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  • viernes, 10 de julio de 2020

Profecía autocumplida

Profesionales de nuestra ciudad 

(*) Por Lic. Mariano Rato

Profecía autocumplida

Imaginemos que en una pequeña ciudad, con un solo medio de comunicación y una sola estación de servicio, sale publicada una noticia que da cuenta sobre la posible escasez de combustible. ¿Qué se podría suponer que ocurriría?

Es probable que la inmensa mayoría de las personas tomen la decisión de llenar los tanques de sus vehículos. Incluso, también es probable que carguen por completo de combustible aquellas personas que solían transitar con un promedio de medio tanque, o más aún, los que acostumbraban a transitar con un cuarto del tanque, o incluso solo con la reserva.

Ahora bien, qué pasaría si la noticia es infundada y en verdad no hay escasez. La falsedad de la información llevaría a que las personas tomen determinadas conductas que, paradójicamente, terminarían por generar el desabastecimiento temido (aun cuando no existían las condiciones previas para que esto sucediera). Es decir, se partió de un supuesto falso (que puede escasear el combustible) y a partir de esa premisa se condicionó el repertorio conductual de una sociedad que, como consecuencia, determinó que aconteciera lo que se suponía.

Este fenómeno explica un sinfín de aspectos psicológicos y se denomina PROFECÍA AUTOCUMPLIDA o EFECTO PIGMALIÓN. Resulta interesante poder reflexionar sobre cómo, de este modo, las expectativas se terminan cumpliendo. Expectativas que pueden ser positivas o negativas.

Por ejemplo, creer que nuestro hijo va a ser un buen nadador (y generar los medios para que esto suceda, sin que haya condiciones previas), así como suponer que nuestros padres no son buenos consejeros (y de este modo no establecer conversaciones de intimidad que posibiliten testear la eficacia de ellos en este punto).

En los niños y los adolescentes este fenómeno se vuelve clave: las etiquetas que los docentes le ponen a sus alumnos, al mismo tiempo que los cuidadores, condicionan el comportamiento. De este modo, suponer que un niño es rebelde, díscolo, vago o tonto, posiblemente termine configurando su autoconcepto y ocasionando que actúe en consecuencia.

Este fenómeno también se manifiesta en las áreas que involucran relaciones interpersonales: amistad o pareja. Suponer que a la otra persona le ocurre algo (que está enojado o molesto) puede generar modificaciones en nuestros pensamientos y conductas (volviéndolos menos naturales, distantes o más hostiles) ocasionando efectivamente que los individuos que nos rodean lo perciban y así producir lo que inicialmente se suponía.

¿Qué podemos hacer?

Ser críticos con las etiquetas (propias y ajenas), prestándole atención a los pensamientos que las sostienen. Además de reflexionar sobre las creencias limitantes que hay detrás de las profecías, buscando activamente experiencias que se opongan al supuesto original.

No dejarnos guiar ciegamente por nuestra visión del mundo es beneficioso. Después de todo, lo que percibimos de la realidad es apenas una porción de lo que nuestras retinas nos permiten ver. 

 

(*) Psicólogo (UBA). Especialista en terapia cognitiva.