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  • domingo, 24 de octubre de 2021

OPINIÓN

Mucha cumbre, pocas nueces

Por Gustavo Porfiri

La pandemia, la migración, y también la falta de comida han sido temas centrales en la 76ª Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas, de reciente desarrollo en New York. En ese marco se celebró una Cumbre sobre Sistemas Alimentarios. Todo muy noble, pero no hay que dejar de observar que este evento estuvo auspiciado, entre otros, por Basf, Mars, o Unilever… ¡Chan! Imaginemos al Estado Islámico patrocinando un cónclave sobre la paz en el mundo, o a Mllei organizando un foro internacional sobre presupuesto participativo. Bueno, algo parecido.

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Mucha cumbre, pocas nueces

Por si hace falta aclarar quiénes son: Basf es la empresa química más grande del mundo. Su fábrica principal, instalada en la ciudad donde nació la compañía, Ludwigshafen, Alemania, se ha convertido en el complejo químico integrado más grande del mundo, con una superficie de diez kilómetros cuadrados. El centro de producción dispone de dos mil edificios, 115 kilómetros de calles y aproximadamente 211 kilómetros de vías férreas. Allí trabajan unos 39.000 obreros. De más está decir que controla gran parte de la producción de semillas en el planeta, sobre todo a partir de fines de 2017, cuando compró las divisiones de semillas y venenos para el agro de Bayer, de manera que ésta pudiera quedarse con Monsanto. Otro auspiciante notable de la cumbre por los alimentos en la ONU fue Mars Incorporated, un fabricante mundial de alimentos para personas y mascotas que rankea como la sexta mayor compañía de capital privado en Estados Unidos, según Forbes. Entre sus marcas más famosas se encuentran Royal Canin, Whiskas, Chappi y Pedigree, que por estas pampas morfan las mascotas cajetillas. Y también fue un gran colaborador de este encuentro global contra el hambre Unilever, multinacional británico-neerlandesa enfocada en productos para la salud y la belleza, aunque también tiene algunos huevos puestos en la canasta de los alimentos.

Con semejantes patrocinadores de una cumbre contra la hambruna, uno se pregunta ¿cómo puede fallar? ¿Cómo es posible que con el acompañamiento de semejantes monstruos de la alimentación, en la ONU deba discutirse aún qué hacer con centenares de millones de seres humanos que no tienen nada para llevar a la boca?

La dimensión del desastre

Centenares de organizaciones sociales, principalmente dedicadas a la agricultura familiar y social, han denunciado esta relación tóxica entre la ONU y las corporaciones mencionadas. Las mismas entidades que señalan esta curiosa asociación nos muestran los números claros del hambre en el planeta. Veamos: en 2020, unos 820 millones de personas sufrían hambre en el mundo. En nuestro barrio, América Latina y el Caribe, ese número andaba por los 60 millones de seres humanos. Asimismo, hay otra categoría, muy actual, para analizar. Es la denominada “inseguridad alimentaria”, algo así como un escalón anterior a la hambruna fatal. En esa lista había, el año pasado, unos 2370 millones de personas en todo el planeta y 267 millones en nuestra región. El dato es más escandaloso aún si se trata de los los más pequeños: según Unicef, el sesenta y tres por ciento de los niños, de entre seis y veintitrés meses, no tiene acceso a una dieta variada y completa, cuestión que es esencial en esa primera etapa de la vida para el desarrollo normal de una persona. 

Las Naciones Unidas tienen un organismo especializado en la cuestión alimentaria: la FAO. Esta organización asegura que por este rincón del globo “el problema central del hambre no es la falta de alimentos, sino las dificultades que los más pobres enfrentan para acceder a ellos”. Se llama capitalismo, señores, se llama injusticia, rapiña. Se llama Basf, Mars, Unilever.

Desquicio inaceptable

Uno de los escollos más difíciles de superar para acceder a los alimentos en el mundo es la escalada de los precios, que se encuentran en niveles tan altos como no se veían desde la década de los setenta del siglo pasado. Los “expertos” aseguran que esta problemática se debe -entre otras causas- a la suba de los insumos para producir alimentos. ¡Qué extraño! Siendo que las empresas que fabrican esos productos para cultivar alimentos son los principales auspiciantes de la cumbre contra el hambre…

Otro elemento a tener en cuenta es el desperdicio de comida. En nuestra región se estima que 220 millones de toneladas de alimentos se desaprovechan cada año. Esto equivale a 330 kilos anuales per cápita. Otra vez: este desquicio se lo debemos al sistema de producción y distribución de comida que impera. Para las corporaciones que dominan este lamentable escenario es preferible tirar comida antes que hacer posible que cada latinoamericano acceda a su ración diaria indispensable.

La misma pregunta, siempre

Corría el mes de marzo de este año y en esta columna se abordaba la misma problemática de hoy. El cierre traía al presente la intervención del comandante Fidel Castro en la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1979. Amerita que repitamos. “¿Por qué unos han de ser míseramente pobres, para que otros sean exageradamente ricos? Hablo en nombre de los niños que en el mundo no tienen un pedazo de pan. Hablo en nombre de los enfermos que no tienen medicinas, hablo en nombre de aquellos a los que se les ha negado el derecho a la vida y a la dignidad humana”, decía el líder cubano, y enfatizaba: “Unos países poseen, en fin, abundantes recursos. Otros no poseen nada. ¿Cuál es el destino de éstos? ¿Morirse de hambre? ¿Ser eternamente pobres? ¿Para qué sirve entonces la civilización? ¿Para qué sirve la conciencia del hombre? ¿Para qué sirven las Naciones Unidas? ¿Para qué sirve el mundo?”.