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  • domingo, 12 de julio de 2020

Rosa Ramona

Contratapa 

Por Martina Dentella

Rosa Ramona

Rosa Ramona nació en el inicio de la Gran Guerra. Desde sus cien, su festejo es un acontecimiento para Chacabuco. Recibía a los medios “arreglada, para disimular la edad”.

Los días de infancia fueron malos. Estuvo muy grave. Casi muere. Su madre, muy católica, le pidió a la Virgen que la sanara y quedara bien. La Virgen cumplió.

Y llegó a los 106 años lúcida-lúcida, lo juro.

Rosa tenía unas ganas inmensas de vivir. Llena de bijouterie. Pedía que le pintaran los ojos de azul y las uñas de rojo. Pedía Gatorade de naranja y chocolates. Sabía que la lucidez podía escaparse sin más. Con algunas estrategias que había dominado por vieja, le habilitaban algún antojo. Cerraba concesiones urgentes, o jugaba la carta de la ofensa.

Cuando requerían algún recuerdo, seleccionaba, recortaba y repetía que sus profesoras la habían querido, nombraba a sus dos amores prohibidos por sus padres, hombres casados, sus salidas al cine y a los teatros de la calle Corrientes, los viajes en tren.

El primer hombre del que se enamoró era casado. No le permitió avanzar por la palabra de su mamá. Cumplía. Él era inspector de Casa Phillips.

El segundo era muy inteligente, representaba una droguería y trabajaba en el centro. Hablaba, hacía discursos, y era dirigente de una ferroviaria. Era una persona inteligente, y educada. Pero casada. Rosa vivió el amor en soledad.

Decía que había sido feliz. Continuó su vida trabajando como profesora de la Escuela Almafuerte luego de recibirse en Labores. Vivió las dos guerras. Votó con el resto de sus congéneres por primera vez. Le gustaba dar mensajes a la prosperidad: “Que se porten bien, que sean personas respetables. Que no tengan malas conductas como las de hoy, que raptan a las mujeres, eso no me gusta. Que se formen, que tengan una idea de algo bueno en su forma de trabajar, que estén bien. Que les guste la vida”.

Durante su último cumpleaños dijo “No soy una persona que se abandona o se deja estar por los años. Siempre estuve arregladita. A mí me parece mentira cumplir 106, cuesta creer tener tanta edad. Pasé muchos lindos momentos, he tenido suerte, buenas amistades y no me he quejado. El trato con la gente siempre fue bueno, creo yo. He actuado mucho, me han llamado de todas partes cuando han precisado algo, yo me sentía contenta, con gente amiga y de confianza”.

Una vez me invitó a su casa. Me regaló un rosario, plata enrollada y me contó la historia de un loro, su padre, un barco y un asesinato macabro. La pienso recordar así.

Se apagó después de un centenar de otoños. Se apagó lenta, silenciosa.

Rosa , memoria viva . Envuelta en nostalgia. Cierra los ojos, clausura un tiempo de vida distinto, sin nadie que lo recuerde.