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  • viernes, 03 de diciembre de 2021

Cuando fuimos el fut00uro

Por Manuel Barrientos

 

Cuando fuimos el fut00uro

¿Por qué hay que comer lechuga, repollo, calabaza, arroz con leche, pescado, rabanitos, sandía, melón, achicoria, apio, coliflor, sopa? Son cosas asquerosas, que dan ganas de vomitar. Los zapallitos rellenos son la peor creación del universo, la más inmunda. Camilo está decidido: le va a escribir una carta al mismísimo Presidente de la Nación; le va a pedir que frene con esas atrocidades que suceden en las cocinas de toda la Argentina. Se juramenta que de acá en más sólo va a comer lo que le gusta.

Comienza a escribir una lista. Milanesas; papas fritas; puré de papas; carne al horno; asado; huevo frito; chorizos; batatas; torta selva negra; pollo; churrasquito; tostado de jamón y queso; choclos; tortilla de papas; omelette de jamón y queso; helado; ñoquis; fideos con manteca; polenta con mucho queso; flan con dulce de leche; tarta de jamón y queso; pizza; empanadas de carne; empanadas de jamón y queso. ¿Acelga? Desde ya que no. Aunque espinaca sí, porque es la comida de Popeye y te hace fuerte y podés pelear contra los malos. Sólo eso va a comer Camilo durante el resto de su vida. 

 

***

 

El Vasco invitó a Camilo a dormir a su casa, a jugar, a cenar, a estar juntos un día entero. Después de la escuela, el tío Julio los pasó a buscar y fueron caminando por la calle Primera Junta hasta Olavarría, eran cuatro cuadras que los distanciaban. La casa tenía un garaje al frente; un jardín pequeño y florido; un living en desnivel; una biblioteca llena de libros que parecían caerse de las estanterías; un teléfono; un televisor a colores; no había Coca Cola en la heladera. 

Ahora: el Nesquik tibio, la mesa con venecitas azules, celestes y blancas, el paquete de galletitas surtidas. ¿Quieren jugo de naranja exprimido?, ofrece la tía Lucila. Camilo espera la respuesta de su primo y entonces dice lo mismo, que no, que gracias, aunque diría que sí, que quiere, que se muere de ganas de tomarse un jugo de naranjas recién exprimido, pero le da vergüenza. La tía, que todo lo advierte, se va un rato a la cocina y vuelve con el vaso de jugo; y Camilo lo bebe y se siente feliz, se siente fortalecido como Popeye luego de comer una lata de espinacas, y quiere salir a correr, a saltar, a jugar, y el Vasco le dice que vamos, y caminan a la vereda y se juntan con los chicos de ese barrio, que no es el de Camilo, este es un barrio de todas calles asfaltadas, un barrio del centro, y los chicos proponen jugar a la manzanova, y Camilo dice que sí, entusiasmado, aunque en realidad no tiene ni la menor idea de qué se trata ese juego, pero se deja llevar, dispuesto a aprender las reglas sobre la marcha. 

Se dividen en parejas y hacen el sorteo: a los primos les toca buscar y no esconderse. El Vasco parece haber legado de su madre esa capacidad de leer la mente ajena, y  le explica a su primo que la manzanova consiste en una escondida pero alrededor de toda la manzana, una escondida esparcida en cuatro cuadras, una escondida con un circuito rectangular, y los buscadores –en este caso, ellos dos- deben contar en voz alta hasta cien, mientras el resto se esconde debajo de los bancos, atrás o arriba de algún árbol, en un zaguán, en un pasillo, atrás de un poste de electricidad, y los buscadores avanzan en una sola dirección, sin poder retroceder, y si alguno de los escondidos no es descubierto, gana.

