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  • sábado, 25 de septiembre de 2021

EMPRENDEDORES LOCALES

Mi mundo sin TACC y una historia personal

Mi Mundo sin TACC es el nombre del emprendimiento de Lidia Tamburino. Abrió un local de comidas -dulces, en particular- a propósito de una cadena de eventos fortuitos que comenzaron con una aflicción: le diagnosticaron celiaquía.  Desde ese momento comenzaron los avatares dentro de la cocina. Algunas recetas aparecieron entre la negación, la tristeza por la falta, y las ganas de comer pan. 

 

Por Martina Dentella

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Mi mundo sin TACC y una historia personal

Todo empezó hace algunos años, con algunos dolores o inflamaciones, “pero se hizo cada vez más crónico, llegué a tener internaciones de dos o tres horas en el hospital con cólicos, y mi gastroenterólogo me decía “es nervioso”, pero además se te cae el pelo, las uñas se vuelven quebradizas, y algunas mujeres tienen abortos espontáneos”, dice Lidia apenas arranca la entrevista. 

Antes de saberlo me comía un flautín con un café con leche todas las mañanas, “era mi desayuno y lo amaba, también comía dos tortas negras el fin de semana, como permitido”, cuenta. 

Cuando llegó el diagnóstico eso se terminó: “se acabó la torta negra, el flautín, y aparecieron las benditas galletas de arroz, las veía por todos lados (risas), cerraba los ojos y veía galletitas de arroz, horribles, tener que comer tuco con galletas de arroz, ¿y el choripan?”, bromea. 

Se angustió, se enojó, y se le pasó. Ahora viaja con su mochila, con su café instantáneo y azúcar. Además, con su grupo de celíacos lograron muchas cosas: que el supermercado alejara la góndola de los productos sin TACC para no contaminarlos del resto, que algunos carniceros limpien las balanzas, que en algunas despensas se tomen el trabajo de limpiar las máquinas. 

Pero lo peor es la discriminación, dice. “Eso lo sentimos mucho, es terrible, tenemos que ir a los cumpleaños con el tupper abajo del brazo, y la realidad es que no podemos comer ciertas harinas, nada más”, cuenta. 

 

“Lo que más deseamos es el pan, es el fruto prohibido”

 

El horno lo tiene gracias a sus hijos, “me lo compraron y es muy caro”, asegura. Hizo dos cursos de manipulación de alimentos, y otros de cocina sin gluten. Pero su emprendimiento empezó contra su voluntad: cocinó para una amiga, y la amiga lo compartió. Quisieron comprarle. “Yo no vendo, yo hago para mí, pero insistieron y cuando me quise acordar tenía una clientela”, dice. 

 

Las harinas no son fáciles de manipular, “si las pasás de agua son un engrudo, si te falta, es un ladrillo”. Por eso, Carlos, su marido, debió contenerla más de una vez. “He revoleado la masa a la basura mil veces, gastaba mucha plata, pero era incomible”. Después empezaron a salir los panes de molde, y más tarde las baguettes y otras recetas. Carlos la ayuda en la elaboración y además es un gran catador, se adaptó a la dieta de Lidia. Salvo algunos días que pasa por la panadería y come una factura arriba del auto, antes de llegar a su casa. 

 

 Lidia está informada y comprometida con la situación que la atraviesa, y no solo la toca de manera personal. “No es casual que cada vez más gente sea celíaca o intolerante a ciertas harinas, es debido a las grandes fumigaciones en el trigo y en el resto de los cereales”, dice. Pero además habla de otra problemática: La diferencia entre precio entre la harina común y la harina sin TACC. “Hablamos de trescientos cincuenta pesos o más, no somos millonarios, somos celíacos”, cierra.  

 

De todos modos, algunas cosas empiezan a cambiar en la ciudad. Lidia Inauguró su local a las diez de la mañana del domingo. Diez minutos antes, ya había cuatro personas esperando afuera, en 9 de julio 271. A las dos de la tarde ya no quedaba nada. “No pensé que iba a llegar a esto, estoy muy contenta”, cierra.