• 23:34
  • sábado, 11 de julio de 2020

Sabemos que no sabemos nada 

(*)Por Lic. Mariano Rato
Sabemos que no sabemos nada 

profesionales de Chacabuco 

 

Teníamos certezas respecto de lo que nos deparaba el futuro. Creíamos tener cierto control sobre los eventos a los que teníamos que afrontar y las variables que incidían en nuestra vida. Creíamos también que estábamos sumergidos en un mundo de conocimiento absoluto, donde la información era tan accesible como el oxígeno que llega a nuestros pulmones: no había que hacer ningún esfuerzo, estaba ahí sin que se requiera nuestra voluntad. 

La pandemia vino a demostrar que estos supuestos eran falsos. Que en verdad no sabemos nada y que cualquier “bichito” que viene del otro lado del mundo puede poner en jaque nuestras vidas en todo concepto: laboral, personal, espiritual, interpersonal. El exceso de información no se corresponde, después de todo, con exceso de conocimiento. 

La realidad actual delimita un nuevo escenario, en el que estamos  invitados a pensar sobre un futuro desconocido. El desafío que se impone está relacionado con la deconstrucción que tenemos que hacer para actuar sin saber. La coyuntura nos fuerza a que tengamos que estar listos para cualquier escenario posible. Y esto no será sin que nuestro cuerpo sufra el impacto y se manifieste en cualquiera de sus formas: ansiedad, angustia, desgano, extrañeza. 

Si de algo no quedan dudas, es que solos no se puede. Tampoco se puede sosteniendo la rigidez de nuestras estructuras mentales o maneras tradicionales de interpretar la realidad. La flexibilidad es esa capacidad que nos permite no estar sujetos a determinadas formas de actuar o comportarnos. Estar sueltos o livianos es una ventaja que se premia con creces en esta nueva vida. Los psicólogos cognitivos relacionamos la salud mental con la flexibilidad que tenemos en nuestra capacidad de pensar. Si lográsemos reconvertir lo que hacemos y lo que pensamos, los cambios que experimentamos tendrán menor impacto negativo. Si quisiéramos emprender un viaje a un destino X, cuanto mayor elástico sea el GPS que nos guía, mayor capacidad de adaptación tendremos frente a los cambios que se precipiten. 

Quedó de manifiesto que el futuro es una hoja en blanco, y podemos (o debemos, pareciera que no hay otra salida) aprender de él antes de que ocurra. Esto nos invita a andar a ciegas, sin saber dónde terminaremos, pero con la motivación de dar el primer paso. 

Además de la belleza que tienen los flamencos, lo curioso es que despegan siempre juntos. No lo hacen individualmente, sino de forma colectiva. 

Somos animales sociales que pasamos la mayor parte de nuestra existencia evolutiva en pequeños grupos. Pertenecer a un agrupamiento no nos obliga en tener que parecernos entre sí. En la discrepancia y las diferencias está la verdadera riqueza del contacto, y con ella la gran oportunidad de apertura intelectual.

Es la comunidad, el Estado, la familia, los amigos, con quienes se saldrá adelante. Nos hicieron creer que la meritocracia era el sistema por el que nos regíamos y el que posibilitaba explotar lo mejor de uno. Sin embargo, estas ideas se encuentran sentadas en el banquillo de los acusados y siendo revisadas. 

Hay que redefinir qué es lo importante. Dejar de responder con las mismas respuestas. Hacernos nuevas preguntas. Reescribir nuestra propia historia. 

 

 

(*) Psicólogo (UBA), especialista en terapia cognitiva.