12:05 h. Miércoles, 20 de noviembre de 2019

Una voluntad infinita 

La vecina Gisela Molina es una de las personas que le ha puesto el cuerpo a la necesidad de otrxs. Es una dirigente social aún no reconocida, que con sus manos, su tiempo y su organización garantiza un plato de comida a más de doscientas personas que se acercan a su domicilio. Con la ayuda de unos pocos supo tejer una red de contención que llega a distintos puntos estratégicos de la ciudad y que permite cubrir esa demanda alimentaria algunos días de la semana. 

HISTORIAS DE VIDA  Por Martina Dentella  |  29 de octubre de 2019 (02:55 h.)
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Gisela Molina es la mayor de nueve hermanos. Cuidó y cargó a todos. “A los más chicos los crié a la par de mis hijos, siempre me cargué cosas al hombro”, dice. Cuenta que ha tenido una vida difícil, que ha cartoneado, ha vendido pastelitos en la calle, y ha participado del trueque, entre otras cosas. En plena crisis del 2001 su marido estuvo enfermo y no podía trabajar. “Fue una de las épocas más tristes que recuerdo, muy cruda, me quedaba llorando sola a la noche mientras todos dormían, pensando en cómo iba a resolver la comida del otro día”, recuerda. Tenía 23 años y a sus dos primeros hijos transitando sus primeros pasos. Se acercó al ejército de Salvación, y aunque dice que es atea, la ayudó a salir de ese estado de tristeza. 

-El pastor ayudaba mucho a las personas. Cocinábamos para un montón de gente. Esa fue una experiencia para mí muy grande, hermosa. A la tarde le dabamos la leche a los chicos, y yo soy demasiado sentimental, por eso lo recuerdo con ese cariño. 

Su actitud solidaria se explica en su historia. Gisela fue a la Escuela 27, donde el comedor para los estudiantes existió siempre. “El comedor es un bien para los chicos desde toda la vida, mi vieja iba al comedor, nosotros fuimos al comedor, y yo estaba chocha, porque un chico con la panza llena es un chico contento”, dice y recuerda cuando se guardaba milanesas en el bolsillo del guardapolvo, o panes que sobraban del almuerzo para más tarde. 

-Era lo mejor que me podía pasar, tengo los mejores recuerdos del comedor escolar. Fui una chica bien criada, y estoy preparada para cualquier cosa- dice. 

Uno de los fríos días de junio de este año, mientras miraba televisión con su marido, pensaron que podían hacer algo pequeño para modificar alguna realidad. “Es una época en la que todos estamos mal, hay hambre, y nosotros mismos estamos mal, pero teníamos comida y ese día sobraba”, cuenta Gisela. Su marido le dijo, “¿qué te parece si le damos de comer a alguien más?”. Ella pensó que nadie iría, pero de todas formas decidió publicarlo en Facebook. 

Ese día el menú era sánguches de milanesa, pero más tarde, con la llegada de los vecinos, tuvieron que preparar un guiso. “Vinieron dieciséis personas, no me voy a olvidar nunca más, me pareció una locura total”, recuerda. A los pocos días tuvieron que cocinar treinta viandas, y luego cincuenta, hasta llegar a las 216 viandas que reparten al momento. 

Ni muchas manos, ni mucho espacio, ni mucho tiempo. Gisela prepara las más de doscientas viandas en la pequeña cocina de su casa. Cocina sola, y le lleva un día de trabajo. “Tengo un mechero prestado, ni siquiera es mío, trabajo con eso”, cuenta. 

Ha llegado a amasar ñoquis para todos y todas. Veinticinco kilos de harina y pura voluntad. 

Además de las viandas, prepara, con las donaciones, bolsines para poder cubrir algunas necesidades puntuales de familias que no pueden costear productos de primera necesidad. “Nos parece terrible que algunas noches en las que no cocinamos vengan a pedirnos harina para poder hacer algunas tortas fritas, para no irse a dormir con la panza vacía”. 

-Aunque yo no tengo un compromiso firmado, el compromiso está, y a veces no tengo nada, y es difícil decirle a una persona en una situación así que no tenés. A veces nos cuesta un montón. El puré de tomate es oro en polvo para nosotros. Y siempre tenés que estar pensando bien y programando, porque no tenés todas las semanas ingreso de mercadería fijo. 

Lo cierto es que a su casa llegan vecinos desde todos los puntos de la ciudad. Gisela habla con casi todos, les pregunta cómo están o si salió algún trabajo. “Los días de lluvia se agregan muchos, porque mucha gente que hace changas no puede salir a trabajar, y necesita leche, azúcar, y no les podés decir que no, porque tienen hijos chiquitos, estamos hablando de lo básico, no hablamos de lujos”. 

Gisela describe la realidad económica en una situación concreta que la puso en alerta: días antes de las PASO cocinaba para cien personas, con la arrolladora devaluación post-elecciones se acercaron 216 vecinos. “Nos tuvimos que poner a cocinar sobre la marcha, no lo podíamos creer”, dice. 

Gisela cocina miércoles y viernes, y la clave de su trabajo es haber expandido su iniciativa: tejió una red de ayuda y contención en distintos puntos estratégicos. Por eso los martes Karen desde el barrio exFonavi cubre el almuerzo de muchísimos vecinos más. Y Sandra desde otro sector, ayuda completar el resto de los días de la semana. Además, organizaron un reparto para quienes, por distintos motivos, no pueden acercarse al lugar. 

La ayudan jóvenes de La Red, familia, amigos, y vecinos que se enteran de su iniciativa. Recolectan de todo, todo sirve, pero a veces no tienen nada y Gisela recrea con el poder de su imaginación, que es infinita, que hace milagros. 

El destino suele jugar malas pasadas. La caída de granizo del lunes por la madrugada lamentablemente arruinó el techo de la vecina Gisela Molina. Su casa se llenó de agua y granizo. Para ayudarla a ayudar se puede llamar al 2532406492.