• 23:59
  • viernes, 24 de septiembre de 2021

CONTRATAPA

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

11.

jugadores de boca
jugadores de boca
Cuando fuimos el futuro

La victoria, a veces, está en el solo gesto de intentar el acto heroico. Algo así creía haber aprendido Camilo de la casi hazaña protagonizada por su hermano mayor en el juego del palo enjabonado. Casi hazaña porque, ahí nomás de llegar a la cima, Mateo se había caído de espaldas y se había fracturado el húmero y le habían puesto un yeso, que debía conservar durante un mes, de acuerdo a las rigurosas indicaciones que había dado el traumatólogo en el sanatorio. 

Mateo se había convertido una suerte de héroe en el barrio y en la escuela, en el primer mártir de la sociedad de fomento, como decía con cierta sorna el tío Agustín, un especialista en la ironía refinada y punzante. 

Un poco culposo por haber insistido en que hubiera una competencia de palo enjabonado en aquella kermese inaugural de la sociedad de fomento, Don Fermín pasaba todas las tardes para ver cómo estaba Mateo, que más que padecer, disfrutaba de los placeres y privilegios de su estrellato repentino. Los padres le habían habilitado acceso sin restricciones horarias al televisor; la Nona le había comprado varias revistas de rock para que se entretuviera mientras hacía reposo; el abuelo le mandó un par de ejemplares de El Gráfico; las vecinas del barrio le alcanzaban tortas fritas y buñuelos para que se repusiera rápido; y las compañeras y los compañeros del secundario querían que les contara una y otra vez cómo había sido la proeza. Hasta los amigos de Camilo se acercaban para hablar con Mateo, que ahora la iba de director técnico que daba órdenes a los jugadores de ambos equipos, sentado en el piso del terreno baldío, con su brazo inmovilizado. 

Si hay algo que, en realidad, le molestaba a Camilo de aquel éxito fulgurante de Mateo era que toda la secundaria había dejado sus nombres inscriptos en el yeso, con dibujos, mensajes cariñosos y logos de clubes de fútbol y bandas de rock. El yeso estaba tan atiborrado de tinta cuando su hermano volvió del colegio, que Camilo solo pudo poner su nombre junto a un escudito de Boca en una parte interna, a la altura del codo, casi invisible. 

Camilo pensaba que, tal vez, eso era lo que él –evidentemente- representaba para Mateo: un lugarcito tan minúsculo e imperceptible que, para observarlo, se necesitaba un microscopio. Igual tampoco tanto se desesperaba, porque sabía que su hermano le iba a pedir que le acercara las revistas que le habían regalado la Nona y el abuelo, o la carpeta de la escuela; o que lo ayudara a ponerse la ropa; o el muy nenito capaz que hasta necesitaba que le cortara la comida. Camilo ya era grande e iba a segundo grado y usaba el cuchillo y el tenedor y no necesitaba de nadie para comer; en cambio, Mateo, tan superhéroe que parecía, tan requerido por todo el barrio y por toda la ciudad, al final precisaba la ayuda de su hermanito para comer. Lo único que faltaba era que le hiciera un avioncito para llevarla la comida a la boca.

***

Chacabuco, miércoles 28 de noviembre de 1984.

Está nublado.

Conozco el peso argentino.

Voy a comprar con mamá. Llegamos al supermercado, llevamos mucha mercadería, pero al llegar a la caja: ¡Atención! Mamá deberá pagar el total de lo que llevamos. ¿Con qué pagará? Pagará con los siguientes pesos argentinos:

Pegadas sobre el cuaderno, unas fotocopias en blanco y negro a doble faz de los billetes, luego coloreados con lápices.

El rostro del general Don José de San Martín está presente en cada uno de los billetes. En el reverso del billete de un peso se observa un paisaje de Bariloche y el Llao Llao; en el de cinco, el Monumento a la Bandera; diez, Cataratas del Iguazú; cincuenta, se atisba demasiado borroso un paisaje de montañas; cien, Ushuaia; quinientos, una pintura con los cabildeantes del 25 de Mayo de 1810; cierra el de mil, con el Paso de los Andes.

En el cuaderno se observa un ¡Excelente! en verde.

***

Los papelitos recortados con los nombres de los pilotos del Turismo Carretera, la Chevy de Emilio Satriano que se adelanta en la curva de la mesa y el piloto de Chivilcoy que supera a Oscar “Pincho” Castellano y se queda con la punta de la carrera y del campeonato. Los muñequitos de adorno de la torta con los colores de Boca y de River; las figuritas del álbum de la Primera A; partidos entre los muñecos; campeonatos enteros con las figuritas; Boca campeón de esos torneos imaginarios, pese a la resistencia del Vasco, que quiere que gane San Lorenzo. El primo Nicanor que se aburre en esa tarde de lluvia casi estival, que invade con los soldaditos verdes el campo de juego, que interrumpe el partido, que derrumba a los muñequitos jugadores, que dice que está lleno de barrabravas y que, por eso, es necesario que intervengan los soldaditos.

***

“Hace un calor que raja la tierra”, dice el Quicho por lo bajo, las medias de lona enrolladas en los tobillos, las zapatillas de lona agujereadas por el dedo gordo. Cada rayo de sol es un cartucho con perdigones que se bifurcan y caen filosos en las cabezas de los chicos. Les arde el marote, el guardapolvo empapado se les pega en la espalda, las piernas les flaquean en el patio de la Escuela Número Uno Juan Estrugamou. La bandera aún está baja, las filas desordenadas. Son los últimos días de clase y parece que todo se vuelve un poco más relajado y las maestras dialogan a la sombra. 

El Vasco, Camilo, Esteban y el Quicho se sientan en el escalón que une al patio con la galería. Los pibes le preguntan a Camilo si a Mateo ya le sacaron el yeso; después hablan sobre el karting a bolilleros que le está haciendo el padre a Esteban; y la charla deriva acerca de unos bolones de acero que un tío del Quicho le consiguió en la fábrica harinera donde trabaja. “Son así de grandes”, explica el Quicho, haciendo un círculo con las dos manos. El Vasco saca unas figus repetidas del guardapolvo y las empieza a mostrar. La te, la te, la te, la te, la te, la te, ¡NO LA TE! ¿Te la cambio por la chapita de Ferro? ¿O por el escudito de Chacarita?

“¡Qué hacen ahí!”, grita la directora y emprende una marcha rápida en línea directa hacia el grupo de cuatro revoltosos de segundo grado. Resuenan los tacones de Elba en los mosaicos de la galería. “¡Qué se creen! ¿Qué están tomando mate? ¡Acá se viene a aprender! ¿O no quieren pasar a tercer grado?”, se exaspera.

La directora Elba agarra al Quicho del cuello del guardapolvo y pone a los cuatro debajo de la galería, de florero, enfrentados a las filas de alumnas y alumnos que miran al mástil y comienzan a recitar bandera de la patria, celeste y blanca, símbolo de la unión y la fuerza con que nuestros padres nos dieron independencia y libertad; guía de la victoria en la guerra y del trabajo y la cultura en la paz. 

“¿La directora pedirá hablar con mis papás?”, le pregunta Camilo en voz baja al Vasco. Los dos temen una reprimenda familiar, lo único que falta es que se terminen quedando sin vacaciones o, peor aún, que repitan segundo grado. 

-No lloren, lo logré, acá estamos más fresquitos -celebra el Quicho por lo bajo, disfrutando del bálsamo de sombra en medio de aquel tremendo día de calor.