05:57 h. Sábado, 21 de septiembre de 2019

La violencia de no poder poner un plato de comida en la mesa

 

 

(*) Por Josefina Poy  / OJALÁ  |  22 de agosto de 2019 (16:12 h.)
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El año 2019 me encuentra con veinticuatro años, una carrera casi terminada, una vida de la que no puedo (o quiero) quejarme.

Un día del verano que pasó, mientras siervían el asado reclamo el hilo de los chorizos que me gusta chupar. Y aunque este relato pareciera que se desvía hacia lo erótico, en un chiste fácil y banal de realizar, lamento desilusionarlxs.

Mis amigues se ríen de la ocurrencia y complemento la conversación con una serie de anécdotas de lo que llamo "mi época pobre". 

Cuando viví en Villegas, probé por primera vez el peludo, cenaba más de una vez un café con leche y pan.

Es todo risas. Tenemos la panza llena, vino en las copas, un paisaje y hermosa compañía.

Esta semana miré la serie de Carlos Tévez, las escenas de la vida cotidiana en el Fuerte Apache me remontaban constantemente a las historias de lxs pibxs que iban a las clases de apoyo escolar en la Villa 31. 

Lejos estuvo mi experiencia de las otras que mencioné pero me atrevo a pensar sobre la violencia que significa no poder tener para comer. Así como también en el resultado de las PASO. ¿A dónde va este menjunje, Josefina? 

Cuando las crisis económicas golpean un país muchos sectores se ven afectados, pero la realidad es una: las mujeres seguimos siendo las que ocupan las cocinas. 

Con doble y triple carga laboral es moneda corriente que las que prenden la hornalla, si hay gas o garrafa, somos mujeres. Y las que tiran algo adentro de la olla, si es que hay qué tirar, también somos nosotras. 

Las que usan el ingenio y la creatividad para disfrazar al hambre. 

Las que tienen la porción más chica "porque no tengo hambre" para que lxs pibxs puedan dormir a la noche o ir a la escuela en la mañana.

La primer nena que me abrazó mientras armábamos la leche en la 31 me contó toda su vida en dos minutos. 

A mí se me estrujaba el alma. Nunca de lástima, siempre de impotencia. Lo cotidiano de escuchar tiros, la violencia del padre a su mamá, los hermanitos "que perdió". 

Los comedores estos últimos cuatro años se multiplicaron. Vociferaban con orgullo que ahora se daba el desayuno en todos los colegios. Red Solidaria organiza cenas enormes y abren los clubes porque la gente muere de frío. También de hambre.

Con el tinte humorístico cuento cuando comimos peludo, pienso en mi vieja sirviendo el cafe con leche mientras agarrabamos TVR en el único canal de aire que teníamos.

Me pongo en el cuerpo de ella, los esfuerzos. 

En el cuerpo de todas las madres que llega la hora de comer y con el hambre la angustia. 

Mientras meto la boleta en el sobre, sin ninguna culpa, pienso "ojalá, hijos de puta". 

Ojalá se vayan los que hambrean los hogares.

Ojalá se vayan los que nos ven como $11 en un presupuesto. 

Ojalá se vayan los que no se inmutan cuando nos matan. 

Ojalá nos toque un tiempo mejor. 

Ojalá el hambre sea anécdota y no condena.

Porque la comida es un derecho. Y vivir también.

(*) Estudiante de Sociología (UBA), docente, feminista hasta la médula.