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  • viernes, 24 de septiembre de 2021

CONTRATAPA

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

9.

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Cuando fuimos el futuro

“El hombre tiene lugares en su corazón que todavía no existen y para que puedan existir entra en ellos el dolor”. Por supuesto que Camilo no había leído esa frase del novelista y panfletista francés León Bloy en aquel 1984. A sus seis o siete años, aún solo leía con cierta atención la sección deportiva de los diarios y algunos libros infantiles de pocas páginas. De hecho, recién varias décadas más tarde conoció esas palabras de Bloy, cuando Amanda y el Vasco le regalaron El final del affaire, de Graham Greene, para su cumpleaños número 27; e, incluso, para estar aún más cerca de la verdad, fue varios años después que leyó esa novela que incluye como epígrafe aquella frase de Bloom, porque el libro de Greene pasó varios años guardado en la bolsa de regalo hasta que Camilo decidió leerla en medio de una gripe que lo obligó a estar más de dos semanas en cama. Y, sin embargo, cuando leyó esa frase, Camilo no pudo más que recordar aquellos días de 1984, aquel primer viaje a Luján, en el que conoció al padre Cacho (es probable que lo hubiese visto antes, pero ese día lo conoció, o partir de ese día tiene memoria vívida del padre Cacho). Y, entonces, ahora, cuando ordena su biblioteca y ve que el libro de Greene no está donde tiene que estar -es decir, entre las novelas de origen europeo no hispano, cuyo autor tiene apellido iniciado en la letra G-, Camilo se acuerda de esa frase de Bloy y, al mismo tiempo, del padre Cacho. 

En plano detalle: una escoba, no necesariamente nueva, porque ya tiene las varillas de paja un tanto arqueadas y levemente separadas. El padre Cacho barre la entrada de la iglesia con esa escoba, ante la mirada un poco indignada, aunque ya acostumbrada, de un par de doñas del barrio, que esperan que el cura termine con su tarea para poder ingresar a la misa. “Deje padre, que nosotras barremos”, le dicen, pero él sigue con su tarea. Cacho tiene una sotana blanca y pulcra que le llega hasta los tobillos; un par de zapatos negros, viejos pero lustrados; y lentes de marco grueso y negro. Su vista se concentra en el piso, en sacar la tierra y un par de hojas que quedaron pegadas a un peldaño de la escalera.

Roberto y Lucila lo sorprenden a los bocinazos. Mateo es el primero que sale corriendo del auto y lo abraza. Camilo baja y queda a cierta distancia, no se siente del todo parte de la escena, hasta que el padre Cacho le grita: “¡Vení, vení! ¡Qué grande que estás, Camilo! ¡Tanto tiempo sin verte!”. Y rodea a ambos hermanos con las manos, el viento y la tela de la sotana completan el abrazo.

Es una parroquia de calles de tierra y un pasacalle se destaca en el frente. “Mi vecino es mi hermano”, se lee. Cacho dice que está apurado, que ya es la hora, y todos pasan a misa. Hoy, tantos años después, Camilo no recuerda absolutamente nada de la homilía, probablemente se haya quedado adormecido o su mente se haya perdido soñando con algún triunfo de Boca o con alguna tarea escolar. Sí recuerda que después de la misa, el padre Cacho los hace pasar por un pasillo lateral hasta el fondo, donde hay una casa: una habitación, un living de tres por cuatro, una cocina, un baño. Tal vez debería escribir todo esto en pasado, pero Camilo recuerda en tiempo presente.

El padre Cacho pone la pava en la hornalla, bate la yerba, agrega unas cascaritas de naranjas disecadas, que tiene colgadas de la ventana. Antes de que el agua hierva, Cacho traza con precisión el mapa del barrio, sus características económicas, sociales, educativas. Apaga el fuego. Con la sotana aún puesta, dice que quiere crear una radio comunitaria, regularizar la situación catastral de los terrenos, pavimentar, hacer las cloacas. El objetivo principal es un plan FONAVI, porque hacen falta doscientas viviendas en la zona, dice que estuvo conversando con el intendente de Luján y con la gente de Obras Públicas de la provincia. 

Su voz es tranquila, aunque firme. Y dice: No puede ser que en nuestras iglesias haya más autos que bicicletas. Hay que salir de nuestros grupos pequeños, salir al encuentro de los vecinos. Hay que llegar a todos. Cuando digo todos, digo eso: todos. La iglesia no puede ser un lugar para venir los domingos, necesitamos una iglesia reunida en pequeñas comunidades, tenemos que crear estructuras basadas en la comunión y la participación. El pueblo no tiene que ser el beneficiario de la tarea evangelizadora, tiene que ser el protagonista. En el Evangelio, Dios se identifica con los pobres, con los necesitados, dice Cacho y se levanta a acomodar un crucifijo hecho con ramas de un ceibo, que está medio ladeado. “Metanle también ustedes, vuelvan al barrio”, alienta. 

Violeta y Roberto se quedan en silencio, pensativos. Cacho saca unas galletas de una bolsa de panadería. Mateo y Camilo tienen hambre y las atacan con rapidez, antes de que Cacho pueda acercarles un poco de manteca y azúcar. ¿Cómo andará la abuela Gumersinda?, pregunta Cacho. Ceba el mate con precisión, la yerba inclinada hacia el costado de la bombilla, un chorro de agua, la yerba que no se quema y se mantiene seca en la superficie.

¿Qué habrá pasado con Haroldo? Yo hice unas averiguaciones, ¿ustedes supieron algo? Me dijeron que estuvo en Campo de Mayo, que luego lo trasladaron a El Vesubio. Pensar que nos habíamos cruzado feo, aunque siempre nos tratamos con afecto. Unos amigos de México me trajeron una revista en la que está publicado el que se cree fue uno de sus últimos cuentos. “A la diestra”, se llama. Me menciona, aunque pone mi apellido con S y no con Z, y con una sola c. Esperen que lo busco, en algún lado debe estar. ¿Ustedes leyeron ese cuento? Creo que lo dejé en esa caja, pasámela, Mateo. 

Sí, acá está, dice Cacho. Es un cuento muy lindo, nostálgico, una despedida, casi. Habla sobre todo de Chacabuco, de sus amigos, de los suyos. Haroldo escribe: “La tía murió de golpe, un día de guardar. La velaron en la cochería Grossi, como predije. Después del responso en la pelada iglesia parroquial de la que el padre Sacardi rajó a toda imagen de bulto, incluyendo al propio San Isidro Labrador, se la llevaron a pulso hasta el cementerio, al fondo de las quintas, entre los hornos de ladrillos con olor a torta quemada y a pan agrio, mientras sobre el pueblo redoblaban las campanas de la torre con ese exacto toque a difuntos que le arruga a uno el cuero porque lo expide con mano sabia el Gran Maestro Campanero Mingo Provenzano”.

No puede seguir leyendo, deja la revista sobre la mesa. Fija su vista en la ventana, pone a calentar más agua, ceba un nuevo mate. Y recién después de todo eso, dice: ¡Qué calentura tenía Haroldo cuando hice sacar todas las estatuas! Yo, el cura; Haroldo, el intelectual de izquierda; ¡y era él quien estaba enojado! Yo quería y quiero una iglesia despojada, en la que podamos mirarnos a nosotros mismos. Les recomiendo que lean el cuento, después vamos al centro y trato de hacerles una copia. Haroldo, Haroldo. Qué ganas de volver a hablar con él, de ofrecerle este mate, de quedarnos callados, pensando, mientras entra el sol por la ventana, dice el padre Cacho.