Game Over / Una novela violenta 

TODOS LOS VIERNES EN CUATRO PALABRAS  |  14 de septiembre de 2019 (15:05 h.)

 

(*)Por Leticia Cappellotto 

XIX-

Tras el primer intento fallido en el asesinato de Javier, el ridículo total que había hecho tratando de empujarlo y las sucesivas pesadillas que tuve vinculadas al suceso, me reuní con mi prima para poner blanco sobre negro en relación a LaMisión. Íbamos a tener que invertir dinero en un sicario, pensé decirle, pero lo que sucedió en la reunión me hizo ver que la muerte de Javier tenía muy poco que ver con la verdadera muerte de Javier. 

Natalia estaba desencajada. Lloraba sin parar, me decía intermitentemente que estábamos cometiendo un error pero que por favor la librara de su pesadilla. Con una oscilación de diez minutos mostraba su ying y yang al punto de la bipolaridad, en la típica contradicción latente de estar enamorada de un hijo de puta que yo vivía hacía años. Voilá.

Quedó claro que mi prima, en su enfermedad, necesitaba matar a Javier en un nivel muchísimo menos real que el que me estaba pidiendo. Y que si no lo mataba ella, viviría con Javier para siempre, incluso si lo mataba yo. Porque en realidad, mi prima tenía que matar a Javier en su cabeza, en su corazón, o en ese lugar extraño donde sentimos el amor, que por la poca e intensa experiencia que tenía en la materia, se me aparecía como un eje que une el corazón, la cabeza y la entrepierna pero que nunca está realmente en eje. Síndrome de Estocolmo, le habían dicho, hacía muchos años, a esa sensación de ser presa de tu carcelero más por deseo que por obligación. Complejo de mujer golpeada, decían ahora los especialistas. O póngale Ud. el nombre que quiera, pero mi prima era víctima de su victimario tanto como de sí misma y su incapacidad de hacerle frente, matarlo, dejarlo o denunciarlo. 

Mientras contemplaba a Natalia luchar con sus demonios empecé a preguntarme más cosas de las que estaba preparada para responder. Si hasta ese momento me había concentrado en la violencia que ejercía Javier y había creído a rajatabla en la palabra de mi prima, su completo desquicie frente a mi primer intento de concretar su supuesto deseo me hizo replantearme toda la situación una vez más: ¿Cómo piensa una mujer golpeada? ¿Dónde reside el dolor que le propicia su agresor? ¿Es en la piel? ¿Es en la psiquis? ¿Cuántas formas de violencia ejerce el sistema sobre nosotras sin que se configure como tal? ¿Cuánto de lo que consideramos normal es en realidad violento? ¿Es la violencia física peor que la psicológica? ¿Existe tal cosa como una violencia no psicológica? ¿Existe tal cosa como algo afuera de la violencia en el capitalismo? ¿No decía Marx que la violencia era la partera de la historia? ¿Se puede escapar uno de la historia? ¿Marx se equivocó? ¿Leí mal El Capital? 

Mientras tanto, mi prima estaba en una encrucijada cada vez mas palpable: en la medida en la que ella no dejara de ser una mujer golpeada, Javier no dejaría de golpearla. En la medida en que ella no decidiera ponerle fin a su rol de víctima, siempre sería víctima, incluso con Javier muerto. Pero bueno, había que ayudarla. A fin de cuentas yo tenía una misión que hacía que finalmente mi vida (y mi muerte) tuviera sentido. Estábamos juntas en esto. Yo era la rompe hogares y ella era pobre mujer golpeada que no puede librarse de su marido golpeador y teme por su vida y la de sus hijos. Me comprometí a hacer un nuevo intento de asesinar a Javier pero cuando ella se fue del café anoté en mi cuaderno un chiste muy oscuro: El masoquista le pide al sádico: “Pegame” y el sádico responde: “No”. 

(*)Leticia Cappellotto (BsAs, 1985) es docente y periodista. Publica artículos, crónicas y relatos en Argentina y España. Vive en Madrid.

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