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  • lunes, 18 de enero de 2021

A qué planeta te fuiste

CONTRATAPA / Por Alejo Dentella

A qué planeta te fuiste

Siempre tuve la sensación de que algunas personas nunca se iban a morir. Charly García y Diego Maradona estaban en esa lista. Tipos que jugaron y juegan a saltar todos los límites de lo permitido. Pero evidentemente la muerte es inexorable. Y ahí está, hija de puta como siempre, o como uno la siente cada vez que nos arrebata impiadosamente la vida de alguien. Por eso nos enojamos. La noticia de ayer casi paralizó al mundo.

De inmediato tuve tres certezas. Primero insistí con que la muerte es una hijaputez única. Después lamenté que otras muertes me negaban la posibilidad de leer la mejor despedida al más grande de todos los tiempos. Me acordé que fue la muerte la que nos quitó a Osvaldo Soriano. Entonces va a faltar esa música tan particular. El relato que el gordo le ponía a la pelota, a los jugadores frustrados, a los perdedores de siempre o a los famosos devorados por la gloria. Al final, me prometí no atreverme a la locura de decir lo que otros y otras pueden decir mejor.

Pero si algo nos pasaba con Maradona, era sentirlo como propio. Como de todos. Perdón, pero no era de todos. Diego marcaba la cancha. Decidía todo el tiempo dónde se paraba. Para dónde pateaba. De qué lado dormía. Ese tipo era la mejor representación de la argentina pendular del desgarro y el éxito. El genio del fútbol mundial. El que puso de rodillas a los ingleses que nos mataron en Malvinas. El que no pudo procesar el paso de la miseria a la fama. Que no supo decir que no a los que le abrían las puertas de las tentaciones para hacerlo débil. Maradona fue San Martín, Gardel y también Perón. Fue las Abuelas del dolor y las Madres de la lucha. También fue la revancha que tuvo mi viejo porque a los siete años le negaron media cabeza de vaca. Fue el refugio de cada una de nuestras frustraciones y un límite al enojo, al rencor y la venganza. Es difícil ensañarse con sus errores u horrores. Merece la súplica para no ser demorado en el purgatorio que los pecadores imponen como peaje. Diego Maradona libraba una batalla cotidiana contra la injusticia. Lo hacía en nombre y representación de cientos de millones que la padecen. Sabía que ponía el lomo. Que lo blindaba el poder de su genialidad derrochada en el césped.

Dicen que hay muertes que no tienen explicaciones. Quién no arrastra el interrogante de una ausencia anticipada. Cómo no sospechar que sin Diego el mundo será mucho peor. No hay consuelo. Salvo, que alguien nos diga a qué planeta te fuiste, “barrilete cósmico”.