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  • miércoles, 28 de julio de 2021

ARTISTAS LOCALES / MALENA PIRE

Cita con una orfebre

Por Martina Dentella 

 

La primera vez que Malena Pire vendió un cuadro estuvo una semana desanimada. Miraba los billetes y pensaba: ¿qué hago con estos papelitos?. Quería su pintura de vuelta. Había estudiado arquitectura, pensando siempre en tener una herramienta, un tiempo de aprendizaje. Cuando estaba terminando la carrera, se acercó al taller de María Orsini con algunos dibujos. “Tu mundo ya está acá, no tengo nada para enseñarte”, le dijo. Le explicó cómo armar los bastidores y la mandó a pintar.  

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Cita con una orfebre

Algún tiempo después, le aconsejó acercarse al maestro Noé. “Entré a lo de Yuyo Noé sin saber quién era. Cuando estaba en el taller me fui dando cuenta, y fue un mazazo en la cabeza. Yo venía de arquitectura, donde todo tiene que ser explicado, entonces fue romper con eso y descubrir un mundo alucinante”, cuenta. 

Su proceso fue mutando. Y desde ese momento cambió ella, su obra y los elementos con los que trabajaba. “La obra se fue haciendo cada vez más grande, necesitaba que me ayudaran para el traslado, era algo muy engorroso, porque después de todos los cuadros objetos que yo generaba, vino el plástico y entonces empecé a trabajar con soplete y con pistola de calor y derretir plástico”. Quiso simplificar ese mundo. Despojarse. 

 El dibujo es la columna vertebral, dice. Lo que la sostiene. Investigó de qué manera volver a ese mundo, y lo hizo a través del taller de Mónica Weiss. Un nuevo cambio de rumbo. “La cabeza del ilustrador es muy diferente a la del artista plástico, más suelto con respecto a la obra, porque para el artista la obra es sagrada, no se toca, que hay que hacerle un templo. El ilustrador no, se vale de la imagen y hace lo que quiere, para contar algo se vale de cualquier cosa”, dice. 

También ahí encontró algunas limitaciones. En la Argentina no hay muchas editoriales que publiquen, pero la idea de volver a lo plástico significaba un nuevo embarque, una nueva búsqueda. El artista Miguel Ronsino daba talleres en Chacabuco y Malena se sumó. 

“Miguel me propone hacer joyería como obra, yo venía de una obra enorme, con elementos que medían dos metros por dos metros, entonces a la segunda clase llegué con una cajita mínima, como de bombones, con ocho piezas, y me alucinó lo que se podía hacer en un anillito, en un espacio mínimo”.

La pregunta se repetía: dónde estás parada, qué tipo de artista sos, qué querés ser, qué querés hacer. Una nueva búsqueda comenzó en ese momento. Un nuevo salto al vacío. La joyería contemporánea, de autor, la encandiló. “Reconocí cada parte de todo mi proceso, por momentos aparecía la arquitecta, la ilustradora, la artista”. Tenía que aprender la técnica, y la cuna de la platería quedaba a cien kilómetros: San Antonio de Areco. Ahí se encontró con Maximiliano Rodríguez que, dice, le enseñó el amor al oficio. Desde ese momento se dedica exclusivamente a la joyería contemporánea. 

En su propio taller suena música de fondo, hay materiales dispersos, plantas. Un mate. Ahí pasa gran parte de su vida, transitando el tiempo de su obra. “Cada pieza tiene un proceso muy largo, cuando me encargan algo siempre pido que vengan, al menos, veinte días antes”. El primer contacto con la persona es fundacional. La idea de esa charla queda reposando algunos días. Tres o cuatro días. Normalmente son amigos que buscan un regalo especial, familia, parejas. “Trato de conectarme con lo que me cuentan y de comprender la mirada que tienen sobre esa persona, cómo la ven”, cuenta. 

Después llega la escritura: una asociación, una película, un libro, una frase. “Empezás a tirar de esa idea, a trabajarla, a desmenuzarla y ya ahí perdés lo que te contaron y empiezo a pensar la forma”. Dibuja miles de bocetos hasta que uno gana terreno, luego vuelve a esperar, debe pasar el filtro de la mirada fresca. 

El boceto ya está listo. Pero el metal, con sus tiempos, a veces hace que las cosas cambien. Interviene el fuego, el frío, y en ese ir y venir, empieza un latido. El metal se dilata, se contrae, cede. Cobra vida. 

Cuando llega el momento de la entrega, disfruta que salga de su taller, que lo lleven, que lo tengan puesto. “Me encanta ver las fotos y me las voy guardando”, asegura. Y aunque cree que las condiciones materiales de las y los artistas son limitantes, insiste en que “no te queda otra, sabés qué es lo que tenés que hacer, creo que todo artista sabe y es feliz. Porque tenés muy claro por dónde pasa tu felicidad”.