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  • miércoles, 28 de julio de 2021

Cuando fuimos el futuro

Por Manuel Barrientos

2.

 

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Cuando fuimos el futuro

Elba, la directora de la escuela, exigía ver las uñas, cada lunes, todos los lunes.

La maestra, Betty, ni bien llegaban al aula, les pedía a sus alumnos que pusieran las manos sobre los pupitres, con las palmas pegadas a la mesa, y revisaba cada una de las uñas. Si veía alguna suciedad, alguna tierrita o pelusa metida entre medio, sacaba su cepillo y frotaba con ganas, generando leves cosquillas. Trataba de evitar, así, los gritos de Elba, los retos, las prohibiciones de salir al patio durante el recreo. 

Pese a los esfuerzos, Betty no podía impedir el malhumor de la directora ante las zapatillas rotas; los bolsillos descosidos; el cabello largo en los varones (que debía dejar un espacio libre en la nuca que equivalía a dos dedos de una mano); el cabello en las mujeres recogido por medio de trenzas, hebillas o vinchas; las corridas en el patio; los murmullos durante los actos; las llegadas tarde; los retiros previos; las filas levemente desordenadas. 

Elba era implacable ante cada acto de indisciplina.

 

***

 

- ¿Cuál es el dibujo animado que más te gusta?

- Ay, ¡todos me gustan!

- ¿Boca o River?

- Por supuesto que me va a gustar Boca.

- ¿Por qué?

- Porque mis amigos del barrio son de Boca.

- ¿El guardapolvo de la escuela o el uniforme del jardín?

- El del jardín, porque el de la escuela es tan aburrido.

- ¿El buzo o el pulóver de lana?

- Buzo, me gusta todo lo más abrigado.

- ¿La milanesa de carne o de pollo?

- ¡Carne, carne, carne! –responde Camilo, reproduciendo el aliento de una hinchada de fútbol.

- ¿La naranja o la mandarina?

- La naranja. Es mi fruta favorita. ¿A quién no le va a gustar?

- ¿Cuál es tu helado favorito?

- Dulce de leche granizado y, pará, ¿cómo era? Dulce de leche granizado y frutilla.

- ¿Te gusta más pintar con lápices o con crayones?

- Con ninguna de las dos cosas. Yo pinto con fibra. Pero si es en la escuela, claramente tengo que pintar con lápices.

- ¿Por qué?

- Porque la directora sólo deja que usemos lápices.

- ¿Cómo sería tu pizza favorita?

- Primero salsa de tomate, después queso, después jamón cocido, después mayonesa, después jamón crudo, después Savora, después queso otra vez, después dulce de leche.

- ¿Le ponés dulce de leche a la pizza? ¡Estás del tomate, pibito!

 

La carcajada de Camilo contagia a Violeta y no paran de reírse. Están en el sillón de la casa, solos, el televisor arroja unas imágenes en blanco y negro. El padre acompañó a Mateo a ver un partido de básquet entre la selección de Chacabuco y la de Junín. Camilo tenía unas líneas de fiebre a la tarde y dice que le duele la garganta y la panza. Se acuesta sobre el regazo de la mamá, que le acaricia el pelo y le pone en la frente unos cubitos de hielo envueltos en un pañuelo. 

 

- ¿Qué es lo que más te gusta de tener un hermano?

- Que me lleva a jugar al fútbol en la calle con sus amigos, que damos vueltas juntos en bici, que me lee algunos libros a la noche, que me cuenta historias de los nenes más grandes, que me ayuda a hacer algunos deberes de la escuela, que me presta sus fibras, que me enseña canciones.

- ¿Y de tu papá qué te gusta?

- Cuando me hace asados. Cuando me lleva a la escuela. Cuando vamos en auto a Buenos Aires. Cuando me inventa cuentos.

- ¿Y de tu mamá?

