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  • viernes, 03 de diciembre de 2021

Un grito contra la invisibilización

Vidas beligerantes. A veinticinco años del nacimiento del movimiento piquetero- La historia de Laura Padilla, líder de un estallido social que marcó a fuego la identidad nacional. Un libro de Javier Auyero.

Por Martina Dentella 

Un grito contra la invisibilización

El mes que viene se cumplirán veinte años de la crisis del 2001. Las condiciones de posibilidad de ese estallido se encuentran al sur del territorio nacional. Las puebladas de Cutral Có y Plaza Huincul, fueron las primeras células del movimiento de desocupados. Se desencadenó debido a la decisión del gobernador de la provincia de Neuquén de rechazar la instalación de una fábrica en Cutral Có, y continuó con los conflictos por la privatización de YPF. 

La maestra Laura Padilla es “el símbolo de la pueblada”. Sale a la ruta, se involucra en la protesta, se convierte en una representante y llega a compartir una identidad colectiva con el resto de sus compañeros piqueteros. La construcción de ese "nosotros" la modela a ella y a los demás. 

 

Laura sale a la ruta 

Laura no fue enseguida a la ruta para manifestarse. Estaba en su casa con sus hijos. Sintonizó la radio, y escuchó que en los piquetes estaban pidiendo parrillas. “Es un día aburrido, voy a comer asado”,  dijo en su momento y le contó al periodista Javier Auyero años después.  “Era como ir a un día de campo”, dijo. 

 Cuando llega al territorio reacciona sobre el carácter político de la protesta. Raúl, compañero de Laura, estaba organizando el corte. Le pide que sea delegada, porque era la docente del grupo y creían que era la que mejor preparada estaba para representarlos. 

Su condición de mujer, a priori, limitaba su poder.  Pero fue fundamental para comprender el compromiso y la determinación de Laura. 

No hubo una ocasión en la que ella considerara los costos o beneficios de permanecer en la ruta, y tampoco hizo cálculos de su inversión emocional. Fue absorbida por su apuesta piquetera, moldeada por su propia biografía.

Laura había sido víctima de violencia de género, y había encontrado una oportunidad para posicionarse. Su obstinación en oponerse a los actos de violencia contra todas las mujeres y de preocuparse y cuidar por las madres y los niños de la pueblada fue clave. “Las cosas que aprendí en los grupos contra la violencia me sirvieron mucho estos días”, dirá. 

Ella busca respeto, porque sentía que justamente le había faltado el respeto, y cortar las rutas le proporcionaba un nuevo sentido para su vida, que es proteger a la gente. Pero además, lo que había vivido en términos personales le daba a ella o cualquier otra persona razones para protestar.

En esos seis días de cortes de ruta, de reclamo, ella empieza a construir una identidad, una definición propia, que no es ajena a la del resto de los piqueteros. Es ahí también cuando las consignas se van desdibujando para hacerse más generales, y se delimita un “nosotros”, que son los piqueteros, y un “ellos” que son los políticos o la clase política. 

Ese estar en la ruta les permite rescatarse a sí mismos del olvido oficial, les ofrece la posibilidad de salir de la indiferencia. Rescatare de ese miedo a desaparecer. Es un grito contra la invisibilización.

 

El cuaderno de Laura 

 

Laura había llevado su cuaderno durante los siete días de la pueblada, y ahí están datos clave, declaraciones públicas, números de teléfono, borradores, frases importantes, la agenda diaria de cosas para hacer como por ejemplo: convocar encuentro con abogados, los jubilados se ocupan de la comida, y también están las acciones de los piqueteros, las propuestas y también las preocupaciones e identidad organizativa. 

Pero más importante, queda graficado cómo empiezan a usar a los medios de prensa. En ese cuaderno están los números de los principales medios, diarios y radios de la zona. Laura consideraba uno de los principales objetivos de los piqueteros, lograr que la protesta sea oída más allá de las fronteras de los dos pueblos involucrados. 

 

“Hay que vivir una pueblada”

 

En su libro Vidas beligerantes, Javier Auyero, recoge otra de las voces claves de ese territorio. La de otra vecina: Zulma. Ella guardaba cartuchos de gases lacrimógenos vacíos y balas de goma en un cofre. Lo recuerda como un momento bisagra, un momento muy importante en su vida, y confiesa que guarda esos recuerdos para el día de mañana, para que sus hijas comprendan en el futuro. También dice una frase potente: “Dicen que hay que plantar un árbol, y tener un hijo. Yo pondría esa protesta en el mismo nivel: hay que vivir una pueblada”. 

 Después hay otras voces que tienen una valoración muy positiva de lo que vivieron como comunidad, que son interesantes y que pueden pensarse en términos de legado. Aparecen frases como “mi hijo tendrá este recuerdo, luchamos por lo que creíamos justo”. Hay otro diálogo en el que una vecina reconoce que no sirvió de mucho, pero que está orgullosa porque estuvo al lado de su gente, de que el reclamo era transversal, estaba el diariero, el taxista, el empresario, y que todos eran iguales. 

Está claro, no fue una victoria en términos económicos, pero sí un acontecimiento en el que los vecinos no se dejaron usar por los políticos. Demostraron que el pueblo se puede unir y perder el miedo. Ese germen, que hizo pensar a dos pueblos sus propias identidades, era en verdad el nacimiento de una identidad nacional, que trascendió las fronteras. 

Los piquetes de Cutral Có y Plaza Huincul fueron el germen de un movimiento que nos iba a cambiar la vida a todos. Sino, ¿Dónde estamos en diciembre de 2001?.

 

Fuente: https://ediciones.unq.edu.ar/95-vidas-beligerantes