Las viejas: revolución al sur

cuatropalabras.com.ar  |  21 de febrero de 2020 (17:32 h.)

Opinión 

(*)Por Claudia Exner 

Cuando comenzamos el siglo XXI hacía rato que no nos cocíamos en un hervor.  Pasados veinte años desde entonces, como las viejas legumbres que no ceden a la fuerza de infinitos hervores porque se hicieron leño, nos plantamos en la rúa que se nos canta para ejercer nuestros derechos de mujeres activas, deseantes, propositivas, creativas y… con experiencia. Si nos bancamos la pulseada con los patriarcales ministros de nuestras familias y de las instituciones por las que circulamos, somos prácticas y claro está, somos independientes. La independencia es condición necesaria para ser prácticas, para no enroscarnos, enredarnos, inmovilizarnos o confundirnos ante cada desafío, oportunidad o – también vale – esa zancadilla que nos descoloca cada dos por tres. Pero no todas las minas de más de medio siglo son independientes. Digamos… considerablemente independientes. Que tire la primera piedra quien no lleva en su cuerpo las marcas de los discursos que nos colonizaron. 

Una mujer que no alcanzó su autonomía ¿Queda fuera de esta revolución que proclamamos con entusiasmo inimputable? En este punto de la cultura feminista, la Revolución de las Viejas me empieza a hacer ruido. Percibo mucha gente afuera, me pregunto por qué esta nueva categoría se escinde justo en un momento histórico de gran tensión en la lucha por la apropiación y el empoderamiento de nuestros cuerpos. No entiendo – entre otras cosas - en qué momento les no binaries quedaron en el cordón de la vereda mientras las veteranas nos subíamos alegremente al colectivo.

No, chicas. Así no. Me están subiendo a una revolución que me sorprende con la caja de herramientas en proceso de ajustes. Muches suponen que debo estar en la movida por varias razones obvias: soy mujer de más de sesenta – vieja -, estudié “cosas de locas, del cuerpo, los derechos humanos, el arte”; soy poco previsible y me relaciono con respeto hacia las pautas de convivencia, pero por fuera de estereotipos que piden a gritos que algún sentido los alcance.

Me resisto. Mi naturaleza subversiva desconfía de esta mixtura fashion de rebeldía del tercer tiempo con identidades etarias que no rompieron la membrana que separa a las clases trabajadoras y medias de las vidas rotas, de las subjetividades desgarradas, de las infancias y juventudes sin horizontes, de las víctimas de los príncipes azules domésticos y los dragones de la trata. De alguna manera, mientras las resistencias al lenguaje inclusivo amparan rémoras patriarcales, el cochudismo criollo se toma un recreo para indagar entre iguales si es posible elaborar unas estrategias elegantes o al menos con alguna gracia, para escapar de las crueldades que  esperan alcanzarnos en unos pocos años. O ahora, ya. En unos meses. Mañana.

Gracias por la invitación. Me honra que me consideren digna de inaugurar esta campaña por nuestra dignidad, pero estoy esperando el próximo colectivo, que seguramente recogerá a les abandonades de todas las revoluciones que pasaron de largo.  No me parece buen momento para dividir ni para repartir etiquetas. Ni una menos es también ninguna afuera. Cuando empiezan a proliferar las etiquetas se multiplican las subjetividades fuera de tipo que abonan la exclusión.

Es posible que la revolución de las viejas exprese una demanda de abrazo. Y como soy jodida te digo que los abrazos así como los conocemos… no sé si me gustan.  Se cierran y adentro está lindo, pero afuera hay gente en la más inhóspita intemperie que podamos imaginar.  Hay que abrir los abrazos, para que un brazo nos junte mientras el otro llama y da la bienvenida a le otre, le diferente; al resto que nadie llamó y encima le quieren convencer que si existe, existe por mal gusto.

 

(*)  Docente, coreógrafa. Especialista en Educación y DDHH.

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