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  • domingo, 24 de octubre de 2021

Cuando fuimos el futuro

Cuando fuimos el futuro

Bolso de viaje: mallas, remeras, pantalones, shorts, zapatillas, ojotas, gorra, medias, calzoncillos, buzos y una campera por si refresca mucho a la noche. Camilo espera que su madre termine de ordenar y sólo suma dos libros: Pinocho y Los tres mosqueteros. El tío Agustín le había dicho que tenía que empezar a leer obras más extensas, avanzar con ese pasaje que va de la literatura infantil a la literatura infanto-juvenil; y le regaló aquellos dos libros que había leído cuando era chico y que tomó de una de las bibliotecas de la casa de la Nona. 

Camilo aceptó el desafío, pese a que eran dos novelas con más de cien páginas cada una, diferentes a las versiones adaptadas y abreviadas que había leído hasta el momento. Están encuadernadas con una tapa verde, rugosa y dura. Mira las primeras páginas y lee que son de 1947, el año en el que habían nacido sus padres. Camilo piensa en su mamá y en sus tíos, los ve ahora en el campo, o en la playa, o en la casa de la abuela, veintipico de años atrás, leyendo aquellas mismas historias que ahora tiene entre las manos. 

Comienza con la lectura de Pinocho, ya mismo en el viaje, ahí arriba del auto. Con su mirada absorbe las páginas a gran velocidad, está ahí, en los lugares que se describen en la novela, siendo parte de esas historias, viviendo en esas historias, sintiendo más que mera empatía por los personajes: es uno de ellos, se desdobla en ellos. Está ahí dentro, en el libro, inmerso en esos mundos, aconsejándole al muñeco de madera que no mienta más, sufriendo con él, sufriendo por él, enamorándose del hada, desoyendo los consejos del grillo, pidiéndole que no se suba al pescante rumbo al país de los juguetes porque seguro encierra alguna trampa, deseando el abrazo de Geppetto en las fauces de la ballena. Vive en cada página y sólo vuelve al asiento trasero de Dodge 1500 cuando su papá frena en algún parador para almorzar un sándwich o unas empanadas, tomar una gaseosa, ir al baño, cargar el agua para el mate y comprar algún paquete de galletitas para lo que queda del viaje.

San Bernardo, enero de 1985. También es el verano en el que Camilo conoció a aquella chica de pelo castaño, de ojos claros, seguramente verdes, que le cuenta que vive en Buenos Aires, pero que, en realidad, sus papás son de San Pedro y que se tuvieron que mudar antes de que ella naciera a la Capital Federal; y a Camilo esa chica le gusta, sin dudas, le gusta, y tiene la suerte de que está de vacaciones con su familia en el mismo edificio que ellos; así que juegan juntos en la playa; y a la hora de la siesta siguen jugando con una pelota en la terraza; y esa pelota cae a un baldío de al lado; la corrida heroica de Camilo para rescatar la pelota del baldío lindero, el salto al tapialito para recuperarla, la sangre en el pie, tal vez fue un vidrio, una laja o una lata vacía; la pelota entre sus manos, la pelota manchada de sangre; qué te pasó, le pregunta Mateo, y corre a avisarle a sus padres, y mira los pies de Camilo y el reguero de sangre en la vereda y la ida al hospital y la antitetánica y la recomendación del médico de que no se meta al mar por algunos días para no mojar la herida, y el vendaje; y la chica -que es y no es sampedrina- que se vuelve a Buenos Aires; y entonces Camilo se queda solo y herido, debajo de la sombrilla y se pone a leer Los tres mosqueteros, así, de un tirón, de manera voraz; y el libro se termina, aunque el vendaje sigue.

Pide con insistencia otro libro y, después de la cena, recorre la feria y hay un puesto de libros usados y se compra con la plata que le había dado la Nona una versión de Las aventuras de Tom Sawyer, de la colección Billiken; y ya no es más Aramis ni D´Artagnan, sino el propio Tom y también Huck Finn, y se enamora de Becky, se enternece con la tía Polly -a quien, aunque no lo quiera, no para de darle disgustos-, y la historia también llega al final. Examina la lista de los otros títulos que hay en las últimas páginas y, como un cazador furtivo, elige las próximas presas y anota: Más aventuras de Tom Sawyer, Tom Sawyer detective, Tom Sawyer en el extranjero, Un yanqui en la corte del Rey Arturo, Las aventuras de Robin Hood, El faro del fin del mundo, Cinco semanas en globo, Aventuras de Sherlock Holmes, Sandokán, el tigre de la Malasia, David Copperfield, Oliver Twist. Quiere todo, quiere todos. 

 

***

 

La televisión en colores, finalmente, había llegado a la casa. De manera extraña, en los primeros días, Camilo no se entusiasmó demasiado con las atracciones que ofrecía la pantalla; sí, en cambio, con la gran caja que la había cubierto. Se armó una suerte de casa de cartón y la mamá le ayudó a hacerle una puerta, agarró un velador, y pasaba varias horas ahí dentro, leyendo, o inventándose historias. Era su zona privada, aunque una vez lo invitó al Vasco, y también le mostró la guarida a Quicho un domingo de lluvia, donde escucharon un empate de Boca contra Temperley.

Las últimas noches de enero, la casa se pobló de amigos, Andrés, Lucía y su hermano Ernesto; Rubén y Susana y sus hijos; el tío Julio con Lucila y el Vasco; el Cholo; el tío Agustín, su novia Elisa; y hasta en alguna de las nueve lunas, cayó el padre Cacho, que estaba de visita en la ciudad, sin sotana ni clerishman.

Se juntaban temprano, a eso de las siete de la tarde, cocinaban empanadas o pizzas, o hacían algún asado, a la espera del comienzo de la transmisión del Festival de Cosquín por ATC. Sacaban el televisor al patio y cantaban y aplaudían los recitales de Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Alfredo Zitarrosa, como si estuvieran en la Plaza Próspero Molina. A veces, la señal parecía perderse y el Cholo era el encargado de subirse al techo para acomodar la antena con las indicaciones (siempre imprecisas, muchas veces embriagadas) que le gritaba el resto del grupo desde abajo.

Cuando terminaba la transmisión y la lluvia ganaba la pantalla, Ernesto o Lucía tomaban la guitarra y se animaban con zambas, chacareras, y canciones de Joan Manuel Serrat, Víctor Jara o Víctor Heredia. Los temas se sucedían, se armaba una tercera vuelta de empanadas o sanguchitos de vacío, y Camilo se acostaba sobre la falda de su madre y se iba durmiendo, con el sonido de la guitarra apagándose de a poco, hasta que se sobresaltaba cuando escuchaba la canción que siempre Ernesto y Lucía dejaban para el final y todos entonaban un poco borrachos. Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras de mi calle, ayer a oscuras, y hoy sembrada de bombillas. Los platos se apilaban, se lavaban y secaban entre varias manos. De a poco, la casa se despoblaba, con padres llevando en brazos a niños dormidos, con charlas más íntimas en el patio, señalando las estrellas, mientras se terminaban los últimos vasos de vino tinto y Camilo soñaba, o creía que soñaba, que Mercedes Sosa le cantaba duerme, duerme, negrito, que tu mama está en el campo, negrito, enseñando, sí, en la escuela ocho, trabajando, sí, todo el día, sí, y te va a traer, muchas cosas para ti, negrito.