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  • lunes, 18 de octubre de 2021

CONTRATAPA

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

12.

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Cuando fuimos el futuro

Eduardo Galeano decía que había que escribir cuando te picara la mano, cuando la sangre te bombeara hasta ese extremo del cuerpo y te obligara a escribir. Galeano decía que escribía a mano en sus cuadernos para que ese latido llegara a la página de forma directa, para que fuera una experiencia artesanal, sin escalas, sin mediaciones. Entonces, me decido a escribir con la mano y voy hasta una librería y compro un cuaderno Rivadavia de tapa dura, de 194 hojas, similar a aquellos que utilizaba en los primeros grados de la escuela primaria. Los Rivadavia tapa dura estaban prescriptos por el sistema educativo como los cuadernos oficiales; los Gloria de tapa roja y hojas de menor gramaje eran utilizados como borrador. ¿Quién, cuándo, dónde, cómo, por qué surgió esa convención? ¿Aplicaba a todas las escuelas, a todas las pibas y los pibes? ¿Quiénes habían decidido instaurar como una obligación algo que estaba tan ligado al poder adquisitivo que tuvieran las y los estudiantes? ¿Por qué, en forma mayoritaria, aceptábamos y poníamos en valor esa convención, transformando en superioridad estética una variable que dependía tan solo de las capacidades económicas?

Ahora tengo el cuaderno Rivadavia sobre el escritorio, y una lapicera, y la decisión de escribir a mano, no solo por la recomendación de Galeano, sino también para evitar caer en el riesgo de buscar en la web antecedentes, referencias, definiciones sobre aquello que deseo escribir; y, en especial, temo comenzar a copiar recuerdos similares a los míos y perder la originalidad, la identidad humilde y única de estas memorias.

La computadora permanece apagada, el celular también, no hay ningún dispositivo encendido, salvo el centro musical que irradia las primeras melodías del piano del cubano Rubén González desde ese CD original que hoy tendría un precio de venta atractivo en la feria de Parque Centenario. Tomo el cuaderno, otra vez, lo abro, lo huelo, sí, lo huelo, no puedo dejar de aspirar el perfume a madera y tintas de esas hojas Rivadavia que marcaban –¿siguen marcando?- las desigualdades sociales que los guardapolvos blancos intentaban aproximar; e incluso, tal vez, esos guardapolvos blancos hasta lo lograban. 

Vienen a la memoria las imágenes de esas niñas y niños en el patio enorme de la Escuela Número Uno Juan Estrugamou, con la bandera celeste y blanca que comienza a elevarse en un cielo azul, bajo un sol brillante, pero apacible; porque si vamos a recordar, para qué hacerlo con un día lluvioso y gris. La letra cursiva que traza el cuaderno Rivadavia es torpe, casi ilegible. Cambio, entonces, a las minúsculas en imprenta. La lapicera de tinta azul avanza, se desliza unos milímetros por arriba –o por abajo- de lo que indican los renglones, algunas letras se pierden o se amontonan con otras, se tornan cada vez más difusas. La mano no pica. Duele (me duele). Esta mano ha perdido la capacidad de escribir, los dedos preferirían estar sobre un teclado, porque han perdido su adiestramiento, su elegancia caligráfica. Será difícil digitalizar luego estas memorias borrosas, torpes, confusas, de esta mano que duele, que no sabe cómo ubicarse en relación a una lapicera, en relación al cuaderno de hojas rayadas. Tal vez deba volver a hacer montañitas y rulos, por debajo y por arriba del renglón. Debería llamar a mi madre y pedirle que me envíe los cuadernos de primer grado, con esos ejercicios de caligrafía previos a la enseñanza de la escritura, para tratar de recuperar la presteza de estos dedos, para intentar darle ánimo a esta mano que pide recuperar la capacidad de escribir. 

Así, mientras lucho con mi mano derecha, surge medio borrosa la figura de la abuela Mamina y su visita para las fiestas de fines de 1984. Su llegada, junto con la del verano, había puesto en suspenso nuestras vidas cotidianas, y con Mateo nos sentíamos de viaje, trasladados -sin movernos de casa- a un lugar sin tiempo ni espacio precisos; y ahí estábamos, recostados en un colchón sobre el piso, la abuela sentada en mi cama, contándonos viejas historias de pueblo, de aquellas épocas en las que no existía el gran edificio de la escuela Normal, en la que esos terrenos eran una gran laguna donde todos los veranos nuestro padre se bañaba junto al tío Julio. O los recuerdos de la crianza en el campo, toda la familia trabajando para los Martínez del Río, ahí tu papá aprendió a andar a caballo con el tío Bauta que, en una galopera sobre un potrillo desenfrenado, casi muere degollado por un alambre que se volvió invisible en la espesura de la noche. Y vuelvo a recordar cómo imaginaba, a mis siete años, mientras escuchaba la voz de Mamina, ese cuerpo macizo del tío Bauta recostado sobre el caballo, mientras su cabeza vuelve a rodar solitaria y desprendida por el pasto y se frena junto al tronco de un árbol. 

La abuela, que nota mi estremecimiento, se desvía hacia recuerdos más dulces, y surge entonces en su relato las anécdotas de mi viejo ganando carreras de regularidad en auto por los caminos polvorientos de la pampa, calculando con precisión los tiempos gracias a un viejo cronómetro que los Martínez del Río habían descartado y que a mi papá le permitió acumular copas y plaquetas en una vitrina de madera que ahora están tapadas de polvo en el cuartito del fondo de la casa. Mamina también habla de las malas notas que tenía mi viejo en inglés en la secundaria; y se detiene y narra las primeros días de clases, la resistencia que tenía mi papá para ingresar en la escuela, cómo se retobaba en esas cinco cuadras que distaban entre el colegio y la casa que tenían sobre la calle Zapiola, de cómo se demoraba en los zaguanes con la excusa de atarse los cordones de los zapatos, y de cómo finalmente el abuelo decidió tomar cartas en el asunto (“algo que hacía bastante poco”, creo que debe haber pensado Mamina, pero que en aquella noche prefirió callar a sus dos nietos) y lo llevó, literalmente, a patadas en el culo a la escuela casi sin mediar resistencia. Con Mateo nos reímos porque nos imaginamos a nuestro papá chiquito y caprichoso, mientras ahora se lo ve tan engominado y siempre de traje y corbata, con su portafolio yendo, sin ambages, ya no más a la escuela, pero sí a la cooperativa o al juzgado.

Mamina nos pregunta si queremos comer algo en especial en el almuerzo y Mateo le dice que le gustaría carne al horno, y yo le pido ñoquis de papa y un strudel, que no está entre mis postres preferidos, pero que sé que le gusta mucho a mi papá. La abuela nos dice que sí, que por supuesto, que hará todo lo que le pedimos, que también preparará un bizcochuelo de chocolate, y me ofrece ir juntos a la mañana a hacer las compras. Entonces le pregunto si me puede comprar un bocadito Holanda, o dos, y ella me dice que sí, pero me pide que no les cuente a mis papás, porque después se enojan conmigo, se excusa Mamina. 

La abuela duerme y la miro, o recuerdo que la miro, o quiero volver a hacerlo ahora y ver a Mamina relajada y feliz. Pienso en los ñoquis, en el bizcochuelo de chocolate y en los bocaditos Holanda; aunque no sé si el que piensa es ese nene de siete años o soy yo.