• 21:16
  • sábado, 27 de noviembre de 2021

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos
Cuando fuimos el futuro

La directora Elba anunció que a fin de año se iba de la escuela, que se jubilaba, que ponía fin a su trayectoria educativa. No hubo aplausos ni gritos ni exclamaciones. Las maestras la observaron en silencio, hicieron algunos gestos de cortesía a la distancia, pero ninguna se animó a acercarse a saludarla. Las niñas y los niños permanecieron en sus filas, callados, con sus uñas limpias, con los cabellos cortos en el caso de los varones; o recogidos con vinchas y lazos, en el caso de las mujeres.

Miraban a la nada, miraban sin mirar.

La directora levantó su cabeza. “Pueden ingresar a las aulas”, dijo; y se dispuso a contemplar por última vez el desfile de las pequeñas tropas, de ese ejército de guardapolvos blancos que caminaba de forma ordenada y silenciosa hacia sus respectivos lugares de estudio.

 

 ***

 

Las máquinas comienzan a tapar los zanjones: los caños gigantes se ocultan y quedarán olvidados por décadas, hasta que se produzca una rotura o se descubra algún sistema de saneamiento alternativo y se decida reemplazarlos. Las máquinas se van, en el barrio no habrá más obreros de overol azul y cascos blancos con el logotipo azul y rojo de la Municipalidad de Chacabuco. 

Las montañas de tierra se desmoronan, los terrenos se alisan, los autos vuelven a circular por las calles que hasta ayer estaban cortadas. El presidente de la sociedad de fomento, Don Fermín, le da la mano a los trabajadores, habla con el ingeniero responsable de la obra, hace algunas indicaciones señalando hacia el final del barrio, allí donde se funden las últimas casas de techos bajos con la zona de chacras y quintas, allí donde se intuye que están las vías del tren porque llega a volumen bajo el sonido de esa locomotora que pasa impuntual pero todos los días, entre las cinco y media y las ocho de la mañana, y vuelve a brindar el eco de su paso a eso de las siete y media de la noche, casi como una campanada de un reloj colectivo que indica la hora de regresar a la casa, bañarse y prepararse para la cena.

Y, entonces, poco después de ese sonido del tren vespertino, que le ordena al sol que empiece a declinar y le dé paso a la noche, allí donde hasta hace horas atrás imperaban las champions ferrosas, las calles en este preciso momento, se pueblan de caballetes y tablones, que Violeta y otras vecinas están recubriendo con papel madera aferrado por una interminable hilera de chinches. Un grupo de vecinos comanda las parrillas ubicadas en el piso de tierra, sobre las que asan varios kilos de chorizos y se despliega una cantidad descomunal de pollos. Los asadores los hidratan, con cierta impaciencia y nerviosismo, con un adobo de aceite, limón, ajo, orégano, tomillo, romero y ají molido.

El humo y el olorcito al pollo asado o, tal vez, el reloj de la iglesia del centro que indica que ya son las nueve de la noche parecen llamar a los vecinos, que llegan con sus platos, vasos y cubiertos, con los bols de ensaladas de tomate, lechuga, cebolla, remolacha, huevo y zanahoria. Algunos traen jarras de jugo, otras damajuanas de vino, casi no hay gaseosas. La calle está llena de guirnaldas y luces de colores. Los tablones se reparten en tres grandes filas, que se cierran con otros dos tablones que actúan como mesa central destinada a las autoridades. 

Hablando de autoridades, ahora mismo lo vemos llegar al intendente, el doctor Osvaldo, con su pelo frondoso y entrecano, peinado hacia atrás con la ayuda del spray. Porta zapatos náuticos, vaquero azul, una camisa a rayas rojas y blancas y su infaltable cigarrillo, bien apretado siempre entre los labios, parece casi que lo estuviera mascando. El alcalde de esta París de la Pampa Húmeda, de esta locomotora del producto bruto interno nacional, le da un abrazo a Don Fermín y luego saluda uno a uno a los vecinos. Después de las presentaciones, lo ubican en el centro de la mesa de autoridades, a la que también se suma el secretario de Obras Públicas, Enrique Mariani, la pata alfonsinista de la mesa del bar Lacentra en la que, cada sábado, se acodan Roberto y el tío Agustín y el tío Julio y el escribano Manfredotti y nuestro pequeño Camilo. Pero no perdamos más tiempo porque uno de los vecinos, haciendo las veces de maestro de ceremonias, invita a todas y todos a que se sienten. Un vocal de la sociedad de fomento acerca una botella de vino a la mesa de autoridades y ahí se dan cuenta de que el intendente se olvidó de traer su vajilla. Entonces, Don Fermín le hace señas a su mujer, Odelia, que sale disparada hacia la casa en busca de platos, vasos y cubiertos. El intendente prende otro cigarrillo y lo aprieta con fuerza con sus labios. Si no llevamos mal la cuenta, ya es el tercero de la noche.

Los asadores trozan los pollos. Las bandejas circulan entre las mesas con los chorizos que sobran. El intendente pide un aplauso para los asadores y destaca el esfuerzo de Don Fermín y de todos los vecinos. Habla de la democracia, de las obras, de la pesada herencia de la dictadura, de los años de desidia y de políticas antipopulares, de la necesidad de avanzar, del nuevo país que propone el presidente. Explica que acometer una empresa colectiva no es tarea simple, que implica una movilización de energías que abarca no sólo la dirección política sino también a los vecinos para que, sin renunciar a la defensa de sus intereses legítimos, sean capaces de articularlos en una fórmula de solidaridad. Y ustedes lo han demostrado con las obras y los proyectos que han encarado de forma conjunta desde la sociedad de fomento, como el arbolado, las compras agrupadas o esta obra de saneamiento. Como dice nuestro presidente de la Nación, el doctor Raúl Ricardo Alfonsín, el futuro es siempre deudor de voluntades, de actores, de entusiasmo y de inteligencia colectiva. No hay empresa nacional sin pueblo y no hay pueblo sin personas conscientes de que su vida cotidiana forma parte de la vida de la comunidad toda. Transformar en eficiente una sociedad quiere decir, sobre todo –y, antes que nada- mejorar la calidad de la vida de los hombres. ¡Y vaya si esta obra mejorará sus vidas cotidianas! Vendrán más obras conjuntas. Si logramos los niveles de recaudación que tenemos previstos, el año próximo empezaremos la pavimentación del barrio. 

Los vecinos se ponen de pie, vitorean, revolean servilletas. El intendente Osvaldo hace un silencio breve, deja que fluyan los aplausos, le da una pitada al cigarrillo y sigue: Tenemos que modernizar nuestro país, nuestra ciudad, pero en ese andar debemos mantener vigentes la solidaridad y la participación, convocando a toda la sociedad, a los ciudadanos y a sus organizaciones, a quienes son radicales, peronistas, intransigentes o desarrollistas, tenemos que sentarnos todos para abrir una discusión franca y constructiva que permita superar los bloqueos que nos llevaron a la decadencia. Brindemos por el año que viene. 1986 será un gran año. Despojados de todo prejuicio, trabajemos todos por un Chacabuco nuevo, por una Argentina nueva, por el país del futuro.