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  • sábado, 17 de abril de 2021

Seguir los Pañuelos

  Por Claudia Exner
seguir los pañuelos
Seguir los Pañuelos

¿A dónde van los Pañuelos? Es la pregunta no formulada mientras vamos tras ellos. Así como en la infancia seguimos a nuestra madre sin desconfiar de ese rumbo desconocido que nos propone, vamos tras ese influjo benéfico y el destino  no nos asusta. Madre crea de la nada el hogar que nos cobija en un mundo amenazante, desconocido, lleno de trampas para la inocencia.  

Octubre de 1977, peregrinación a Luján. Nuestra simpleza de pueblo trabajador, tantas veces estafada por elites depredadoras que ofenden todo lo que llamamos Patria, en medio del terror y la muerte vio surgir ese emblema de nacionalidad que los poderes fácticos nunca podrán tomar:  el Pañuelo de las Madres.  Se habían apagado las voces que gritaban, susurraban y cantaban que otro mundo es posible, que los privilegios de las clases dominantes oprimen a los pueblos, pero que el pueblo unido jamás será vencido. Desde el 24 de marzo  de 1976 gobernaba la más feroz dictadura cívico-empresarial, militar y eclesiástica que la República Argentina pudiera recordar. La palabra desaparecido detonó en nuestros oídos y escandalizó a esos cuerpos que, hechos de deseo, dejaron el testimonio de su materialidad en cada espacio que poblaron. En el calor sus hogares, los pañales que cobijaron la pequeñez indefensa de apenas nacidos, abandonaron su letargo. Amorosamente guardados, custodiados por las madres que parieron esas mujeres y varones secuestradxs por el estado terrorista, se inquietaron y reclamaron formar parte de esa lucha por la justicia que nos faltaba.  Ellas, las Madres eternas, los enarbolaron en sus cabezas impacientes para sostener los propósitos que gestaron en la Plaza de Mayo, territorio que tutela y guarda los derechos del pueblo argentino. 

  • “Nosotras los parimos – se dijeron – y si los parimos están vivos o están muertos.  Que nos digan donde están”
  • “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”  

La multitud oscura, cautiva del terror y el relato mendaz de la dictadura, vio esos pañuelos que se encendían en lo más visceral del vientre de la Matria argentina, viva y poderosa desde antes que llegara el conquistador europeo para imponer  su cultura de desprecio y muerte. Hasta ese momento no lo supimos, pero ese destello de verdad cambió la historia y empezamos a entender.  Ahora sí lo sabemos y lo proclamamos al amparo de  la presencia convocante que promueve ese símbolo nacido del dolor más profundo e insoportable.

 La muchedumbre confundida comenzó a mudar en pueblo y como pueblo supimos que debíamos dejarnos guiar por esas mujeres con pañuelos blancos. Ahora sí, ahora sí con las Madres. Madres nuestras que están en la Plaza, omnipresentes en todas las luchas por el ejercicio de nuestros derechos. Ahora sí podemos sentirnos segurxs aún sin tener certeza de rumbo.   Ahora sí.

Ahora es un tiempo más extendido que el instante que se diluye entre el pasado y el presente.  Ahora es el tiempo en que nuestra identidad se revela y nuestras vidas adquieren consistencia en los sentidos que conducen hacia el refugio que se abre en el otro, en la otra, en lo común que supera a lo público, susceptible de transformarse en mercancía cuando gobierna el depredador.  Ahora es el tiempo del Pañuelo de las Madres, único símbolo que los poderes fácticos no pudieron tomar. Esos poderes se amparan a menudo en el usufructo de nuestros símbolos patrios; violentan su significado y corrompen las conciencias con  legalidad falopa de mercado, pero no pueden engañar a los Pañuelos. Los pañuelos nunca los ocultarán ni los protegerán, por eso los seguimos. Por eso seguimos a las Madres,  nuestras Madres eternas de pechos pródigos, manos firmes y único rumbo seguro hacia el porvenir que esperamos.