• 00:16
  • sábado, 25 de septiembre de 2021

OPINIÓN

Los que ganaron (con) la guerra

Por Gustavo Porfiri

 

Mientras por estas pampas vivíamos la previa de las PASO, cuyos resultados seguimos descifrando, en el mundo, el sábado 11, circuló mucha información relacionada con el vigésimo aniversario del ataque contra las Torres Gemelas, ocurrido en el Bajo Manhattan, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001. Un mes después, la administración de George W. Bush lanzó la guerra contra el terrorismo e invadió Afganistán, pues el gobierno talibán no había cumplido con las demandas norteamericanas de expulsar a Al Qaeda y extraditar a su líder, Osama bin Laden. Pasadas dos décadas, EE.UU. se retiró con el rabo entre las patas de Afganistán y los talibanes volvieron al poder. Sin embargo, los ganadores de esta guerra fueron otros. ¿Lo analizamos?

16313827728781
16313827728781
Los que ganaron (con) la guerra

Operación “Libertad duradera”. Así se llamó a la intervención liderada por Estados Unidos en territorio afgano en el marco de la guerra contra el terrorismo. Esta serie de acciones militares -la más larga en el historial de intervenciones norteamericanas en el planeta- puesta en marcha invocando el articulo 5 de la OTAN, ha movilizado montañas de billetes verdes. Pero más allá de los resultados estrictamente militares, hubo triunfos económicos resonantes, capitalizados por una amplia red de contratistas privados y empresas mixtas asociadas al Pentágono, avaladas por el Congreso y el gobierno estadounidense, que generan un flujo monetario y de recursos espeluznante. Este entramado de intereses convergentes se conoce como “Triángulo de hierro” y ha gestado dentro del aparato estatal la aparición de poderosos lobbys que fomentan la retroalimentación permanente del sistema. George F. Kennan, autor de la doctrina de la contención y figura clave de la Guerra Fría decía: “Si la Unión Soviética se hundiera mañana bajo las aguas del océano, el complejo industrial-militar estadounidense tendría que seguir existiendo, sin cambios sustanciales, hasta que inventáramos algún otro adversario. Cualquier otra cosa sería un choque inaceptable para la economía estadounidense”.

“Fascismo y grandes negocios'' 

Traducido también como “Fascismo y gran capital” es un libro escrito en 1936 por el historiador y anarquista francés Daniel Guérin. La obra, que fue publicada antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial, examina el desarrollo del fascismo en Alemania e Italia y sus relaciones con las familias y círculos capitalistas de esos países. Su tesis central es que los Estados fascistas favorecieron directamente al sector de la industria pesada, en gran parte dedicada a la construcción de infraestructura y armamento, que requiere mayores niveles de inversión, en detrimento del sector de la industria ligera dedicada a la producción de bienes de consumo. Es decir, la guerra como potenciadora de la economía. Este libro describe la génesis y crecimiento de grupos industriales como el Krupp, cuyo nombre deriva del apellido de una familia de empresarios alemanes de los siglos XIX y XX, que creó la mayor empresa de Europa en su época. El éxito de las empresas fundadas por Friedrich Krupp, y llevadas a su florecimiento comercial por su hijo Alfred, así como el gran tamaño de sus fábricas, forjaron decisivamente la imagen de la ciudad de Essen, desde la segunda industrialización alemana hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Las armas producidas por esta compañía estuvieron presentes en las guerras europeas desde 1866 hasta 1945.

Este libro es un buen marco para entender mejor cómo funciona en la actualidad el complejo industrial y financiero en el caso de la invasión a Afganistán.

No puede parar

“Hemos gastado más de un billón de dólares; hemos entrenado y equipado a una fuerza militar afgana de unos trescientos mil efectivos, increíblemente bien equipados, una fuerza más grande que los ejércitos de muchos de nuestros aliados de la OTAN”, explicó Joe Biden al hacer un balance de la aventura en Afganistán. En el marco de un mundo en que el hambre aún sigue matando y la pobreza tiene dimensiones inaceptables: ¿Porqué el que se autoproclama como el país insignia del planeta derrocha semejantes fortunas en guerras? Una respuesta está ligada al tema del libro al que se hizo referencia anteriormente. En Estados Unidos los integrantes del complejo industrial militar han sido los grandes ganadores en Afganistán, pero también antes, en otras innumerables arremetidas conquistadoras del imperio norteño. Y si por un lado los grandes perdedores son siempre los pueblos invadidos y sometidos por esta política imperial, el propio pueblo de los EE.UU. se ve perjudicado, pues buena parte de sus contribuciones fiscales se aplican al sostenimiento de la gran máquina de matar, una estructura que necesita de los conflictos continuos para seguir viva. De esto se desprende que para EE.UU. no hay ningún motivo para terminar con el terrorismo, ese enemigo omnipresente que vino a reemplazar perfecamente a la amenaza comunista proveniente de la desaparecida URRS. ¿Para qué fabricar armas si no hay dónde utilizarlas? Mientras esta lógica se mantenga, no importa por quién voten los norteamericanos. Cualquier ocupante de la Casa Blanca será un empleado muy bien pagado del complejo industrial militar terrorista más grande del mundo, el único ganador de cualquier guerra.