Romances de carnaval

cuatropalabras.com.ar  |  21 de enero de 2020 (13:37 h.)

contratapa

(*) Por Marcelo Chata García

Se acerca febrero y, para quienes hemos disfrutado de las artes carnestolendas, se respira perfume de carnaval. Pero los primeros recuerdos de carnavales que se me vienen a la mente no son los más gratos. Distan mucho de esos romances de mascaritas de los que hablan tantas canciones. 

En mi niñez al ‘Bombero Loco’ y los lanza agua vinieron a suplantarlos la espuma y un martillo plástico que al golpear, gracias a su fuelle, hacía un pitido. El agua, en las cálidas tardes y noches de verano, formaba parte de un juego que hacía olvidar la falta de viajes a lugares turísticos o de quintas con pileta. Por supuesto había cierta seducción infantil presente allí, probablemente no codificada del todo, pero que la vecina o vecino que te gustaba entre en el juego con vos sumaba emoción. 

En definitiva, Carnaval rememora las festividades paganas, fiesta de la carne en el mismo sentido que a ella le daban estoicos y cristianos, pero de forma inversa. Es decir, la carne como lugar de las sensaciones, los deseos, los placeres, las tentaciones; en ocasión del Carnaval eso adquiere un sentido positivo, liberador y festivo. Y así al cuerpo en la comparsa se lo festeja, se lo adorna, se lo resalta, se lo pasea provocador, alegre y audaz. El brillo de las comparsas, sus trajes y sus carrozas, alegran incluso a quien sólo se anima a observar.

“El mundo infinito de las formas y manifestaciones de la risa –decía Mijail Bajtin hablando de la cultura popular durante la Edad Media- se oponía a la cultura oficial, al tono serio, religioso…” Carnaval es también tiempo de las inversiones: hombres disfrazados de mujer y viceversa, grandes jugando como chicos y niños disfrazados de adultos. Tiempo de igualación donde las máscaras borran apellidos ilustres y los sectores populares imponen su cultura y cosmovisión. Heteronomia puesta en crisis, estructura social patas para arriba, jerarquía burlada, un espacio que nos recuerda los feliz que seríamos sin tantas convenciones sociales.

Pero entonces, aquellos carnavales de infancia se llenaron de pomos y martillos. Grupos nutridos de niños –y no tanto- perseguían por los corsos a desprevenidas chicas para atacarlas y, entre espuma y garrotazos, meter alguna mano. La superioridad numérica de los chicos, una agresividad masculina desatada –en algún lado aprendida- hacían evidente que las reglas de la diversión compartida habían sido desvirtuadas. Había alguien que no decidía, no se divertía, estaba en inferioridad de condiciones, era agredida y debía soportar acoso y abuso. 

Claro, podían objetar los moralistas que cuando quedan liberados los instintos humanos fuera de las convenciones sociales los impulsos atávicos se hacen presente y de esa forma los grupos más débiles quedan a la merced de los más fuertes. En definitiva, ese sigue siendo un argumento esgrimido pos quienes veneran el orden social patriarcal, pues en él el hombre puede cuidar de la ´débil’ mujer; la homosexualidad silenciosa queda protegida del escarnio, y los pobres pueden encontrar algún lugar al amparo de los ricos.

Y sin embargo, como cantaba Serrat en ‘La Fiesta’, cuando ‘con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a sus riquezas y el señor cura a sus misas’ el bien y el mal siguen allí, negándole a la mujer decisión, a las disidencias sexuales visibilidad y a los sectores populares derechos.

Regresé mucho tiempo después a los corsos, en mis tiempos de estudiante universitario, aprendiendo en los barrios porteños el arte murguero. Al retornar a Chacabuco mis compañeras de murga atacarían de lleno cualquier lugar pasivo en el que pudieran quedar las mujeres en los corsos adueñándose de la voz, cantando canciones críticas y picarescas, participando de la percusión y bailando una danza que hasta ese momento era considerada masculina, donde se expresa fuerza, potencia y agilidad. Ninguna chica débil que precise protección.

Para entonces se veían más grupos de chicas en los corsos y la diversidad desbordaba los espacios establecidos. El juego –con espuma y sin martillo- volvió a sus tonos picarescos, y uno veía a las pibas reír, y a los chiques y a los muchachos también… Siempre hay algo que aprender del Carnaval.

 

(*)El Chatarrín es ta lentoso; como la canción de Piero. Hace años que no hace la banda sin levantar la cabeza, ni tira al toque respuestas ocurrentes; hace mucho que no lo ven bailar murga ni rock and roll; cada vez le cuesta más sorprender a sus estudiantes o hacer enojar a un intendente y sus deferentes. Todavía tiene ese brillo en los ojos cuando persigue una idea y se queda toda la noche pensando las palabras para expresarla. 

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