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  • lunes, 03 de agosto de 2020

Susana, Gallardo y el gallinero

Opinión  

Por Marcelo Marcelo García

Susana, Gallardo y el gallinero

Tal vez no estuvo tan errada Susana al aconsejar a los pobres que pongan un gallinero. A Gallardo no le ha ido mal con el suyo. ¿Por qué se acumula la gente en la ciudad en lugar de ir a buscar oportunidades al campo, donde “los alimentos salen de la tierra” y “la naturaleza nos regala sus frutos”? ¿No “somos todos el campo”? ¿Acaso tres o cuatro generaciones atrás la ascendencia de esos pobres no sembraba la tierra y criaban animales?

Esos pobres que hoy quieren echar de la ciudad, antes fueron expulsados del campo. No existió en la historia de Argentina políticas destinadas a preservar a la familia rural, asegurar las raíces y generar una amplia clase media agraria que cubra todo el amplio territorio nacional. No la hubo porque la mayor parte del tiempo se facilitó el latifundio y porque cuando se quiso favorecer la distribución la frenaron importantes intereses.

A finales del siglo XIX y principios del XX, cuando Argentina se insertaba en la economía mundial como proveedora de alimentos y materias primas, existieron –de parte de las clases dirigente- dos proyectos en pugna. Uno pretendía una colonización de los territorios expropiados a los indios, el otro la apropiación de esas tierras por grandes terratenientes. Ganó el segundo modelo.

La lucha de los arrendatarios tuvo sus momentos épicos, como el Grito de Alcorta. Algunos gringos y paisanos lograron ser propietarios, pero la mayoría fue campesino sin tierra o migró a las ciudades a probar suerte en la industria, el comercio o la burocracia estatal.

El mismo sistema educativo se irguió de espaldas al mundo rural. Las carreras de Ingeniería Agronómica y Veterinaria fueron bastante pioneras en nuestro país, pero por mucho tiempo reservadas a la élite. Siguen siendo carreras sin alta matrícula.

La educación agraria para el pueblo se pensó básica, en parte para no generar esperanzas y exigencias de progreso social. Incluso en nuestros días, la educación agrotécnica sigue siendo marginal y generalmente impulsada por los sectores privados o la Iglesia.

Mientras que la alta burguesía dedicada a la cría de ganado innovaba tecnológicamente y difundía sus adelantos a través de la SRA, los chacareros dedicados a la agricultura debían afrontar la capitalización en condiciones más precarias. Por otro lado, las ciudades medianas, fuera de la órbita pampeana, no lograban modernizarse, en parte por estar en tierras menos fértiles, en parte porque la desprotección de los obreros rurales generaba economías de subsistencia sin capacidad de diversificarse. Eso tuvo su costo en nuestra organización geográfica: la concentración poblacional.

Durante la crisis del ’30, la economía de los países centrales giró al proteccionismo y la producción agropecuaria para exportación dejó de ser negocio. Entonces, los sectores populares dejaron de encontrar empleo en el campo o de ser viables sus pequeñas explotaciones. Se transformaron en la mano de obra barata para la naciente industria teylorista en los centros urbanos del litoral.

Durante los gobiernos peronistas y desarrollistas se intentó una distribución de tierras vía reforma agraria o a través de un sistema impositivo que desalentara la tenencia de grandes extensiones de tierra. Hasta los organismos internacionales como la CEPAL y el FMI veían en la concentración de la tierra en América Latina una de las trabas para el desarrollo.

Pero todo cambió a partir del gobierno de Onganía. Se dejó de proteger a los arrendatarios y se eliminaron los impuestos progresivos. Los grandes establecimientos comenzaron a verse como más eficientes para la generación de capital. Esto se reforzó en los últimos 30 años con la ola de los commodities. Se armó un paquete tecnológico destinado a grandes explotaciones. Pero entonces, la tecnificación de la industria de punta, la quiebra de la industria sustitutiva de importaciones y el agotamiento del Estado ya no estaban para absorber a la clase trabajadora.

Así, en la historia de nuestro país, los sectores populares fueron adaptándose a las posibilidades que cada proyecto de las burguesías demandara. Sirvió a la burguesía agraria hasta que fue expulsada del campo, fue protagonista del crecimiento industrial hasta que fue marginado, apoyó a las dirigencias políticas mientras estas le prometían un puesto.

Pero en ese peregrinar, no solo perdieron las raíces camperas, perdieron los saberes, la cultura agraria, el origen, sus formas autónomas de agrupación… y la tierra.

Ahora aparecen como culpables de no convertirse a tiempo a la robótica y la programación. Los mismos sectores sociales que se beneficiaron de su desarraigo la acusan de su propia pobreza. Susana lo dice así, a lo bestia, como les gusta a quienes hacen alarde de su aporofobia. Esa fuerza ideológica de las soluciones simples que siempre oculta las verdaderas crueldades de la historia.

No hay muchos como Gallardo que sepan hacer rentable un gallinero.