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  • sábado, 27 de noviembre de 2021

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos
Cuando fuimos el futuro

La mamá Violeta le enseñó cómo resolver los laberintos: tenía que buscar primero la salida y, desde ahí, ir haciendo el camino inverso hasta llegar al punto de partida. El método era infalible para la resolución de aquellos juegos planteados en las revistas infantiles y en los suplementos para niños de los diarios dominicales. Pero la mamá también le advirtió a Camilo que esa estrategia no siempre era efectiva, porque en los laberintos reales, aquellos que no estaban impresos en papel, no era posible ver con anticipación dónde estaba la salida.

 

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“No, gracias”, era su respuesta unánime ante cada invitación. Por más que sus amigos lo invitaran a un partido de fútbol en el baldío, o el Vasco le propusiera ir a jugar a la manzanova en las cuadras del centro de la ciudad, o la tía Nora lo invitara a pasar todo el día con el primo Darío en el campo, Camilo no faltaba a ninguna de las citas que tenían cada sábado a la tarde en el barrio San Cayetano. El tío Agustín había comenzado con las proyecciones de cine en la capilla. Por delante del Cristo de madera que imperaba arriba del altar, Roberto y Andrés desplegaban una tela blanca y gigante, mientras el tío se encargaba del proyector y manipulaba las latas de 16mm de celuloide que les enviaban desde San Pablo Films, allá en la Capital Federal. 

Para los ensayos previos, tenían una lata con la transmisión completa de un partido de fines de los años sesenta, entre los Boston Celtics y Los Angeles Lakers, que le había regalado al tío un amigo, el Chino Benac, profe de educación física y entrenador del equipo local de básquetbol. Camilo se desternillaba de la risa cuando el tío Agustín proyectaba el partido al revés y veía a los jugadores sacar la pelota del aro y arrojarse de espaldas hacia el piso y caer parados con gran pericia. Y el tío le prometía que alguna vez lo iba a llevar a ver un partido de los Harlem Globbetrotters al Luna Park.

El tío Agustín le enseñaba a Camilo, con extrema paciencia, el arte de la proyección, cómo cuidar el celuloide, y cómo colocar la cinta en los carretes, y cómo hacer foco en aquella tela blanca en la que, de golpe, aparecían imágenes de enorme tamaño, en donde vaqueros montaban a caballo; y sor María escapaba de los nazis junto a su nueva familia; y Mary Poppins canturreaba su supercalifragilisticoespialidoso, que tanto costaba después deletrear, en tiempos analógicos en que no existía la posibilidad inmediata de cortar y pegar.  

Luego de almorzar los domingos en la casa de la Nona, tío y sobrino revisaban juntos el catálogo, elegían la siguiente película y el tío era el encargado de llamar cada lunes a Buenos Aires para ver si estaba disponible; y entonces la reservaban; e iban a la terminal de ómnibus a dejar los rollos ya proyectados y retirar los nuevos. Camilo se tomaba la tarea con seriedad y analizaba los fascículos sobre la historia del cine que había en la casa de la Nona y buscaba información sobre películas, directores, actores. 

Una de esas tardes de domingo, el tío le pasó el catálogo a Camilo y le pidió que se encargara solito de la siguiente elección. Nuestro pequeño personaje se sintió orgulloso, maravillado, abrumado. Se leyó otra vez el catálogo completo de San Pablo Films, buscó película a película, siguiendo con precisión el orden alfabético. No había ninguna de Steven Spielberg, su director favorito; tampoco de George Lucas. Y se acordó de los programas de Carlitos Bettoli que había visto en televisión, con aquel ciclo de películas de Carlitos Chaplin. Entonces, no lo dudó y propuso alquilar “La quimera del oro”, una de sus preferidas, con aquella escena en la que cenaban un zapato guisado y Carlitos se encargaba de comer la suela como si fuera un pescado y los cordones como si hicieran las veces de unos fideos exquisitos. 

La proyección fue un gran éxito. Los chicos del barrio se tiraban al piso, retorcidos de la risa, haciéndose lugar entre los bancos de madera de la capilla. A la semana siguiente, Camilo repitió la fórmula y eligió “El circo”. La asistencia a la capilla se había duplicado. Así que continuó el ciclo con “El gran dictador”. Nuevo suceso y más y más risas en aquel templo oscurecido. 

Pero no había más películas de Chaplin en el catálogo; y Camilo estaba perdido, no sabía qué elegir. Buscó un recorte de diario con las películas que habían sido las más taquilleras de la historia, que se había guardado en un cuaderno varios meses atrás; ninguna estaba disponible. Propuso “Aeropuerto 77”, pero le dijeron que no. Pensó alguna de James Bond; tampoco. Tiene que ser alguna que pueda ver toda la familia, chicos y grandes, le explicaron. Encontró una película que se llamaba “Pequeños aventureros”, sobre una chica que viajaba de vacaciones al campo de sus tíos en la provincia Córdoba y vivía distintas andanzas con sus amigos. Tenía que funcionar. Cuando arrancó la función, la capilla estaba otra vez llena, pero a los pocos minutos, algunas madres se levantaron. Y minutos después, la sala quedó casi vacía. La película les había parecido un plomazo.

Camilo estaba desolado por el fracaso, pero el tío le dijo que no pasaba nada, que tenía que elegir una nueva peli para el lunes siguiente. Así que se acordó de otra que había visto en el programa de Carlitos Bettoli y apostó por lo seguro. Alquilaron “La vuelta al mundo en ochenta días”, con Cantinflas, el gran cómico mexicano. 

 

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La abuela Mamina vuelve al pueblo, regresa a su antigua casa. Hay algo en la mirada de Roberto que ha cambiado, que se ha ido, cierta tristeza leve pero persistente que ya no está. Con el tío Julio van y acondicionan la casa, cortan el pasto, arreglan una puerta desvencijada, una canilla que pierde, podan la ligustrina, pintan el techo del baño que tenía una vieja mancha de humedad. La casa vuelve a tomar vida después de tantos años, los portarretratos salen de las cajas y regresan a los estantes, las miradas se detienen en un viejo boletín de la primaria, en una foto en blanco y negro de toda la familia, de todos juntos, en unas vacaciones en Córdoba, aunque ninguno de los hijos tiene recuerdos certeros de aquello que se intenta narrar.

Mamina vuelve a vivir a Chacabuco, ya lo ha anunciado por teléfono, y sus hijos la van a esperar a la terminal y la esperan con ravioles de verdura y pollo con salsa de tomate, en esa noche de julio. Ella se siente feliz de estar otra vez en su pueblo, en su casa, de estar otra vez cerca de sus hijos y de sus nietos. No se priva de regalar abrazos y besos a esos hombres casi cuarentones, barbados, con pelos que se encanecen, que comienzan a declinar. Para Mateo, para Camilo, para el Vasco, no deja de ser extraño ver a sus padres en el rol de hijos mimados, consentidos, que piden strudel de manzana o pastel de papas y reciben strudel de manzana y papel de papas, que tienen en sus cabellos una mano de piel suave y arrugada que los acaricia, que los relaja, que los regresa a la infancia.