• 17:42
  • viernes, 07 de agosto de 2020

Como hace 26 años

Hacía dos años que habían matado a mi viejo. Su falta de presencia física ya era algo a lo que
nos habíamos empezado a acostumbrar. Obvio, que su recuerdo sigue vivo hasta el día de hoy,
pero ya no esperábamos sentados mirando un plato vacio. Las prioridades habían dado un giro
de 180 grados, y a los pocos días de su muerte había empezado a trabajar en una empresa de
comidas rápidas. Nos habíamos mudado a Floresta, y llegar hasta micro centro a trabajar,
algunos días se volvía algo caótico. Había terminado la secundaria y había comenzado la
facultad. Llegar a microcentro, como dije, era toda una odisea. Generalmente para ganar
tiempo combinaba un tramo en colectivo y el último tramo más pesado por el transito en
subte. Tenía la parada del 99 a una cuadra de casa y era el inicio de la travesía. Recuerdo que
entraba a las 11 am, con lo cual debía salir bastante antes de casa para llegar en horario.
Mínimamente llegar me llevaba 1 hora y media o tal vez un poco menos. Y si a esto le
sumamos mi Toc de la puntualidad y de que me gusta llegar antes del horario establecido;
estar en el trabajo era cuestión de calcular 2 horas antes del horario de entrada.
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Como hace 26 años

Aquel lunes del 94 iba a ser distinto, ojo, sin presentirlo ni tener un sentido extraordinario. El
odio humano era el que se iba a encargar de marcarlo para siempre.
9 y algo calculo estaría subiéndome al colectivo. Ya arriba y en viaje era cuestión de tener
paciencia y bajar para tomar el subte. Vivíamos sin celulares, sin inmediatez. Cosas como tener
las noticias importantes en la mano no era lo que es hoy. Lo solucionábamos con pararnos al
frente de las casas de electrodomésticos a mirar la televisión en esos muros armados de
televisores (eso aun no ha cambiado), chusmear algo al pasar. Justo había una casa de
electrodomésticos entre donde me bajaba del colectivo y la parada del subte. Ese día era
llamativa la cantidad de gente parada mirando por la vidriera. Raro, porque eso solía pasar en
épocas de mundiales de futbol, mirar algún clásico aunque sea cinco minutos. Se sumaba más
gente y gente y realmente no entendía. Venía bien con el horario para llegar a mi trabajo. El
viaje en el 99 había estado tranquilo, con lo cual fui uno más que se amontono en esa vidriera.
Me fui acercando de a poco y a su vez sorprendiéndome con lo que podía ir viendo entre las
personas de lo que se mostraba por la televisión.
Humo, gente corriendo, policías, bomberos, médicos. No entendía. Donde había sido. Esas
imágenes rebotaron en mi cabeza y me llevaron automáticamente dos años atrás al Atentado
de la Embajada de Israel, donde habían matado a mi viejo. Me sentí indefenso, porque no
podía creer que estaba pasando de nuevo. No podía ver donde había sido, hasta que alguno de
todos los que estábamos ahí dijo, “fue la AMIA, pusieron una bomba”. No falto más
información. Ese dato para mí fue suficiente. Como conté, no existían o solo poca gente tenía
celular en ese momento. Busque un teléfono público, esos naranjas que hoy vemos en las
películas de Volver y llame a mi casa. Llamó y atendió mi vieja.
-Escuchaste lo que pasó?
-Si si, una locura.
- Estas bien?
- Si, quedate tranquilo.

Y con ese corto dialogo deje tranquilo a mi inconsciente, diciéndole que mi vieja estaba bien y
que no le pasaba nada. Que no iba a recordar todo lo que habíamos vivido dos años antes. Me
convenció de que todo estaba bien y seguí mi camino al trabajo.
9:53 explotaba la segunda bomba de un atentado terrorista en la Argentina. Habían volado a la
AMIA. Habían asesinado a 85 personas y herido a miles más.
Como todos los años su recuerdo se conmemora llevando adelante una campaña de
comunicación para no olvidar la barbarie. Este año, acorde a los tiempos que vivimos el slogan
es “No hay distancia para la memoria”.
Y es verdad. Porque la memoria, ese mecanismo de reiterar y traernos al presente esos
momentos vividos no mide el tiempo. No le importan ni los días ni los años. Se esconde por
momentos para salir a nuestro reciente vivir cuando menos la esperamos. Memoria también
es recordar aquello que vivimos, nos haya tocado de cerca o no, pero nos afecta como
sociedad en nuestra memoria colectiva. Aquel 18 de Julio, nos hizo más insignificantes como
humanos. La barbarie y el odio reemplazaron la razón y nos marcaron.
La memoria nos ayuda para contarle a aquellas generaciones que no lo vivieron lo que nos
toco sentir; a enseñar con nuestra propia historia nuestros sentimientos. A no callarnos a la
hora de pedir explicaciones a los que correspondan y a nunca dejar de pedir justicia por los
acallados. Esa tiene que ser nuestra lucha.
Siento lo que esas 85 familias vivieron. Me desgarro por su dolor y la falta de su ser querido.
Los acompaño, NO a la distancia, sino en cada rincón de mi corazón. Recordar no es malo.
Tener memoria tampoco.

 

Maximiliano Lancieri