, mirá este cachorrito, me dijo. Pero ahora me hace caso a mí. Son cinco guardianes y hay siete más que son centinelas. Quedan en guardia. Y de noche, duermo tranquilo. Si grita uno solo, no pasa nada. Cuando ladren todos, veremos, dice. 

 

En su segundo viaje a Francia, Bonini abuelo fue a cobrar la herencia de su mujer, Carolina. Era un puñado de monedas de oro. Nadie sabía el valor, pero le permitieron comprar seis quintas en el pueblo nuevo, de cuatro hectáreas cada una. Los Castelar, familiares de su esposa, ya vivían en esa zona despoblada.

 

-Mi abuelo le dijo que se quería casar con la chica, él tenía 30 y ella 17. No había otra mujer. Y le dijeron que sí. Después hizo los ladrillos para hacer la casa. 

 

Cuando se habituó al lugar y decidió quedarse, empezó a plantar. En febrero de 1865 preparó la tierra y colocó el álamo. A pocos metros, en esa misma casa que aún conserva su estructura, nacieron Santos y sus ocho hermanos. Hoy las plantas le ganaron lugar. Un árbol crece en el centro y las enredaderas se aferraron a las paredes, el techo y a las rejas de más de cien años. La luz ingresa por distintos huecos y alumbra bicicletas antiguas, mesas, sifones, diarios viejos, neumáticos, puertas, resortes y otros objetos.

 

-Todo lo que podés pensar de mí lo podés ver en las plantas. Si son feas, yo soy feo. Si son lindas, yo soy lindo. Soy planta. No hay otra relación. Yo nací acá y sigo acá con ellas. Cuidarlas es como cuidar a un jardín con un montón de chicos. Necesitan agua, frío o calor. En otras palabras, atención de acuerdo a quiénes son. Respiran y se reproducen. Igual que nosotros. Si hace un sol loco, las protegés. Tenés que vivir para ellas, para que mañana te retribuyan algo: una fruta, una verdura, sombra, oxígeno. Y si no, por la sola satisfacción de haberlas criado. Un monte es un lugar lleno de vida. Hay unas mandarinas ricas allá, andá y comé. 

 

 A los once años, Santos y sus hermanos hacían sus propios injertos con unos yuyos que llegaban de la India. Así nació su alcanfor. Es su árbol dentro del monte. Lo abraza una ampelopsis, que logró trepar hasta la copa. Cada integrante de la familia tuvo y tiene la propia. También así se multiplicaron los álamos. 

 

-Mi abuelo le enseñó a mi papá y mi papá a mí. Pero aprendimos mirándolo. De acá, a la escuela y de la escuela a acá. Y pala y sada. Ese fue el comienzo y la continuación de mi vida.  Hasta que le empezamos a decir, papá, hacé el injerto más arriba, más abajo, para acá o para allá. Y no nos dimos cuenta de lo que estaba pasando, pero nos dijo que ya que sabíamos tanto él se iba a tomar mates. 

 

Acá- dice y señala un viejo tronco aferrado al suelo- se sentaba mi viejo. Y me decía Santos, a ver cómo te portás.  Desde ahí ando por ahí y por acá haciendo inventos, dice. Tiene injertos por todos lados. No sabe si van a brotar o no. Para eso deben coincidir las savias, ser compatibles. 

 

-Si pegan ya inventé otra cosa. Sino las dejo. Así voy progresando y se me va pasando la vida. Cuando termine mi tiempo, a lo mejor dejé algo. Pero solo pensando en reproducir variedades. Yo ni hice nada, lo hizo la naturaleza, que ya está hecha. Hay que ser aprendices. Yo lo soy. Copio lo que veo. Pero viene una mariposa jodiendo, poliniza, se va a joder a la otra y así tenés otra variedad. La mariposa hace más o menos lo mismo que yo.

 

Santos sigue trabajando, recorriendo campos, quintas, y recibe en su casa a algunos clientes. Mientras tanto, la quinta generación ya reconoce el oficio y ve crecer su planta. Pero la realidad del pueblo mutó, y los viejos montes que hacían de pulmón ya no están. Se fueron perdiendo entre loteos y construcciones fugaces. En ese contexto, el viejo monte Bonini resiste. 

 

-Están destruyendo todo. Dicen que hay que sacar los plátanos por la alergia. Pero no es la culpa del plátano. La planta qué culpa tiene. La alergia, ¿de donde viene? Nos estamos enfermando unos y otros. Y viajamos a la luna, pero no sabemos sembrar una papa.  El monocultivo es un desastre. Cuando era pibe, estábamos en el campo y cortábamos el pasto en las esquinas, bajo los alambrados. Nada cambió, la tierra es la misma, solo que está envenenada. 

 

Le cuesta desprenderse de cada una de sus plantas. Soy amigo de todas, dice. Cuando se tiene que deshacer de una, les discute. Les pregunta cómo están y ellas le responden que por qué no les saca la plaga de allá arriba. O con una fe ciega, que lo aguanten hasta el otro día, que mañana las va a regar. 

 

-Pero te vencen, ellas te esperan. Como la Pachamama. La tierra acepta todo, pero te está esperando. Yo no quemo ni una hoja, es el alimento que la tierra aguarda, de lo que la planta ya le quitó. Más los intereses. Entonces cada vez hay más composición. Lástima que tiren y tiren fertilizantes, matayuyos. Matan árboles. Después hay incendios forestales, cuarenta grados. Es política. Hay muchas manos sucias que queman.