19:46 h. Lunes, 20 de Mayo de 2019

Una apología sin pañuelo

LEY IVE  (*) Por Lic. Marcelo “Chata” García  |  15 de Mayo de 2019 (11:53 h.)
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Se viene en los próximos meses otro intento legislativo por tener en Argentina una ley que despenalice la interrupción voluntaria del embarazo. Después de lo que fueron las discusiones el año pasado, habrá que sacar algunas enseñanzas. La victoria en Diputados generó un optimismo apresurado que se vio quebrantado con el rechazo en el Senado.

Por un lado, el enfrentamiento con la Iglesia terminó aislando a movimientos como Católicas por el Derecho a Decidir que brindaba la posibilidad de plantear la discusión en el seno mismo de las instituciones religiosas y permitía conciliar a las creyentes sus inclinaciones en el tema. Por otro, la negación a reconocer la objeción de conciencia empujó al personal de la salud que no participaría en un aborto -pero no necesariamente se opondría activamente a la ley- a encontrar en su rechazo la única forma de no verse obligado a ejercer contra sus principios. Una red de profesionales de la salud dispuesta a garantizar el acceso legal, seguro y gratuito permitiría saldar en parte esa cuestión y presentaría un avance a la situación actual. Sin embargo, habrá que ver si dentro del abanico de los feminismos se aceptarán, no solo los cambios en el proyecto de ley, sino los cambios en la estrategia: si la urgencia de terminar con los abortos clandestinos prima sobre las posturas más ortodoxas.

Y digo esto con algo de lejanía porque para nosotros, los hombres, el tema puntual del aborto nos es ajeno. Entiendo que algunos hombres deduzcan de las doctrinas religiosas que profesan una negación a la idea del aborto, pero salvo que tomen a su Dios por estúpido no pueden ir por ahí presumiendo virtud mientras persiguen a mujeres por una acción que estamos impedidos de cometer por naturaleza. La virtud está asociada a la tentación (imposible para nosotros en este caso), algo que bien podrían haber reflexionado durante la cuaresma. Parece mentira cómo algunos exponen toda una viril determinación para oponerse al aborto (o exigirles a las mujeres que usen preservativo ¿?), pero son menos vehementes con las discusiones que de una vez debe enfrentar la masculinidad: su responsabilidad en la salud sexual y reproductiva, el desarrollo de métodos anticonceptivos masculinos, y la divulgación y acceso a la vasectomía, el acompañamiento a la mujer embarazada, la responsabilidad afectiva, económica y educativa con los hijos, la denuncia y condena de abusos y violaciones intrafamiliares, laborales o en cualquier ámbito.

Aun así, existen argumentos fuertes esgrimidos por quienes se oponen "de buena voluntad" a la legalización del aborto. En realidad, como muchas mujeres que están a favor de la despenalización, tampoco me considero un abortista en el único sentido en que puedo oponerme: no generar las condiciones que inclinen a una pareja –estable o casual- a elegirlo. Pero comprendo que para una chica que asume el riesgo de una operación clandestina es un recurso final luego de una serie de cuestiones que fallaron antes: el acceso a la educación sexual, la eliminación de la violencia hacia la mujer, el acceso a los métodos anticonceptivos, la irresponsabilidad masculina. Y es también producto de circunstancias sociales complejas: falta de contención familiar, falta de adecuación del sistema educativo con guarderías, falta de resguardo legal en lo laboral, precariedad económica y social. Trabajando sobre estas cuestiones es donde deberíamos encontrarnos y concentrarnos, y no impidiendo, incluso, el cumplimiento de las leyes actuales y el acceso al aborto no punible en caso de abuso o violación. Estar en contra del aborto no puede ser una forma de legitimar una violencia a chicas vulnerables y vulneradas en sus derechos.

Cuando una mujer decide abortar, ya se ha llegado tarde: porque la prohibición nunca impidió la realización de abortos, sino que los marginó a la clandestinidad, una clandestinidad segura para quien pudiera pagarlo y sumamente peligrosa para quienes no. Es preciso recordar que el aborto somete a las mujeres pobres a diferentes riesgos: los causados por heridas en el procedimiento, infecciones, pérdidas de sangre y las complicaciones asociadas al proceder anestésico. Incluso la posibilidad abierta por el Misoprostol, de realizar un aborto medicamentoso sin intervención quirúrgica en las primeras 12 semanas de embarazo, no es aconsejable sin supervisión médica. La mayor presión de los grupos "pro-vida" lo único que van a conseguir es encarecer las prácticas seguras (aumentando el negocio) y precarizar aún más las condiciones a las que acceden las de menores recursos (aumentando los riesgos). Porque nos guste o no la mujer que desesperada pretende abortar va a intentar hacerlo. 

Otras objeciones parecen nacidas del resentimiento que genera en algunas personas sus propias represiones sexuales o sus fracasos románticos. O de la loable decisión de haber parido a sus hijos. Habrá que dialogar también con ese narcisismo herido. Hay un imaginario que sobrevenga Sodoma y Gomorra que es tan viejo como la misma ley del incesto. Pero las políticas en salud pública no pueden considerar la maternidad o las complicaciones de un aborto como "castigo divino" a cierto "libertinaje sexual". 

Más difícil de comprender es que se considere que la legalización hará del aborto una práctica habitual. Eso es subestimar demasiado el costo en padecimiento físico y psicológico. Tal vez deba recordarse que la maternidad en Argentina significa para muchas mujeres: reducir sus posibilidades educativas, quedar marginada a trabajos precarios, asumir sola la responsabilidad de crianza; y para el futuro niño pasar a engrosar el 50% de la niñez y adolescencia que vive bajo la línea de la pobreza.

No es función de la salud pública andar generando purgatorios sino hacerse cargo de administrar los procesos de salud-enfermedad de la población; y no puede quedar ajena y atada de manos frente a la morbimortalidad generada por el aborto clandestino. La legalización permitiría, además, un estudio más profundo de los factores socioambientales que lo favorecen. Para disminuir los abortos debemos ir hacia una sexualidad libre, sana y de responsabilidad compartida entre hombres y mujeres.

Por supuesto que alguien podrá decir, la mejor prevención es la castidad; y nos sentaremos en el cordón de la vereda a reír y comer mandarinas.