Caminan juntos con sigilo, alertas, con los ojos bien abiertos, los oídos al acecho de cualquier ruido; y ahí está Uriel detrás del kiosco de diarios; y Esteban en un zaguán; y Tomasito en la copa de un árbol; y Bernardo adentro de la heladería Venezia. Atraviesan la mitad de la tercera cuadra. ¿Sólo nos quedan dos? Sí, Patricio y Julián, se comentan. Aceleran el paso, no ven posibles refugios. Descubren a Patricio detrás de un cartel de la concesionaria de autos, y doblan agitados y sólo queda la recta final. Media cuadra y un solo competidor sin esconder. Escuchan que una puerta se mueve en el estudio de arquitectura de Carlitos Bettoli. Seguro que Julián está ahí; se sienten vencedores; corren a encontrarlo. A sus espaldas, la risa y el grito eufórico de Julián, con el pantalón todo engrasado, que explica que estaba tirado debajo del Ford Taunus del doctor Banegas, que tuvo miedo de que el coche arrancara y lo pisara, o de que arrancara y lo dejara al descubierto. Todos se ríen nerviosos por la audacia. Por primera vez, piensa Camilo que tal vez es mejor haber perdido, porque está seguro de que es más divertido tener que salir otra vez a buscar que estar escondido. Todos quieren iniciar un nuevo juego, pero las madres comienzan a llamarlos, porque se tienen que bañar, porque se está haciendo de noche, porque hay que cenar. 

El tío Julio los espera con una jarra de agua bien fría en el patio, mientras tantea con sus manos el calor sobre la tira de asado y el vacío y acomoda los chorizos y las morcillas en la parrilla y ofrece unas rodajas de chorizo seco que le regaló un chacarero al que le hizo un remate. Beben el agua a borbotones, se agitan, a Camilo le agarra hipo, ¿por qué sólo a él le agarra hipo? Se muere de vergüenza ante ese espasmo repetido que no logra controlar. Estás creciendo, le grita la tía desde la cocina. 

Los tres hombres se sientan en el banco que está frente a la parrilla, detrás de la mesa. Julio le pregunta a Camilo si le gusta leer; y él se sonroja y piensa en lo que hizo hace un par de meses, cuando dibujó todo el libro del Vasco, porque el primo había llevado La vuelta al mundo en ochenta días a la escuela y él se murió de celos, porque creía que tenía la exclusividad de leer libros de grande y decidió estropearlo todo con dibujos de pitos y tetas y culos; y el tío le dice que el Vasco lee mucho, que le gusta Emilio Salgari; y entonces Camilo le responde que sí, que le gusta leer, que sus preferidos son Mark Twain y Julio Verne. 

Lucila llega con la ensaladera. ¿Comemos acá en el patio, está lindo, no? Disfrutan del asado, y los tíos cuentan de los chocolates ricos que comían en el sur, y de los waffles y de la nieve. Terminan la ensalada de frutas con crema chantilly y se van a la pieza y el Vasco le muestra a su primo los juguetes y todos sus libros, y Camilo no puede creer que nunca hayan hablado antes de eso y prometen prestarse sus ejemplares, y el Vasco le muestra Los hijos del capitán Grant, y Camilo le dice que no lo tiene, y el Vasco le dice que se lo lleve, que se lo guarde en su bolso. 

Apagan la luz. Camilo no se puede dormir; da vueltas en la cama; algo lo atormenta. Le pregunta al Vasco en voz muy baja si está despierto. El primo responde que sí. Camilo le dice que le quiere decir una cosa.

-¿Qué?

El silencio se extiende.

El Vasco dice que lo escucha, que le diga lo que le quiera decir.

Camilo dice que le quiere pedir perdón por lo del año pasado.

-¿Qué cosa del año pasado?

-Lo del libro, el libro tuyo.

-¿Cuál?

-El que te dibujé con cosas feas, en la escuela. ¿Me perdonás?

-Ah, no me acordaba. Así que claro que te perdono.

Camilo ahora piensa que el Vasco no es solo un primo; el Vasco está primero primero en la lista general de mejores amigos.