Espejos 

(recordando un cuento de  Mario Benedetti)  |  21 de enero de 2020 (13:37 h.)

(*) Por Maria Julia Bertella 

Sofía y Amalia se conocen poco, sólo de verse en la entrada del edificio que comparten. Tienen la misma edad, 38. Hablan poco y correctamente. Sofía, siempre cargada de mochilas de sus tres hijas, le cuenta a los apurones las actividades del día. Amalia, siempre apurada para no perder el tren, le cuenta  los contenidos del programa de hoy, del que es productora. A ninguna le interesa demasiado el diálogo, es algo formal y cálido a la vez.

Sofía piensa que Amalia es les, bi, fracasada en sus parejas, por eso trabaja 12 horas. Que tuvo veinte abortos, por eso anda con el pañuelito verde. Que su casa debe ser un desorden y no puede creer que compre comida hecha, que tenga empleada doméstica. Que es raro que nunca entre nadie a su casa o se borre varios días. O qué bueno poder hacerlo…sólo una tarde…

Amalia se aburre con el relato de las hijas de Sofía. No puede creer que tenga 3 niñas. No se puede, piensa, cuidar a tres, perdés la independencia. Tampoco lo dice…pero no entiende la frase “el gordo me ayuda a limpiar los sábados, después nos vamos a la quinta que tenemos en Moreno”. ¿Ayuda? ¿El gordo? Nunca lo ví. ¿Te gusta ser fregona? Tres niñas…sólo uno o una sería demasiado. Demasiado…maravilloso.

Es domingo a la noche y todo está en paz en el edificio. Mientras,  se escuchan llantos desde la tarde en el segundo y cuarto piso.

Sofía: “Mami, mami, no te puedo llamar,  ¡moriría de vergüenza!  ¡Vos tenías razón! Era libre, tenía el mejor laburo, nos casamos y cuando nació Mariana y decidimos (¿decidimos?) que yo deje el trabajo me previniste. Te dije que no iba a ser como vos, que me iba a dedicar a mi maternidad. Renuncié. Ahora me ahogo, me encierro en la habitación para que no me escuchen, igual, ellas están con la play. Cambié tanto, tanto… Me hice una señora que sabe cuidar y está sola siempre. Me corté el pelo, me acuerdo cómo se puso papá. Mi tiempo libre está en el gimnasio, amigas, después…siempre cuidando. Me ahogo mami. ¿A dónde me voy? ¿Cómo consigo trabajo a esta edad? Fuiste cruel, pero tenías razón. Al fin, no tengo con quién hablar…”

Amalia: “Años de terapia y no te perdono, Alemán. Me casé de blanco con vos a los 23, no llegamos a ser padres. Nunca voy a olvidar tu frase: “lo siento, no servís”. Te esperaba con amor para la cena, mientras meditaba, iba a yoga, me reunía con las chicas. Siempre con amigos, siempre la casa llena. “Para cuando el nietito”, preguntaba tu viejo, Don Rademacher. No le contábamos porque no llegaba a los 3 meses. Después de tantos abortos espontáneos, que no pasaron por tu cuerpo, sino por el mío, llegamos a Delfina. Hasta los 5 meses. Entonces, me rendí, o te pedí un tiempo, o la adopción. ¿“Un negro del Chaco? ¿Qué diría mi papá?”. Siempre el viejo rubio. Me largaste por inútil, te juro que en mis investigaciones nunca ví algo tan cruel. No sabía hacer nada y estudié, y trabajo. Pero hoy se me rompe la garganta. “

Amalia toca timbre en el cuarto A. Ni lo piensa. El departamento de Sofía.

-Hola, yo quería decirte que cuando quieras… ¿estás llorando? ¿Pasó algo con las nenas?

-Nada nada. Justito pensaba en vos. ¿Querés pasar?

-Noo, me da cosa, es por si querés que un día charlemos, viste el bar de enfrente?

-Que bar nena, ¡pasá! Las chicas se durmieron.

 

 

 (*) Periodista, mamá  y Doula.

 

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