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  • martes, 25 de enero de 2022

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

27.

Cuando fuimos el futuro

En aquella Argentina de 1986, se acercaba el invierno y el frío obligaba a sacar las camperas y las bufandas de los placares. En México, en cambio, calor y más calor. Nadie creía en la Selección, con el cuestionado Carlos Salvador Bilardo y con ese tal Diego Maradona, que tanto había prometido en Argentinos y en Boca y en el Mundial Juvenil de Japón, pero que desde hacía varios años no mostraba nada. Nadie creía en la Selección, que tenía a Daniel Alberto Passarella, al Gran Capitán, intoxicado y sin poder practicar. Nadie creía que ese equipo podría llegar demasiado lejos, si ya la Argentina en el Mundial de España de 1982 había contado con un gran plantel y se tuvo que volver tan rápido; y ahora encima en el grupo le tocaba con Italia, el último campeón.

Camilo sí creía; con sus nueve años, creía. Su fe surgió después de que la Argentina le ganara siete a dos a Israel en un amistoso preparatorio; un equipo que podía meter siete goles en un partido estaba destinado a ser campeón. No había dudas. En el barrio, el Viejo Ponce había armado una polla, a razón de cinco australes por cabeza, y casi todos apostaban por el Brasil de Sócrates y Zico, la Francia de Platini o la Italia de Paolo Rossi. El tío Agustín se jugó por Brasil y les pagó una boleta del prode barrial a Mateo y Camilo, para que completaran a intuición. Mateo apostó por Francia. En el pronóstico de Camilo, en cambio, la Argentina le ganaba la final a Francia.

Poco recuerda ahora, 35 años más tarde, del día del debut contra Corea del Sur: el gol de cabeza de Ruggeri, la calidad de Valdano, las patadas que recibió Maradona, la velocidad con la que corrían los rivales. Camilo no vio el partido en la escuela, sino que todos se fueron al bar del club Huracán, que estaba sobre la avenida Alsina. Cuando llegó a su casa, les contó a sus padres que habían visto el partido en el Huracán y la mamá dijo: qué hijos de puta. No entendía esa reacción. Más tarde, escuchó que sus padres hablaban de los servicios y de los milicos y de los juicios y pensó que eso no tenía nada que ver con el Mundial ni con la escuela. Fueron varios los días posteriores en que debieron salir antes del colegio y pasar un rato en la plaza San Martín, aunque la selección no jugara un partido del Mundial. Camilo aprendió otras palabras: evacuación y anónimas, ya que así decían que eran las llamadas. 

Pero lo único que le interesaba a nuestro pequeño personaje era saber los resultados de los partidos para completar el fixture que le habían regalado en el almacén de Dulbecco y, a partir de sus pronósticos, calcular contra qué equipo debería jugar la Argentina en octavos de final. Pasaba horas y horas hablando con sus compañeros sobre quién sería la figura del Mundial, sobre quién sería el goleador. 

Saltan como flashes (seguramente forzados por las miles y miles de repeticiones que aún se ven en los canales de deportes) los partidos contra Italia, con el gol de Maradona, con su toque mágico que desafió las leyes de la física; y contra Bulgaria. Después había que jugar contra Uruguay en los octavos de final, contra ese equipo en el que brillaba Enzo Francescoli. Los cuartos contra Inglaterra merecerían un párrafo aparte, pero no lo haremos, porque se escribió demasiado sobre los goles de Maradona. Sí hay que decir que durante varios años, Camilo estuvo seguro de que Diego no había hecho el primer gol con la mano y que era obvio que había saltado y había golpeado la pelota con la cabeza para superar al arquero británico. Y que gritó el segundo gol como un desquiciado, corriendo por el living de la casa y después de varias vueltas se tiró de palomita en el sillón y se clavó la rodilla de Mateo en el estómago, y le dolía, tenía ganas de vomitar, pero se la aguantó y vio el partido hasta el final; y luego miraron los comentarios y las repeticiones de los goles. Pero no iba a llorar, de ninguna manera podía permitirse llorar, porque Maradona había recibido muchísimas patadas en todos los partidos y nunca había llorado y siempre se había levantado y seguido adelante, gambeteando, eludiendo rivales, superando arqueros y defensores hasta convertir el gol o dejárselo servido en bandeja a un compañero. Los goles de Maradona contra Bélgica por la semifinal le parecieron exquisitos y, para hacerse el distinto, en la escuela dijo que el segundo había sido incluso mejor que el que le había hecho a Inglaterra (su comentario no generó demasiada polémica entre los compañeros, porque nadie se lo tomó en serio). 

Desde el día anterior a la final con Alemania estaba nervioso, con un ardor en la boca del estómago que ni siquiera le permitía comer las porciones de torta que había hecho la Nona y que se habían llevado con Mateo para la casa. Nada, nada. No podía comer ni un pedazo de pan, ni siquiera tomar agua. No podía más de los nervios, como si tuviera una prueba o un dictado en la escuela; o como si estuviera frente a esa chica de San Pedro que había conocido en las vacaciones en San Bernardo y tuviera intenciones de besarla. El transcurso del partido fue una pesadilla y lo tiene borrado por completo de la memoria, y ni siquiera lo tranquilizó el gol temprano del Tata Brown ni el segundo de Valdano. Fue inevitable la arremetida de Alemania y los goles de Rummenigge y Voeller y pensó que era mejor que los alemanes ganaran ya, que hicieran el tercer gol, porque no podría soportar el alargue y mucho menos los penales porque estaba seguro de que su corazón iba a estallar, que iba a reventar como un escuerzo con un cigarrillo dentro de la boca, y sus órganos iban a traspasarle el pecho y se iban a esparcir en todo el living y su mamá tendría que agarrar un trapo de piso y lavandina y limpiar todo el piso y el sillón y el resto de los muebles. ¡Y gol, gol, gooooooollllll de Burruchaga! Olé, olé, olé, somos campeones otra vez.

Abrazó a su hermano, se tiró sobre el papá, se sentía el Chino Tapia abrazándose con Bochini en el banco de suplentes. Lloró cuando vio que les entregaban las medallas y Maradona levantaba la Copa del Mundo en el estadio Azteca. Si empezaba fútbol y se esforzaba, tal vez podía jugar la Copa del Mundo de 1998 o de 2002, y a lo mejor hasta podía compartir plantel con Maradona y Borghi. 

Ahora todo era Maradona y todos lo elogiaban y decían que era el mejor jugador de la Copa del Mundo, el mejor jugador del mundo, que era el futbolista más extraordinario de toda la historia. Mejor que Pelé, que Alfredo Di Stéfano, que Johan Cruyff, que Franz Beckenbauer, que Omar Sivorí, que Garrincha. Maradona era el mejor y había jugado en Boca, pero Camilo no podía olvidar los insultos que Diego había recibido el año anterior en ese empate agónico con Perú, y le parecía una chantada absoluta que todos festejaran y lo alabaran, porque los que lo habían menospreciado debían callarse y no celebrar. No tenían derecho a festejar. Diego era suyo, solo suyo.