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  • sábado, 25 de septiembre de 2021

CONTRATAPA

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

10.

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Cuando fuimos el futuro

“Tenemos que volver a los barrios, como dice el padre Cacho”, se juramentaron de manera colectiva, en esa capilla fría y despojada, de largos bancos de madera y paredes de cal blanca. Eran cerca de una veintena, la mayoría de ellos tenía entre 30 y 40 años; y se distribuyeron las zonas en grupos de cuatro, mientras sus hijas e hijos jugaban a la mancha en los jardines. 

Podemos volver a dar apoyo escolar, hacer un roperito, dar catequesis, armar una sala de atención primaria, proyecciones de cine, habría que ver en qué estado están las bibliotecas, si es que quedó algo, puedo conseguir un proyector, creo que tengo una tela grande para usar de pantalla, puedo pasar por la sala una vez por semana y atender a los vecinos, puedo ayudar dando clases de matemática. Las propuestas se agolpaban, se amontonaban, se superponían. 

Roberto y Violeta se hicieron cargo de la parroquia de la Benedicta, en el barrio San Cayetano. Volvían a esas calles, casi diez años después. Los acompañaban Lucía y Andrés, una pareja de recién graduados, sin hijos. Ella era profesora de literatura; él era ingeniero y trabajaba en la fábrica familiar de implementos agrícolas. Andrés sorprendía a sus chicos con acrobacias, caminaba varios metros con las manos haciendo la vertical, hacía malabares con naranjas, realizaba trucos de magia. Después de tanta excitación, Lucía trataba de bajarlos a tierra contándoles algún cuento.

Algunos días más tarde, los dos matrimonios se reunieron para planear el regreso al barrio. Roberto recordó un Día de Reyes, a fines de los sesenta, en el que armaron una colecta de juguetes en el centro de la ciudad. Consiguieron donaciones en algunos negocios del centro e hicieron una vaquita entre todos para comprar golosinas. El Cholo se disfrazó de Gaspar; el tío Agustín, de Melchor; y otro compañero de Baltazar. Se subieron al techo de una casa contigua a la capilla con tres bolsas. Los niños se congregaban allí abajo, eran manos abiertas. Los regalos comenzaron a caer, los nenes corrían, se peleaban un poco, agarraban los pequeños juguetitos, los chupetines, los caramelos, hasta que uno de ellos gritó: ¡Rey puto, tirá camiones!

 

***

 

Todos los sábados después del mediodía visitaban el barrio San Cayetano. Al principio, no había chicos ni grandes esperándolos en la capilla. Violeta y Lucía salían, casa por casa, al encuentro de las vecinas. Golpeaban las manos, los nudillos sobre las puertas de chapa, sobre las puertas de madera, llamaban a las madres por su nombre, les preguntaban por el resto de la familia, las invitaban a que llevaran a los chicos al apoyo escolar, les prometían una merienda. 

De a poco, los pibes fueron llegando con sus cuadernos, con sus cartucheras. Repasaban los deberes, Lucía les explicaba a quienes tenían dificultades en castellano y ciencias sociales; Violeta orientaba a quienes necesitaban practicar las tablas y hacer cuentas matemáticas. Mateo colaboraba con los chicos de primer y segundo grado. Roberto cortaba el pasto, mientras Andrés reparaba unas canillas que pierden y arreglaba un enchufe. Camilo se paseaba por el jardín de la capilla, aún desconocía por completo las leyendas que rodeaban a la Benedicta.

Cuando terminaban con las tareas, preparaban el mate cocido en una gran olla. Los chicos levantaban sus cuadernos y cartucheras de la mesa y compartían las galletitas. El mate cocido se servía bien dulce. Antes de la caída del sol, las madres pasaban a buscar a sus hijos y se les anunciaba que para los siguientes sábados estaba programada una feria de ropa; que pronto iban a hacer proyecciones de cine; y que los martes, de cinco a siete de la tarde, iba a pasar el doctor Rubén por si necesitaban hacer alguna consulta médica.

 

***

 

Si las tardes de los sábados se dedicaban a la capilla, las mañanas del domingo eran para otro barrio, el propio, aún sin nombre ni otras señas de identidad ni límites precisos. A diez cuadras de la plaza central, aún no tenían pavimento, ni cloacas, ni sala de primeros auxilios, ni una cabina de teléfono público, ni tan siquiera arbolado. El barrio era todo futuro.

El nuevo intendente tenía empuje, ideas y buena llegada a las autoridades nacionales. Dividió a la periferia de la ciudad en doce zonas y en cada una de ellas debía crearse una sociedad de fomento. Comenzaron a juntarse en el patio de una casa abandonada, entre los vecinos cortaron el pasto, arreglaron los alambres que hacían las veces de medianera, tenían la promesa de que el terreno iba a quedar en manos de la futura asociación. Eran cerca de cincuenta vecinas y vecinos los que se acercaban con sus sillas a las diez de la mañana. El grupo estaba liderado por don Fermín, un veterano caudillo radical de bigotes tupidos y cabellos blancos. Se imponía por la presencia física, por el vozarrón y, especialmente, por su capacidad de organizar y distribuir tareas.

Antes de iniciar cualquier gestión, debían darse un nombre, votar una comisión fundadora, aprobar un estatuto. Fermín prometió hacerse cargo de las gestiones que hicieran falta en la intendencia. Roberto debía resolver todas las cuestiones legales y los trámites que fueran necesarios llevar adelante. Decidieron llamarse “Los Tilos”, por los árboles que habían seleccionado para plantar en el barrio.

Para festejar la conformación de la sociedad de fomento, prepararon una kermese y un almuerzo a la canasta sobre esa calle que, en poco tiempo, se prometían, iba a estar asfaltada. Había palo enjabonado, tiro a las latas, carrera de embolsados, baile de la silla con grandes y chicos, carrera de karting a bolillero. Roberto había conseguido que Tito Urretavizcaya, el joven piloto que brillaba en la Fórmula 2 Codasur, les regalara un trofeo y pasara a sacarse una foto con los nenes. También había para entregar a los ganadores un par de copas que había ganado el tío Pedro en ajedrez, y que había dejado juntando polvo en la casa de la Nona. 

Uno de los primeros que se animó con el palo enjabonado fue Mateo. Intentaba trabarse con sus brazos para no descender, mientras se impulsaba hacia arriba con los pies. Avanzaba de a poco, aunque luego perdía fuerza y retrocedía varios centímetros. Los chicos lo alentaban desde abajo, Camilo estaba tan admirado por la proeza de su hermano que no podía soltar palabra alguna, mientras pensaba en cómo colarse en la foto con Tito Urretavizcaya.

Mateo fue perfeccionando su técnica y logró acercarse cada vez más a la cima. Pero, de pronto, se vio vencido en sus fuerzas y comenzó a resbalarse. Intentó trabarse cruzando las piernas alrededor del palo, aferrándose con desesperación, para no seguir perdiendo altura. Fue peor: cayó desde unos dos metros, de espaldas, y quedó duro en el piso de tierra, con los ojos cerrados. Había aprendido en la escuela que el negro era la ausencia del color, pero ahora no veía ni siquiera en negro; en la nada ni siquiera había ausencia. Solo escuchaba que distintas voces repetían su nombre, en un eco muy lejano.