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  • sábado, 27 de noviembre de 2021

Cuando fuimos el futuro

Manuel Barrientos
Cuando fuimos el futuro

La capacidad de memorizar adquirida a través del amor mediatizado por el fútbol había convertido a Camilo en un candidato fijo para los actos escolares. Y ese 20 de junio era el día más indicado para el debut como intérprete ante un público exigente.

Su prócer favorito era Manuel Belgrano, no tanto por el rol como creador de la bandera nacional sino, en todo caso, por el servicio a la patria, por la exposición a la epopeya imposible, por las ideas adelantadas en el tiempo. Admiraba, intuía, ese carácter trunco de la gesta belgraniana: su participación en la Revolución de Mayo; las donaciones para la fundación de escuelas que no cumplieron su destino; el éxodo jujeño; el sacrificio de los bienes propios por algo mayor; las caídas en Vilcapugio y Ahoyuma; la idea de un cacique rey en el Congreso de Tucumán, que tampoco se concretó. Camilo amaba esa entrega de Belgrano, ese dar la vida, darlo todo, pese a la certeza de no ver cristalizados los resultados de modo inmediato, esa idea de hacer algo no para un aquí y ahora en el que estaba asegurada la derrota, sino el actuar con el foco puesto en sembrar una semilla en territorios áridos para conquistar un triunfo colectivo que se intuía lejano pero trascendente. 

Belgrano era un prócer sobre el que no recaía la responsabilidad de la victoria en el corto plazo, sino que su tarea era otra: abrir caminos y crear futuro, para que otros cosecharan luego los frutos. Pero, tal vez, esos pensamientos se fueron configurando más tarde, con los años y con las lecturas, y no era eso lo que en ese momento lo identificaba a Camilo, sino el simple hecho de que no era un súper hombre como el General Don José de San Martín, al que iba a interpretar su primo el Vasco para el posterior acto del 17 de agosto, sino un héroe más al alcance de la mano, más cercano a un niño petiso y sin demasiado talento para el fútbol. 

Y allí estaba, en el escenario del salón de actos de la Escuela Número Uno Juan Estrugamou: con la pechera militar, las botas altas, los pantalones blancos, el gorro de paño azul, el sable corvo forrado en papel metalizado de color dorado. Las manos de su padre que apretujaban una cámara de fotos, las manos de su madre que peinaban a la pasada un remolino indómito.

Ese 20 de junio era el gran día, porque le tocaba interpretar al prócer que más quería ante los más de trescientos alumnos del turno tarde. Abstraído, repasaba la letra en silencio, sin mirar ningún machete. A su alrededor, circulaban niños disfrazados de soldados, de realistas, de damas antiguas, de pequeños indígenas. Maestras que daban órdenes enérgicas y firmes, pero en tono bajo, para que no se escucharan del otro lado del telón.

Entonces, ahorita mismo, estamos todos ahí, en el salón de actos. Micrófono en mano, parada delante del telón, la directora Elba habla de la honradez de Belgrano, de su arrojo, de sus principios, de sus valores, de su apuesta a la unidad de todos los argentinos, algo que sería tan necesario en la actualidad, tan necesario, repite, ante la corrupción moral que hoy tienen nuestros dirigentes, un hombre que siempre apostó a la reconciliación nacional, a la paz y la concordia. 

Una piba y dos pibes de séptimo grado hacen su ingreso con la bandera de ceremonia, se entonan las estrofas del himno nacional, con la ayuda de un tocadiscos que aporta el sonido de una banda militar. Libertad, libertad, libertad: un grito en los pulmones inflamados de niñas y niños; madres y padres; maestras y maestros; y por supuesto, de Pochi, la portera, bien querida por toda la comunidad educativa.

El telón demora en abrirse. El nerviosismo toma los cuerpos de los niños actores, que repasan en silencio la letra. La directora se enoja por ese retraso en el cronograma estipulado. El bullicio y las risas se expanden en el público. ¡Chist! No todos los argentinos tienen la posibilidad de estar cerca de su bandera, de honrarla, de saludarla, ustedes, estudiantes, tienen el privilegio de alzarla todos los días a los cielos, de cantarle, de juramentarse dar la vida por ella. El alumnado calla, los padres dejan perder su vista en el techo abarrocado.

Ahora sí: el telón se corre. Un grupo de niños con taparrabos de arpillera y plumas en la cabeza caminan en círculo por el escenario, sosteniendo unos cabritos de cartón corrugado y lana blanca pegada con engrudo. Un coro canta un carnavalito, los indígenas dejan los cabritos de cartón corrugado en el suelo y siguen bailando en ronda. Aparece en escena una niña con una mañanita blanca y el pelo encanecido, que les pide a sus hijos que hagan pastar a los cabritos y que los lleven a tomar agua al arroyo. Los pequeños levantan los cartones y los trasladan a la izquierda del escenario. La mamá indígena se sienta en el piso y teje.

De golpe, todos se quedan paralizados. Se escuchan taconeos sobre el escenario de madera. Nuestro Manuel Belgrano hace su ingreso. Lo escoltan tres soldados.

Camilo, es decir, el general Manuel Belgrano, se para en el centro del escenario. Y calla. El silencio se prolonga.Tres.Cinco.Siete segundos.Comienza a resurgir un leve murmullo.La directora frunce el ceño desde abajo.Manuel Belgrano mira a la maestra. La maestra mira a nuestro Manuel Belgrano de los labios sellados.Compatriotas -le sopla por lo bajo. Com-pa-trio-tas -dice el general niño. Camilo se atropella en las primeras frases, hasta que logra tomar aire y continúa con la letra. Los niños indígenas lo miran con atención. Camilo, Belgrano, les habla de la independencia, de la libertad, de la lucha. Una voz en off desde atrás del telón dice: “El general alzó al pequeño indiecito sin esfuerzo y lo puso sobre su caballo”. Los actores recorren el escenario. La mamá indígena ofrece carne salada, tejidos y leche. Los soldados agradecen y se abalanzan sobre los regalos. Nuestro personaje baja del caballo de madera y ordena que le paguen con monedas de oro a la señora por su actitud generosa y desprendida. La mamá indígena se niega, pero el general le exige que acepte el pago en nombre del Ejército del Norte y de la Patria toda. Le sale así, en mayúsculas. Uno de los niños le suplica que lo deje formar parte de sus tropas. Belgrano acaricia su cabeza con cariño, las plumas se caen, el público se ríe, entre los dos levantan la vincha y Camilo ayuda para que se la vuelva a colocar, aunque ese movimiento hace que se le caiga su gorro de general. Las risas resurgen, Camilo se agacha para tomar el gorro, saluda a la madre y a los niños indígenas y dice, Belgrano dice: No, pequeño, quédate aquí a cuidar a tu madre. Nosotros nos encargaremos de luchar para darte una Patria.

El público se para y aplaude. Los niños actores se reúnen y saludan desde el frente del escenario. Belgrano busca con la mirada a sus padres entre el público. La mamá sonríe y el papá le levanta el pulgar derecho en señal de aprobación. El general respira aliviado, esta dura etapa de su gesta épica ha terminado.