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  • miércoles, 16 de junio de 2021

OPINIÓN

Esperando por una sonrisa

Por Gustavo Porfiri

Al momento de redactar esta columna aún no había certezas de quién ejercerá la presidencia del Perú a partir del 28 de julio. El candidato de Perú Libre, Pedro Castillo, tenía una leve ventaja sobre Keiko Fujimori. Dos modelos absolutamente opuestos que no es la primera vez que se enfrentan en aquellas tierras, donde, desde hace cuatro décadas, reina el neoliberalismo más recalcitrante. 

A women wearing a typical quechua attire casts her vote at a polling station in the rural Andean community of Capachica, close to the border with Bolivia, in Peru on June 6, 2021. - Peruvians face a polarising choice between right-wing populist Keiko Fujimori and radical leftist Pedro Castillo when they elect a new president, in a country looking forward for a return to normalcy after years of political turbulence. (Photo by Juan Carlos CISNEROS / AFP)
A women wearing a typical quechua attire casts her vote at a polling station in the rural Andean community of Capachica, close to the border with Bolivia, in Peru on June 6, 2021. - Peruvians face a polarising choice between right-wing populist Keiko Fujimori and radical leftist Pedro Castillo when they elect a new president, in a country looking forward for a return to normalcy after years of political turbulence. (Photo by Juan Carlos CISNEROS / AFP)
Esperando por una sonrisa

En la segunda vuelta presidencial desarrollada este domingo, se midieron dos representantes de fuerzas políticas diametralmente opuestas. Por un lado, Pedro Castillo, un maestro del interior, oriundo de la provincia de Chota, ubicada en el departamento de Cajamarca, en el Norte del Perú. Emergente de las luchas docentes de 2017, identificado con el Perú profundo y humilde, Castillo lidera una izquierda radicalizada, provinciana, casi mahoísta. Este sector político se acerca al pensamiento de José Carlos Mariátegui, aquel escritor y político peruano que alumbró el pensamiento latinoamericano en las primeras décadas del siglo pasado, a pesar de su muerte temprana. “El socialismo en el Perú no será calco ni copia, sino creación heroica”, sentenció Matiátegui hacia 1928. En eso andan Pedro Castillo y sus partidarios y votantes. 

Enfrente estuvo Keiko Fujimori, la hija predilecta del “status quo”. Carga con una mochila tremendamente pesada: la herencia de la dictadura de su padre, Alberto Fujimori. El fujimorismo hizo un inmenso daño al pueblo peruano y hoy su líder está preso en el penal de Barbadillo tras ser condenado por diversos crímenes como violación de derechos humanos, corrupción, peculado y usurpación de funciones, entre otras barbaridades. Keiko, a diferencia de Castillo, ya tiene una trayectoria importante en la política peruana. Cuando la dictadura de su padre, ejerció como Primera Dama; hacia 2011 participó en las presidenciales y perdió. Volvió a presentarse en 2016 y, si bien fue derrotada entonces por el conservador Pedro Pablo Kuczynski Godard, por una diferencia mínima, alcanzó a tener una gran cantidad de congresales(73 de 130) mayoría con la que se dedicó a presionar, chantajear y tratar de doblegar a sus opositores. Finalmente Keiko logró destituir a Kuczynski. En fin, la señora es parte de una casta política plagada de abuso de poder, corrupción y lo que en Perú se llama “terruqueo”, es decir, el arte de criminalizar cualquier disidencia acusándola de terrorista o de militante de Sendero Luminoso. En criollo, fascismo.

Un escenario pantanoso

El resultado de la segunda vuelta nos indica que la sociedad peruana está quebrada en dos segmentos que muy difícilmente alcancen algún grado de armonía cuando las autoridades electorales consagren al ganador o ganadora del balotaje. Si la derecha es derrotada, no debería sorprendernos que haga todo para impedir que Pedro Castillo asuma en julio próximo. Aquí conviene recordar el papel que podrían jugar las Fuerzas Armadas, que desde los años ochenta del siglo pasado han sido instrumentos de poder por parte del fujimorismo para llevar a cabo acciones totalmente condenables como el autogolpe de 1992.

“No se puede subestimar la cantidad de dificultades que esta derecha cavernaria le va a presentar a Pedro Castillo, me imagino que la conspiración empieza el mismo día que Castillo llegue al palacio presidencial”, asegura Ricardo Jiménez, sociólogo, militante político de izquierda e integrante de ALBA Movimientos en Perú. Jiménez define la situación peruana: “es una crisis infernal y terminal del modelo que ya no da para más, se cae a pedazos”. Y plantea la esperanza: “detrás de la candidatura de Castillo está la realidad. La gente y la mayoría de la población entiende que debe haber cambios si quieren una gobernabilidad mínima y una salida para el país”. 

Este dirigente también pone en el análisis “el giro que está viviendo el mundo”. Al respecto reflexiona: “esta derecha cavernaria de Perú está sola. En Chile acaban de ganar los comunistas en la alcaldía de Santiago que es la principal, el candidato comunista Daniel Jadue está primero para las elecciones que se realizarán en 2022. En Argentina, en México, en fin; el Papa Francisco, el FMI y hasta Biden hablan de impuestos a los ricos y redistribución de las riquezas, entonces hay un contexto favorable”.   

Un nuevo intento

No es la primera vez que los sectores populares -especialmente rurales- de Perú se enfrentan al fujimorismo. Los votantes de Pedro Castillo ya dieron batalla electoral en 2011, votando masivamente -y llevando a la presidencia- a Ollanta Humala, un militar de rango medio que había comandado un levantamiento militar contra Alberto Fujimori y había fundado el Partido Nacionalista Peruano. Humala terminó desdibujado, gobernando sin rumbo y rodeado de corrupción. Ese intento fallido solo le trajo al pueblo pobre la continuidad de la miseria y la vuelta de la política neoliberal. Es el mismo pueblo humilde que hoy se esperanza con la candidatura de Pedro Castillo.

Perú Libre

Así se llama la fuerza política que catapultó a este candidato desconocido desde las luchas docentes provinciales a la pelea por llegar al Palacio de Gobierno. Si finalmente esta variante de izquierda gana las elecciones presidenciales, es de esperar que finalmente Perú se libere de una historia reciente signada por la dictadura de Alberto Fujimori que -aún después de su caída- siguió presente en la genética de los posteriores gobiernos -supuestamente democráticos- que dieron continuidad a los grandes lineamientos instalados por el dictador peruano-japonés.

El redactor de esta columna espera con ansias la definición del entuerto. Recibirá con una sonrisa el triunfo de Castillo y con un gesto adusto si el fascismo logra imponerse nuevamente en las tierras de Mariátegui. No hay margen para la “objetividad”.