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  • viernes, 10 de julio de 2020

¡Hasta siempre, señorita Mirta Ciminelli!

¡Hasta siempre, señorita Mirta Ciminelli!

Mis primeros recuerdos de la Escuela Primaria Parroquial tienen que ver con su tamaño. La mayoría de las construcciones de las escuelas son enormes, desproporcionadas, no fueron pensadas tomando en cuenta la pequeñez de la infancia. Enfrentar esa pesada e inmensa puerta de madera que se abría al patio con una fila interminable de  columnas, el mástil  gigante en el medio, con la bandera flameando, altísima, casi me mareaba. De chico era tímido, eso cambió mucho después, pero en ese entonces era sólo un pequeño que escalaba la interminable escalera para llegar a la planta alta de la escuela, donde me esperaba el salón de 3 A.

Era uno de los salones más iluminados de la escuela, por su ubicación estratégica (le daba el sol de la tarde de lleno) y por sus ventanas llenas de vidrios. Aunque dudo que los recuerdos de mis ocho años, con la vaguedad que implica que hayan pasado más de treinta, reflejen con precisión lo que yo sentía y veía cada vez que entraba a esa aula. Seguramente la recuerdo tan llena de luz y con tanta calidez, porque quien nos esperaba ahí adentro, con montones de propuestas para aprender, era la señorita Mirta. Ahí adentro cualquier temor o timidez, se pasaba.

Como cachorros que siguen con sus cabecitas el movimiento de un ovillo, todos mirábamos tus ojos hermosos y escuchábamos las explicaciones que dabas con una voz gruesa e infinitamente dulce, acompañada de los movimientos precisos de tu mano en el pizarrón, de los que brotaba una hermosa caligrafía de tiza que alguna vez sin demasiado éxito intenté imitar, pero claramente mi prematura motricidad apenas era suficiente sólo para admirar esos trazos inalcanzables. 

Cada tanto nos llevábamos una huella tuya en el cachete, porque te encantaba darnos suaves pellizcos en las mejillas y le seguía un beso con los labios siempre pintados. Nunca nos lo sacábamos, nos gustaba llevarlo a casa “porque generalmente si la seño Mirta te dejaba el labial pintado, era porque te había felicitado por algo que habías logrado”, y uno quería pasear frente a todos ese beso como un trofeo victorioso, para que en nuestro hogar los adultos nos lo celebraran.

Hasta cuando nos retabas por alguna travesura, tu regaño iba cargado de cariño. Y luego de habernos explicado la inconveniencia de algún comportamiento, tus ojos de sol con brillo en las pestañas no podían disimular la ternura que empujaba enseguida una sonrisa conciliadora.

Recuerdo también una salida educativa, una lata con “bichitos” y lombrices, un germinador con un poroto rechoncho que reventó contra el papel secante, afirmado por la arena que metimos dentro de un frasco de vidrio vacío de mermelada. ¡La emoción cuando vi el primer brote! Corrí a mostrártelo y vos, como siempre, sonreías y revolviste mi cabellera festejando mi alegría. 

En infinidad de veces te sorprendimos con nuestras ocurrencias, te ponías china de tanto reír, y como no había nada más contagioso que tu risa, terminábamos en una carcajada colectiva que adelantaba el reloj en esas cuatro horas que pasábamos juntos.

Y como el tiempo corre rápido, cuando quisimos acordar egresamos, y ya no te vimos más en la escuela. Pero sí mucho tiempo después, te recuerdo en la puerta de tu casa, porque te gustaba sentarte fuera, y solías también meterte con tu mamá en el auto, estacionado frente al garage para charlar de lo lindo hasta que fuera hora de irse adentro. Seguiste queriéndonos siempre, preocupada de “que nos fuera bien en la secundaria y en la facultad”. Los hijos de tus alumnos heredaron ese cariño, porque nunca se te agotaron las ganas de dar amor, regalar alfajores o tener siempre gestos de ternura para aquellos que te siguieron tratando pasada la etapa escolar.

Treinta y siete años le diste a la docencia, centenares de chicos construyeron experiencias con tu guía. Será entre otras cosas que hoy, a lo mejor por la nostalgia de querer volver a esos alegres años, termino volviendo a la Escuela Primaria, ahora como maestro (¡qué pena que como alumno no puedo, no se puede regresar a la niñez, ni a un banco en ese 3° A!). Algo habrás tenido que ver vos en la elección de mi profesión, a la que vos le diste gran parte de tu vida. Seguro influiste, hoy vivís en cada uno de nosotros, en la huella marcada, en cada aprendizaje que selló un nuevo conocimiento y nos enseñó a caminar esta senda terrenal de la que hoy te tocó partir. ¡Hasta siempre, querida señorita Mirta!

 

Alumnos de la PROMOCIÓN 93 Escuela de Educación Católica