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  • miércoles, 28 de julio de 2021

CONTRATAPA

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

3.

Todas las tardes, fútbol. Jugar en las calles de tierra, en el patio, en el baldío. Con buzos y camperas, con un par de latas como imaginarios postes de los arcos. No vale rematar, es la regla. Hay que pisarla, tocar, hacer jueguitos, construir paredes individuales usando como contraparte el muro de ladrillos que emerge como medianera.

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Cuando fuimos el futuro

Jugar hasta la noche, sin cansancio, hasta el primer grito de una madre. Despertarse los sábados, los domingos, y juntarse a jugar. Cada uno de los que lleva de manera circunstancial la pelota entre sus pies se desdobla, se convierte a sí mismo en un relator de la jugada que está realizando, anuncia el peligro de gol, y se transforma en uno de los grandes jugadores de la Primera A, con la diez o la nueve en la espalda. En ese relato, se visten con la ropa y los botines reglamentarios, se regalan el aliento de una tribuna que no está. Jugar en zapatillas de lona, porque los botines se reservan para jugar en el club del barrio, para jugar con la remera verde y blanca de San Martín. Tres contra tres, cuatro contra cuatro, cinco contra cuatro. 

Los ojos enceguecidos, el sol que se esconde, se expande en el horizonte: amarillo, naranja y rojo, luego azul, ahora negro. Los ojos casi no ven, son los pies los únicos que guían, que la llevan atada, que la deslizan a colocar al otro palo del arquero, que se tira por pura intuición, en la noche ya cerrada, dejándose guiar sólo por el sonido de la pelota.

 

- ¿Fue o no fue?

- No, tocó el buzo.

 

Todos perdieron la cuenta, nadie se acuerda, no importa el resultado.

Camilo no es un habilidoso. Sus movimientos con la pelota están muy lejos del talento de Seba, de la precisión de Nico, de la potencia de Mateo o de la rapidez de Emanuel. En el pan y el queso para armar los equipos, queda siempre entre los últimos, con los más chicos. Algunas veces, un gesto de amistad o la compasión fraternal de Mateo lo salva de aquel rito que lo sume en la vergüenza. 

Entonces: lee, aprende, memoriza todos y cada uno de los jugadores del Club Atlético Boca Juniors, los planteles íntegros de todos los clubes de primera, el cuatro que era el suplente del suplente, el tres de la Reserva, el ocho que había jugado sólo un par de partidos oficiales y está a préstamo en un club uruguayo. Su memoria se torna prodigiosa para suplir la torpeza de los pies. 

A decir verdad, los primeros meses de ese 1983, Camilo había jugado con la seis en la espalda y la banda roja cruzada al pecho. Se sentía Daniel Alberto Passarella, campeón del mundo, el defensor con más goles en el torneo italiano, el gran capitán que había salido de la ciudad de Chacabuco y había triunfado en River, en la selección argentina y ahora en la liga italiana. Camilo cruzaba fuerte, metía, buscaba sorprender con un puntinazo. 

Junto a Mateo, era uno de los pocos de River en aquel barrio xeneize; y las desventajas dolían. River estaba a un paso de la B. Penúltimo. Se habían salvado del descenso por el sistema de promedio y las cargadas se amontonaban ante cada nueva derrota.

La memoria lo hacía fuerte en los días de lluvia, en las tardes de frío hiriente del invierno, cuando las canchas se volvían miniaturas y los muñequitos de plástico que decoraban las tortas de cumpleaños, o las figuritas repetidas, con la cara de los jugadores, tomaban vida en las manos de aquellos niños. Camilo aportaba nombres y formaciones enteras para esas gestas deportivas; inventaba torneos, con fase de grupos, con eliminación directa, sobre el piso de cerámicos. 

El tío Agustín les había regalado a los dos hermanos la camiseta de River con la seis en la espalda. En uno de los dos o tres viajes anuales a la ciudad, el tío Pedro, el otro hermano de la madre, dobló la apuesta. Pedro vivía en Buenos Aires y cubría la ausencia con cariño y con obsequios: grandes y costosos, con envoltorios brillantes, que se hacían notar. 

Aquel día mágico, de vacaciones de invierno, de forma clandestina, el tío Pedro y Camilo salieron de la casa de la Nona, hicieron unos pocos metros, evitaron la vigilancia que podía hacer el tío Agustín desde su oficina en el Banco Nación de la esquina y entraron en la tienda de deportes. La camiseta de Boca, con la 9 del Tigre Gareca. Pero hubo más: el short y un par de botines Fulbencito. Así quedó sellada la identidad boquense de Camilo, grabada a fuego, un compromiso eterno que borraba ese oscuro pasado riverplatense de una vez por todas.

Reciclado, con esa camiseta azul y oro, se sentía más cerca de sus amigos, más integrado al barrio. Esa camiseta, el short, los botines, lo animaban a correr más, a pegarle más fuerte al arco, aunque la mayor parte de las veces la pelota se iba desviada, o bien arriba, y después perdía tiempo buscándola entre los pastizales, que estaban más allá del alambrado que delimitaba a un baldío de otro. (No deja de ser extraño que nadie, pero nadie, ni siquiera Mateo o sus padres recuerden, tres décadas más tarde, que en los primeros años de vida Camilo fue de River, que se vendió por esos botines de Pedro, que se abrazó a Boca con la fe de los conversos. ¡Qué extraño que no lo recuerde ni siquiera el propio Camilo, que tenía esa memoria tan prodigiosa!).

 

***

 

Cada recreo se transforma en una oportunidad para cruzarse con los otros chicos, para jugar, para mirarse, para hablar. En los recreos se forman largas filas para recibir un poco de jugo o de agua. Con el vasito, juegan una, otra vez, plegándolo y desplegándolo, sintiendo cómo los distintos aros de plástico se encajan entre sí. Al costado de la fila, está Elena. 

En el cumpleaños, Camilo quedó asombrado por esa casa de dos plantas, por el televisor en colores, por la Coca Cola que se servía en forma generosa. No es eso lo que lo seduce de Elena. Tampoco sus ojos verdes, su cabello castaño oscuro, ni su sonrisa amplia. Tal vez sí. Tal vez es el conjunto de todo eso, pero en realidad le atrae esa sumatoria junto a su modo de hablar, el desparpajo con el que brotan ciertos nombres, su ironía temprana.

Con el tío Julio como candidato en las elecciones del Partido Justicialista, Camilo no puede ocultar la filiación familiar. Ella, con su padre radical, tampoco. Ella está orgullosa de su candidato presidencial: moderno, contundente, de oratoria brillante, encendida, con ideas que se ofrecen novedosas. Él, en cambio, duda. Ítalo Argentino Luder, Herminio Iglesias, Lorenzo Miguel, Deolindo Bittel. Sus nombres parecen viejos.

Ninguno de los dos, en realidad, conoce demasiado a los candidatos, hablan “con las migas que caen de la mesa de los grandes” –como diría la Nona-. Camilo dice que su madre va a votar por la Democracia Cristiana, que quiere que gane Augusto Conte como diputado nacional en Capital, porque es un militante de los derechos humanos. Elena siente que es la dueña de la figurita de chapa que en ese 1983 parece quedarse con todas las demás, de la bolita de acero que gira reluciente y sabe golpear los sentimientos de la nueva época.