16:11 h. Martes, 16 de julio de 2019

Caída libre 

RETROVISOR  Caída libre  (*)Por Martina Dentella  Por Martina Dentella  |  05 de julio de 2019 (13:49 h.)
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Levantaban con su fuerza la prosperidad. A media mañana, algunas mujeres envueltas en batones se acercaban a presenciarlo desde abajo y conversaban. Los niños se escurrían entre las monturas y daban saltos entre las vigas. La construcción de doscientos cincuenta metros de altura, materializada por la empresa Teletorre, empezaba a tomar forma.

Chacabuco tenía en 1968 cuatro canales de aire. Podían acceder a los cuatro solo los vecinos del centro, siempre y cuando el clima acompañara. La ciudad, trazada sobre una depresión, necesitaba de la construcción de una antena lo suficientemente alta para atraer la señal que llegaba desde la Capital, se trataba de algo así como dos manzanas y media o nueves árboles tilia de altura. Así, en la zona de quintas se anticipaba un antes y un después para la vida cotidiana de un pueblo en el que las cosas rara vez pasaban. 

González, apenas un año mayor, lo fue a buscar a su casa a sabiendas de que él quería trabajar. José “Tucho” Altieri con sus recién estrenados diecisiete años le contestó que sí, rápido y despabilado. 

Durante la primera etapa del trabajo anduvieron por arriba de los techos. Trabajaban con un fierro con cemento al que le pasaban el cableado a los que contrataban el servicio. La ciudad todavía era chica, accesible y de ellos. Era un cuadrado casi perfecto donde se conocían todos. 

La primera vez que José Altieri subió los doscientos cincuenta metros sintió un sacudón. La torre oscilaba cerca de treinta centímetros. Trato de bajar rápido, y cuando lo hizo buscó al Ingeniero para preguntarle si era normal que se moviera tanto. 

-Se tiene que mover, los departamentos también se mueven, si son rígidos se caen- le contestó. Con una mirada de punto final el tipo se lo sacó de encima rápido. 

“Ñato” Torres era unos meses menor. Con Tucho se habían hecho amigos, comían juntos y de vez en cuando subían solo para contemplar la ciudad panorámica. Veían la ruta siete, la delimitación de los campos o las casas de las chicas que visitaban la Plaza San Martín a la hora de la vuelta al perro. Hablaban rodeados de un silencio sórdido, rodeados por un vértigo que habilitaba a decirse esas cosas que con los pies en la tierra no se pueden pronunciar. 

Sin ningún tipo de seguridad, el trabajo consistía en cargar un cable coaxil atado a la cintura, ir subiendo y tirando para conectar arriba, mientras otro grupo de obreros sostenían el carretel que se apoyaba al ras del suelo. Se turnaban para subir. Un día iban tres o cuatro, y al siguiente el resto, porque la subida llevaba alrededor de una hora por escalera. 

Para bajar, la cosa era distinta. Corrían carreras usando los travesaños como un tobogán, así descendían en cinco minutos. 

La noche anterior había cerrado con una gran despedida por la finalización de la obra. Fue al día siguiente, dieciocho de enero de 1968, cuando una góndola de quinientos kilos cayó arriba de una rienda y la cortó. Así, empezó a separar en círculos la torre, que comenzó a descender en forma de espiral o caracol. 

La prosperidad desvanecía. Los ocho jóvenes que trabajaban en altura y sin seguridad tuvieron tiempo de saberse muertos. Tucho y Suárez, que venía unos metros arriba, llegaron a decirse algunas palabras. Suárez le gritó:

-Loco, ¡antes de morir entre los fierros soltate! 

Después se tiró al vacío. 

Tucho apretó los dientes, y se agarró con más fuerza de la viga mientras veía a su compañero caer. Su tramo de la torre se desprendió, comenzó a dar vueltas en el aire y golpeó contra algunos fierros. Sintió su propia muerte en caída libre mientras veía intermitentemente el cielo y la tierra, hasta que clavó en el suelo que amortiguó y lo salvó. 

Los obreros cayeron en una quinta llena de cardales. A los pocos minutos la gente se empezó a amontonar a los pies del monstruo que acababa de caer. 

-No te preocupes que no tengo nada.

Era su mamá que había llegado enseguida. Estaba sentado en la banquina después de que lo ayudaran a salir. Le había dicho a su madre que no se preocupara pero la cabeza no paraba de sangrar. 

La ciudad se revolucionó. Los vecinos llegaban en bicicleta, en auto o en camión. Por un par de horas, nadie notó la ausencia del ingeniero, que se fue dejando un arsenal de fierros y siete trabajadores muertos. 

Tucho estuvo encerrado un mes en el Hospital. Nadie se animaba a hablarle y menos a decirle que había sido el único en salvarse.

El médico le dijo “Tenés que hacer vida normal, salí, divertirte”. Intentó hacerle caso, pero en la calle tenía más fama que Maradona. La angustia se iba solo cuando veía a sus viejos. 

Dejó de salir. Empezó a desvelarse con la sensación de caída libre. 

El neurólogo le hizo un millón de preguntas y lo tuvo un día en observación.

-Este pibe no tiene nada, lo único que tiene es sugestión y para eso no hay remedio. Es su voluntad. 

-Siento que me estoy volviendo loco- le contestó.

Parecía un loco. Llegaba a los lugares y al ratito salía corriendo. Después veía a los viejos y se le pasaba. Necesitaba que el pueblo olvide para no recordar en cada gesto ajeno su propia tragedia. Cuando iba a bailar a Racing, entraba al club y todos se ponían a cuchichear y lo miraban. Era tan conocida su historia que en ese momento nació un bebé en el Hospital y le pusieron su nombre. José. 

(Este es un texto ficcionado para el taller de narración que dicta la periodista y escritora Sandra Russo. La verdadera historia fue contada por el vecino José “Tucho” Altieri durante una entrevista publicada en enero de 2019 en las páginas de este diario.)