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  • sábado, 11 de julio de 2020

Notas sobre el suicidio

Notas sobre el suicidio

(*)Por Marcelo Chata García para Cuatro Palabras 

Vázquez. Su mirada en el film “Sobrevivientes”: los ojos vidriosos, ciegos, cargados de fastidio, reproches, hastío, odios y adioses; aguda representación del suicidio. Al menos como lo imaginamos. Ese momento oscuro de la decisión nos interpela con la fuerza de lo irreversible: lo que no hicimos, lo que no vimos, lo que no pudimos evitar. La noticia repetida, con jóvenes como protagonistas, nos desmorona.

La psicología tiene sus hipótesis y arma ciertos perfiles. Desde Durkheim, la sociología regularidades, tipologías. La investigación sirve para direccionar la prevención en salud pública. Sin ser lo uno ni lo otro, pienso como simple docente.

A distancia del morbo, hay algo evidente: el hecho concreto que llevó al suicidio surge casi irrelevante: un desaire amoroso, un conflicto familiar, un quiebre económico o todo al mismo tiempo. Situaciones por las que casi todos pasan en algún momento. Por lo tanto el problema no está en lo que lo desencadenó sino en lo encadenado. En aquellos eslabones pesados como los del monumento a San Martín que aprisionan algo que no logra abrirse a nuevos encadenamientos, a otros sentidos, que no logra fluir. Pero no quiero meterme en los temas que son de profesionales idóneos.

Imaginemos una estructura simple: por un lado, los mandatos sociales; por otro, las expectativas que el sujeto se construye y, finalmente, el “logro”, que cuando no cumple ni lo uno ni lo otro, se lo llama fracaso (etimológicamente: romperse), frustración (inutilidad). Los mandatos sociales que pesan sobre nosotros, con esa fuerza invisible de la cultura, son un combo cruel: individualismo competitivo donde se valora el éxito, se culpa al que no lo busca ni consigue y oculta en la indiferencia a quien aparece a mitad de camino. Eso en un contexto recesivo, negación de oportunidades, aumento de las desigualdades y concentración de poder.

No obstante, es la misma definición de “éxito” lo que corroe nuestro carácter, ligada a la estética del tener más que a la ética del ser. Cada sector social le pone una vara más alta a sus nuevas generaciones en una continua comparación de estatus. Incluso en las relaciones amorosas, ser un “ganador” aparece ligado a tener más relaciones y asegurarse a la vez la fidelidad de la pareja; clara contradicción entre libertad del deseo y soberanía sobre el deseo del otro (como si eso fuera posible). Básicamente no hay forma de salir airoso, puesto que ni siquiera ese éxito garantiza felicidad.

La sensación de fracaso se traduce en humillación, pues involucra a un entorno social que parece irle mejor. Sin embargo, tampoco eso explica la decisión; pues todos estamos humillados. Razón tenía Charly García para decir que “todo el mundo en la ciudad es un suicida”. Por lo tanto, la pregunta no es por qué tal persona decide terminar con su vida sino qué hacemos el resto que optamos por seguir. Y son esas respuestas a nuestros fracasos cotidianos algo a enseñar como vacuna a la desesperación.

Considero que entre nuestras estrategias hay algunas que son sanas y otras insanas. Dentro de las sanas pondría aquellas respuestas que tenemos más personales como reírnos de nosotros mismos y nuestras limitaciones. El humor es ese maravilloso invento de la humanidad para sobrellevar “el malestar de la cultura”. El aprendizaje; tomarse un tiempo para masticar el polvo, hacer el duelo, analizar nuestros fallos y volverlo a intentar. También reinventarse, volver a plantearse nuevos objetivos, abrirse a nuevas experiencias, comenzar una vez más.

Otras formas de respuestas involucran al otro de forma más directa, como pedir ayuda. Desgraciadamente no siempre se lo sabe hacer, pero a la mayoría de las personas les gusta tener esa oportunidad de sentirse importante en la vida del otro escuchando o dando una mano. 

Involucrarnos en causas colectivas es sanador, rompe ese cerco individualista de nuestra cultura y nos recuerda que hay variables sociales e injusticias que no podemos enfrentar solos. Mucho nos ha enseñado el feminismo sobre ello. 

Es bueno aprender a analizar las situaciones y discernir aquello de lo que somos responsables y podemos cambiar de aquello que no, porque no tiene sentido cargarnos toda la mochila. No obstante, colocar todas las causas de nuestras desdichas afuera es el comienzo de las respuestas insanas. Primero porque no nos permite aprender de lo que nos sucede. Segundo, porque es una forma de aliviar nuestras humillaciones trasladándoselas a los demás, algo que se ve mucho en las redes sociales y en el acoso escolar. Una violencia simbólica arrojada a sectores menos favorecidos que nosotros como forma de volver a ganar orgullo. Esa respuesta a la frustración es resentimiento.

Por último, la respuesta más insana es la violencia física ejercida contra otros; siempre alguien en una situación absolutamente más vulnerable. Se ve tan claro en los femicidios, en las manadas, en el fracaso patriarcal.

Sin capacidad de generar respuestas sanas a la frustración, el suicida gira sin embargo la violencia hacia sí. La elimina junto a él pasándosela como reproche a su entorno con la fuerza de lo irreversible.

Pero el sistema no favorece los espacios educativos para trabajar sobre las respuestas sanas a la frustración. Enfrascado en educar en las competencias que vuelvan eficientes y competitivas a las nuevas generaciones; preocupado en no perder la carrera de las nuevas tecnologías, se menosprecian los espacios reflexivos como la ESI, las materias de humanidades, actividades de meditación o de solidaridad comunitaria.

Los profesionales y la salud pública tendrán mucho para hacer. Los profesores deberemos hacernos más espacios para afrontar nuestra parte: desplegar una educación que nos permita darle nuevos sentidos al mundo y transformarlo en algo más humano. 

(*) Lic. en Comunicación Social (UBA), Docente universitario.