Háblenme de esencias, no de apariencias

cuatropalabras.com.ar  |  21 de enero de 2020 (13:37 h.)

Lunes, de un pleno enero a las dos de la tarde, y el silencio olímpico de esta ciudad que me cobija hace, ya, algunos años, viene a traerme todo el ruido que hacía rato no alcanzaba a resonar. No porque no lo escuchara, sino, simplemente, porque a mi corta edad los versos se hicieron carne y últimamente es lo que tengo para ofrecer. 

Después de un tiempo, nos encontramos con esa propia alegría de volver a vernos. Al menos, así lo experimenté. Con ella, con quien venía acompañada –déjenme admitir que no pregunté por su nombre- y con su perro o perra. Tampoco lo averigüé. Lo cierto es que solo bastó un cálido abrazo, el intercambio de alguna que otra palabra y los saltos de su mascota que, para ese entonces, se había devorado su propia correa.

— ¡En unos días, salimos! Escribí sobre lo que quieras —me dijo.

— ¿Sobre lo que quiera? —repregunté medio a los gritos, mientras se alejaban a paso lento.

— Sobre lo que quieras —insistió.

Desde el auto observé su andar, cerré la puerta, y durante el trayecto hasta mi casa repercutieron sus palabras. Y los interrogantes, y los vaivenes, y la propuesta. ¿Y ahora qué? Deseaba escribir, como desde el primer momento en que descubrí el poder de las líneas escritas. El punto de inflexión: el tema. 

Para mi suerte, dos horas fueron suficientes para que se desprendiera la idea y se hiciera eco con las coincidencias. Y pensé en el abrazo, en el sentir, en el permitirme. Pensé en la esencia que, finalmente, es la única que se perpetúa con el tiempo y es la que jamás se olvida, incluso cuando es imposible palparnos.

Ese lunes, fue un día atípico. Una de mis amigas más cercanas perdió a un ser querido. Me entristeció, claro que me entristeció. Siempre había un lugar para conversar acerca de sus recuerdos. A Blanquita la supe conocer en poco tiempo y partió en un instante. Grabo en la memoria el sonido de su risa y la imagen de la fuerza para sostener a su bisnieta. 

Y rescato las manos de mi abuela María, cuando me cebaba un mate. Y aún recuerdo a mi primera “mejor amiga”, que se fue a los siete años, con los ojos azules más bonitos y tan profundos como el mar. Y alcanzo a saborear los pastelitos con queso y membrillo de mi abuela Catalina, y la escucho a “Doris” como si estuviese sentada enfrente mío. Esencia. 

Regreso al encuentro porque fue lo que disparó estas breves líneas. Vuelvo al abrazo, a conectar con las complicidades, al verme siete años atrás en un sitio distinto pero con la misma persona apasionada en comunicar. Registro aquella conexión, la hago propia, la desmenuzo y la reconstruyo. 

Y me veo otra vez, y me pienso, e insisto en lo que transita y en lo que queda. En las miradas, como la forma más genuina de desnudarnos frente a lxs demás, y en la empatía como bandera y como política de transformación; porque ya ni siquiera distingo entre género, raza, o religión. Ando inquieta, libre, auténtica. Repartiendo abrazos, incluso hasta a numerosos perrunos. Voy con tropiezos y dejando que hable la palidez de mi rostro. Si, al fin y al cabo, lo que importa es nuestra esencia y es lo único eterno. 

Karen M. Zárate

Lic. en Comunicación Social (UNLP) / Escritora. 

Se desempeña en redacción, producción y labor periodística. Autora de la trilogía Eterna Clara (2018; 2019) y del poemario ilustrado La complicidad de los cuerpos (2019). Comparte sus escritos y recitados en Instagram: @karenm.zarate

 

Ilustración: Martina Andrioli 

(La complicidad de los cuerpos) 

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