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  • viernes, 07 de mayo de 2021

OPINIÓN

El día que dejamos la cuna

Por Gustavo Porfiri

 

El Programa de Exploración de Marte Mars 2020 es un desarrollo de la NASA que aterrizó el 18 de febrero de este año con el objetivo de buscar rastros de vida en el “Planeta Rojo”. Se calcula que el viajecito costó 2 mil 100 millones de billetes verdes. Una proeza científica, técnica y financiera. La otra cara de la moneda es saber que en este planeta sí hay mucha vida -y humana- que está en peligro porque todavía no hemos podido desarrollar un sistema que permita superar la muerte por hambre. Hecha la salvedad, bien vale homenajear a los pioneros de la “Conquista del espacio”, aquellos que hace sesenta años lograron poner al primer ser humano en el espacio extraterrestre, hacerlo orbitar el mundo y regresarlo sano y salvo.

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El día que dejamos la cuna

Durante las primeras décadas del siglo pasado, un tal Konstantín Tsiolkovski, que se había graduado de físico e ingeniero, y considerado luego el  "Padre de la Cosmonáutica" por su rol en el desarrollo de cohetes, publicó la frase que encerraba la idea madre: "La Tierra es la cuna de la humanidad, pero no podemos vivir para siempre en una cuna".

A este científico se le debe también el principio fundamental de todo cohete: La ecuación del cohete de Tsiolkovski. Sin embargo, más allá de los cálculos, este hombre nacido en el Imperio Ruso y fallecido en la Unión Soviética, tenía un sueño superlativo que compartía con varios pares de su época y que se haría realidad el 12 de abril de 1961: abordar una nave, dejar la Tierra y volar por el espacio.

Estas ideas de orbitar el planeta que habitamos se aceleraron y comenzaron a concretarse en la década de 1950, poco después del inicio de la Guerra Fría. La URSS y los EE.UU. iniciaron entonces la “carrera espacial”, dando un nuevo marco a la compulsa por la hegemonía científico-técnica. A esta altura, cabe la pregunta de si el enfrentamiento entre esas potencias terminó por beneficiarnos. Pongámosle optimismo: veamos el medio vaso lleno. 

“El que pega primero pega dos veces”

El inicio formal de esa competición entre “rusos” y “yanquis” lo marcó el lanzamiento de un artefacto llamado Sputnik-1. Fue el primer satélite artificial de la historia, lanzado por los soviéticos el 4 de octubre de 1957. Logrado ese hito, el próximo gran desafío era realizar un vuelo espacial tripulado. En marzo de 1960, la URSS creó un equipo de cosmonautas aspirantes. Durante meses, mientras los futuros viajeros espaciales entrenaban para soportar la sobrecarga, los problemas psicológicos, la temperatura y la presión barométrica asociados con los vuelos galácticos, un equipo de ingenieros desarrollaba la nave apropiada.

Hacia el verano de 1960, el programa, denominado Vostok ('Oriente' en ruso), presentó el dispositivo Vostok-1. Para agosto lograron enviar a la órbita y devolver a la Tierra a los perros Belka y Strelka, además de cuarenta ratones, dos ratas y varias plantas. Se demostraba así que los organismos vivos podían soportar un vuelo espacial.(1)

"¡Poyejali!"

El 12 de abril de 1961, el cosmonauta soviético Yuri Gagarin salió de la zona de gravedad terrestre y orbitó alrededor del planeta durante 108 minutos, convirtiéndose en el primer humano en ver con sus propios ojos la Tierra desde el espacio. 

A las 9:07 de aquel miércoles histórico, sentado en el módulo -reducido pero habitable- de la Vostok, Gagarin pronunció su famosa palabra: "¡Poyejali!" ('¡Vamos allá!') y se dio la orden de encendido. A las 9:21 entró en estado de ingravidez. Minutos después anunció que estaba sobre América. A las 10:15 Gagarin sobrevoló África, completando así una vuelta alrededor de la Tierra. Al cabo de diez minutos empezó el descenso de su cápsula.

Pese al éxito de la misión, Yuri Gagarin estuvo a punto de perder la vida debido a que el módulo de aterrizaje no se separaba de la nave espacial. Sin embargo, el sistema de eyección funcionó según lo planeado y al llegar a los 7 kilómetros de altitud se catapultó de la nave, aunque a casi 200 kilómetros del punto original. 

El “Monstruo naranja”

El primer viajero espacial de la historia aterrizó en una zona habitada cerca del río Volga, en la región de Sarátov. La persona que lo encontró fue Anna Tajtárova, la esposa de un guardabosque de la zona que en aquellos momentos estaba trabajando en el campo con su nieta Rumia, de cinco años. 

"Vi dos puntos rojos (en el cielo), pero la abuela me regañó y me dijo que siguiera plantando patatas. Me concentré en el trabajo y me olvidé del objeto, y luego vi una gran cantidad de cuerdas en el suelo, de donde se levantaba un monstruo naranja, pero era hermoso, y venía hacia nosotras", recordó Rumia Nurskánova en 2016. "Nos dimos la vuelta y corrimos. […] En ese momento (Gagarin) gritó: 'No se vaya, soy uno de los suyos'. […] La abuela lo ayudó a desabrocharse el casco, su rostro quedó al descubierto y vimos que era un hombre sonriente", agregó la afortunada testigo.

Gagarin se convirtió en una de las personas más famosas del mundo. En su país fue condecorado con el título de Héroe de la Unión Soviética y viajó a varios países, entre ellos Brasil y Cuba, en carácter de “Embajador de la Paz”. Junto con Ernesto 'Che' Guevara, en 1964, fundó la Sociedad de Amistad Soviético-Cubana.

"La Tierra estaba rodeada por un halo azulado pálido, luego esta franja se oscurecía gradualmente, volviéndose turquesa, azul, violeta y se convertía en color negro carbón. Con emoción apasionada, miraba a este mundo nuevo e inusual para mí, tratando de distinguirlo y recordarlo todo”. Así recordó Gagarin las vivencias de su vuelo histórico. Su relato encierra poesía, romanticismo, humanidad. Que esos ideales se impongan siempre y nos enaltezcan como especie en la búsqueda de los horizontes cósmicos, pues la posibilidad de militarizar el cosmos hoy es concreta. Sería fatal, apocalíptico.