• 03:40
  • viernes, 03 de diciembre de 2021

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos
Cuando fuimos el futuro

-Querés un café con leche?, ofrece el abuelo.

Camilo acepta.

Mateo tenía que terminar un trabajo de la secundaria en la casa de un amigo; la mamá se reunía con sus compañeras para hacer un balance del primer semestre del apoyo escolar en el barrio San Cayetano; el papá lo pasó a buscar y lo llevó a la oficina. Allí intentó entretenerse un poco con la máquina de escribir, puso un papel carbónico, le parecía un prodigio de la tecnología ese papel negro que permitía duplicar de forma instantánea lo que escribía, pero algunas teclas se entrecruzaban y quedaban enganchadas cuando ascendían hacia el papel; las destrabó y sus manos quedaron manchadas con la tinta negra. Fue al baño, hurgó un poco en la biblioteca, pero la mayoría eran libros jurídicos, miró los portarretratos, el título de su padre, un cuadro de dos niños comiendo uvas y melón, otro de tonos rojizos con tres casitas blancas entre una hilera espesa de árboles y la inmensa llanura pampeana. Así anduvo hasta que el abuelo pasó por la oficina y lo invitó a merendar en su casa, contigua al estudio del papá de Camilo, y a la inmobiliaria que el abuelo había fundado treinta años atrás y ahora compartía con el tío Julio. El abuelo sacó el tarro de café instantáneo de la alacena superior, la leche en polvo, la azucarera, un paquete de galletitas con forma de animales y confites de colores que recubrían una pasta de harina dura y anisada.

El agua hierve y ese hervor es lo único que quiebra el silencio. Camilo pide permiso para ir al baño. Hace tiempo: mira los productos de limpieza, lee las etiquetas de los champús y los jabones. Sale. Se detiene en dos tomos muy grandes de la Gran Crónica de la Segunda Guerra Mundial. Saca uno de ellos y lo lleva a la cocina.

-Primero tomá la leche y después leé, porque se pueden ensuciar –ordena el abuelo.

Los grumos del café, los grumos de la leche, el agua muy caliente. Camilo revuelve con la cucharita, trata de quitar esas burbujas sólidas, de aplastarlas contra el pocillo.

- ¿Cómo te va en la escuela?, pregunta el abuelo.

- Bien.

- ¿En matemáticas?

- Bien.

- ¿En gimnasia?

- Más o menos.

- ¿En castellano?

- Muy bien, abuelo.

- Y con el Vasquito, ¿cómo te llevás?

- Requetebien abuelo.

- ¿Te gusta alguna chica de la escuela? - Camilo se sonroja, mueve la cabeza en señal de negativa.

- Sos de poco hablar. Como yo –dice el abuelo y se ríe. Sus ojos celestes gobiernan como nunca en la cara.

Camilo intenta probar el café con leche, pero los labios se queman con el solo hecho de apoyarlos sobre el pocillo. 

- Mañana voy a ir al acto de campaña del tío para diputado –dice, buscando iniciar una conversación de grandes. Pero el abuelo no responde. Otra vez el silencio, aunque ya no hay hervor que lo interrumpa. Camilo abre el libro, fija la vista en un gran mapa, lleno de soldados, aviones y tanques dibujados, con números a los costados.

- ¿Sos de Boca, no? –pregunta el abuelo.

- Sí.

- Muy bien, de Boca y peronista. Dos pasiones que se sufren. Pero el año que viene no te preocupes, ganamos el campeonato. 

 

***

 

La cabellera entrecana, peinada hacia atrás. El traje gris oscuro, la camisa blanca, la corbata azul, la postura impecable. La voz cascada y socarrona, la sonrisa ancha, el andar seguro. Ingresa por el pasillo de la Casa Justicialista, regalando besos para las mujeres, manos firmes y cordiales para los hombres. La gente celebra su paso, lo aplauden, acarician la tela suave de su saco. Se acerca hacia donde están Camilo y el Vasco, la mano derecha que acaricia sus cabezas. Les pregunta: ¿Cómo se llaman, jóvenes compañeros? “Haroldo”, responde el Vasco con voz solemne. Camilo piensa miles de cosas, pero no puede decir ninguna palabra, ninguna, ni su propio nombre. El candidato lo mira con cariño y le palmea la espalda.

-Es mi sobrino –aclara el tío Julio.

La unidad básica desborda, tuvieron que cortar la calle, tuvieron que poner una tarima sobre la vereda. Es el verdadero heredero del General, el ministro más joven de Perón, el hombre que prestigia nuestra lista de diputados nacionales, el próximo gobernador de la provincia de Buenos Aires, el político que vino a renovar el justicialismo, el futuro presidente de los argentinos en 1989, afirma el locutor.

El candidato sube al escenario, acompañado por Gómez Mouján, el tío Julio y un par de personas más. La voz se vuelve potente y llena la plaza del correo con sus palabras, mientras guiña el ojo a un grupo de mujeres que lo mira desde la primera fila. Habla de la renovación, de dejar atrás las viejas prácticas autoritarias. Necesitamos una democracia plena de justicia social y una sociedad solidaria apta para facilitar la realización integral del hombre argentino. Como renovadores, dice, no convocamos solamente a participar de la “revolución de las formas” como quieren hacer los radicales, nosotros estamos convencidos de que los peronistas tenemos la obligación de devolver el protagonismo a todos los trabajadores, formen parte o no de los sindicatos, a los empresarios comprometidos con la producción, a las mujeres, a los profesionales, a los intelectuales y a los jóvenes que no quieren que mueran sus sueños de vivir en una sociedad mejor. Los sueños. La sociedad. Mejor. Todos. Todos deben recuperar el protagonismo perdido. No somos peronistas vergonzantes que tenemos que dar cuenta crítica de nuestra propia historia. Desde el justicialismo encarnamos un movimiento popular que fue el más potente de América latina, que recorrió un camino difícil, sembrando grandes aciertos y cometiendo, también, graves errores. Pero sólo el peronismo puede diseñar una política nacional, popular, democrática y transformadora. Nacional. Popular. Democrática. Transformadora. Para eso tenemos que recuperar nuestra convicción frentista, sumar a los compañeros de la Democracia Cristiana, a los conservadores populares, a los humanistas, a todos los hombres y las mujeres que quieran una Provincia y una patria mejor y más justa y solidaria. La Renovación Peronista no puede ser una cáscara vacía, debe ser un proyecto transformador, con métodos incuestionables y hombres que encarnen con credibilidad y decisión las nuevas tareas del movimiento popular. Debemos recuperar lo mejor de los principios humanistas y cristianos que guiaron al peronismo. Frente a la ideología de la resignación y el posibilismo que propone la fuerza que hoy gobierna la Argentina, nosotros levantamos la ideología de la autonomía estratégica de la Nación, la voluntad de cambio y el compromiso con la justicia social. El cambio. El compromiso. La justicia social.

Desde abajo del escenario, Camilo y el Vasco miran felices y esperanzados. A Camilo le gustaría estar en la escuela, hablar con sus compañeras y sus compañeros, contarles que vio a Cafiero, que es el mejor, un tipo con muchas ideas, con mucho empuje, con mucha simpatía. Unas horas más tarde, ya en la cama, nuestro personaje se toca la cabeza, pasó su mano por donde estuvo esa otra mano que, piensa, en unos pocos años tomará el bastón presidencial.