- Sabés lo que me gusta: que me hagas estas preguntas, que me hagas mimos, que me compres salame, que me hagas reír.

 

***

 

Esa mañana, Camilo vio cómo su papá se cortaba una mejilla con la gillette mientras se afeitaba: el rojo que teñía la espuma blanca, el algodón que trataba de contener la hemorragia, la puteada por lo bajo. 

En el viaje a la escuela, Roberto casi chocó el auto mientras cruzaba la avenida Lamadrid. Su atención estaba en lo que iba a suceder en el acto de las siete de la tarde y no había nada que pasara en ese tiempo de espera que pudiera mantener su concentración. Dejó a sus hijos en la escuela y les pidió que se bañaran temprano, esa noche tenían que ir a la unidad básica del centro, la que estaba frente a la plaza del correo, porque se anunciaban las candidaturas para las elecciones municipales de ese 1983.

Ahora los cuatro están en el Dodge 1500, amarillo pálido, todos recién bañados, casi sin dirigirse la palabra en ese kilómetro que los distancia de la Casa Justicialista. Dejan el auto estacionado a dos cuadras, porque las calles próximas están repletas de coches y de gente. Los acerca el eco cada vez más fuerte de los bombos y el olorcito a choripán. Pancartas, afiches, banderas se despliegan sobre la vereda y la calle. Todos están exultantes, cantan la marcha, sos el primer trabajador; y para el pueblo lo que es del pueblo, porque el pueblo se lo ganó; se va a acabar, se va a acabar la dictadura militar; la fórmula de la unidad para la revolución en paz. 

- Vengan, les quiero presentar a un amigo –dice Roberto a sus hijos.

- A un compañero, a un compañero –responde ese hombre alto, pelado y de barba frondosa, con estampa de prócer, que parece ser la atracción de la noche.

El padre lo abraza y ese abrazo se demora largos segundos. 

- ¡Ocho años, Cholo querido! ¡Cómo te extrañé! –le dice, cuando los cuerpos toman distancia.

- Ocho años, pero acá estoy, con las mismas ganas de seguir rompiendo las pelotas, amigazo –responde.

-Compañerazo –retruca Roberto y se vuelven a abrazar. No hay más palabras entre ellos, se miran mutuamente, intentando reconocerse en cada gesto. 

 

La candidatura a intendente está cerrada. Atilio Gómez Mouján, el viejo alto y de bigotes que está en el escenario, impone el peso de su trayectoria, fue intendente entre 1973 y 1975 y expresa la unidad del peronismo. Julio, el tío de Camilo, representa la renovación y a los sectores de izquierda, y va de candidato a la senaduría provincial.

Camilo se siente orgulloso por su tío. Mira a los otros chicos que corren en el patio, rompe la timidez y se une a ellos en el juego del Martín Pescador. El acto termina y los pocos que quedan apilan las sillas y luego empuñan los choripanes sobrantes. El tío Julio está contento, no solo por la candidatura, sino porque el próximo año vuelven su esposa Lucila y su hijo, el Vasco, a Chacabuco.

- Por fin vamos a volver a estar juntos, después de varios años yendo y viniendo entre el Sur y Chacabuco -comenta Julio a un grupo de militantes que lo rodea. Y agrega, mirando a Camilo: -Seguro que van a ir juntos a la escuela, ya hablé con un par de maestras, porque con Elba de directora todo se vuelve más difícil. 

Antes de irse, el Cholo se acerca y le regala un libro a Camilo. La tapa es azul con un marco naranja y blanco que encuadra a un hombre calvo y barbado, similar al Cholo, pero varios años más grande, que sostiene en su mano a un títere de capa, pelo largo y sombrero.

-¿Por qué el Cholo no es candidato? -le pregunta Camilo a su papá, desde el asiento de atrás del auto, de regreso a casa, mientras acaricia su nuevo libro. 

-No, el Cholo no quiere ser candidato. Ahora no es su momento.