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  • sábado, 08 de agosto de 2020

Tenemos futuro. Vamos por él

La Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) advierte que la crisis económica dejará en América Latina y el Caribe a unas ochenta millones de personas en la hambruna. Asimismo, los últimos informes sitúan a la región como el epicentro del coronavirus en el mundo. Mientras nuestro presente criollo es complejo, y el futuro es una página más blanca que nunca, conviene recordar que pertenecemos a un bloque continental que, desde la conquista europea hasta hoy, vive bajo diferentes banderas pero experimenta los mismos problemas.

Tenemos futuro. Vamos por él

El jueves pasado, en el foro Acción Multilateral para Impedir que la Crisis Sanitaria se convierta en crisis alimentaria, Julio Berdegué, Subdirector General de la FAO, y Representante Regional para América Latina y el Caribe, expresó que si las proyecciones de hambre se hacen realidad la región estaría retrocediendo cuarenta años. “No se puede construir la paz sobre estómagos vacíos”, aseveró el diplomático. Traducido: hay una dimensión más allá de la pobreza: el salvajismo.

Por su parte, Alicia Bárcena, Secretaria Ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) habló de noventa y seis millones de personas en la pobreza extrema e insistió con una idea que se hace cada vez más presente: el Ingreso Básico Universal, equivalente a una línea de pobreza (147 dólares) por seis meses, con un costo del 1,9 por ciento del producto interno bruto (PIB) y un bono contra el hambre equivalente a 70 por ciento de una línea de pobreza extrema (57 dólares) que costaría 0,45 por ciento del PIB. También propuso la asistencia inmediata a los pequeños productores de alimentos, por su llegada directa a las bocas con hambre.

También se expresó el canciller mexicano, Marcelo Ebrard, en su rol de presidente pro témpore ante la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) y sostuvo que el mayor reto que se tiene hoy en América Latina y el Caribe es hacerle frente a una posible crisis alimentaria. Ebrard indicó que se requiere de la cooperación regional para salir adelante en medio de la desigualdad económica y social.

En este sentido, Alicia Bárcena llamó a profundizar la integración regional “a través de una mayor resiliencia en las redes de producción, diversificando proveedores en términos de países y empresas, privilegiando ubicaciones más cercanas a los mercados finales de consumo y relocalizando procesos productivos y tecnológicos estratégicos”.

La alta funcionaria de las Naciones Unidas advirtió también que en la post pandemia no se revertirá la globalización, pero sí habrá una economía mundial más regionalizada en torno a tres polos: Europa, América del Norte y Asia Pacífico.

Estas intervenciones -que giraron entre el diagnóstico y alguna proposición- nos dan la pauta que, más allá de la peste, hay un desafío mayúsculo para quienes habitamos este barrio del planeta. Una problemática que no podremos resolver sin tomar acciones de carácter cooperativo, viendo qué puede aportar cada uno en beneficio del conjunto. Basta de jugar a que lograremos -aisladamente- llegar a ser potencias globales asociándonos con los forajidos de siempre. Un pasado y un destino común nos están diciendo a gritos que la salida de esta crisis la debemos construir entre todos, de una vez y para la eternidad. Las voces más fuertes provienen de los Libertadores de América, a quienes hoy confundimos con un campeonato de fútbol.

Aires frescos de otro mundo

La semana pasada, el presidente de Rusia, Vladímir Putin, ha firmado un decreto que fija los objetivos de desarrollo nacional hasta 2030, con el fin de lograr "un avance revolucionario" del país, aumentar la población y mejorar el nivel de vida de los ciudadanos, así como crear "condiciones cómodas" para la vida y el desarrollo del "talento de cada persona". Un tanto sorprende, descoloca, y también ilusiona, esta noticia que llegó en medio de la tiniebla provocada por la peste. 

Entre las ideas madres que Putin comunicó podemos observar que “se buscará asegurar un crecimiento sostenible de la población del país, aumentar la esperanza de vida hasta los 78 años, reducir el nivel de pobreza a la mitad en comparación con el indicador de 2017, así como incrementar la proporción de ciudadanos que practican regularmente deporte hasta un 70 %”.

Otro de los puntos del documento da cuenta de la potencia implícita en ese programa de gobierno que genera ganas de copiar inmediatamente. Se trata del capítulo “Oportunidades para la autorrealización y el desarrollo de talentos”. Allí se explica que Rusia “procurará entrar en los diez principales países del mundo en términos de calidad de la educación general, así como en términos de investigación y desarrollo. Asimismo, se pretende formar un sistema eficaz para identificar, apoyar y desarrollar las habilidades y talentos de niños y jóvenes; crear condiciones para la formación de una personalidad armoniosamente desarrollada y socialmente responsable; aumentar hasta el 15 % la proporción de ciudadanos que participan en actividades voluntarias y triplicar el número de visitas a eventos culturales en comparación con el indicador de 2019”.

Claro que comparada con nuestra situación, la de los rusos es similar al paraíso. Pero no por eso los pueblos que habitamos al sur del Río Bravo debemos dejar de proponernos alcanzar algún día, más temprano que tarde, la posibilidad de publicar un documento con proyecciones a una década que sorprenda al resto del mundo. Tenemos con qué, nos sobra con qué. Es cuestión de ponerse a las cosas, dejar los vuelos gallináceos y planear a la altura en que los cóndores vigilan la cordillera de Los Andes.