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  • sábado, 08 de agosto de 2020

La personalidad y sus rasgos

"La personalidad se consolida hacia finales de la adolescencia y se mantiene relativamente estable a lo largo del tiempo. Cuando alguno de los rasgos que la conforman resultan problemáticos, se pueden modificar relativamente por medio de un proceso terapéutico; o bien, se  puede modificar el entorno donde ese rasgo se expresa, volviéndolo mas adaptativo", escribe en su columna semanal el Lic. Mariano Rato. 

Imagen: refugiodelalma.com
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La personalidad y sus rasgos

La personalidad da cuenta del conjunto de los rasgos, características y atributos referidos a la forma de ser de una persona. Estas características intrínsecas son las que nos diferencian de otros y, a la vez, nos hacen coherentes con nosotros mismos a lo largo del tiempo. Uno es quien cree ser y lo mantiene (más o menos inalterable) a pesar del transcurrir, en parte, gracias a la creencia que tenemos de nosotros mismos y de lo que suponemos que nos diferencia de los demás. Es decir, aquello que percibimos cuando nos miramos al espejo y lo que, en esa misma observación, no vemos. Lo que nos hace seres únicos y diferentes al resto.

La mayoría de los autores que investigan la personalidad sostienen que la misma se consolida entre los 16 y los 18 años, aproximadamente. Si bien esto depende de la cultura, un porcentaje significativo de las personas cristalizan su “forma de ser” en esta edad. Por ello, resulta de relevancia suprema lo que ocurre en la infancia y la adolescencia. Sobre todo, aquellos eventos significativos que tienen lugar en dicho período de tiempo, pudiendo generar un impacto determinante para la vida del ser humano.

En ocasiones, el tipo de personalidad puede generar dificultades o sufrimiento. Esto sucede cuando los rasgos que la conforman son rígidos, es decir, no tienen la flexibilidad que permite adaptarse a los diferentes contextos, ocasionando de este modo malestar emocional o disfuncionalidad.

Tal como se mencionó anteriormente, la capacidad de cambiar nuestra “forma de ser” es reducida, sin embargo existe la posibilidad de transformar en funcionales rasgos de nuestra personalidad que no lo son. Esto es, reeducar la parte de nuestra forma de ser que nos trae inconvenientes.

Un posible ejemplo de lo anteriormente mencionado es el rasgo de personalidad que comparten los neurocirujanos, políticos, personas de negocios, entre otros. Estos suelen tener características que dan cuenta del sentido elevado de la propia valía, alta capacidad de persuasión, encanto superficial, falta de remordimiento o culpa, capacidad de manipulación para con los demás. Este perfil, les permite poder hacer lo que quieran, sin tener demasiada consideración en las consecuencias sociales o morales de sus actos. Siendo de este modo una característica funcional en su estilo. 

Sin embargo, este mismo rasgo que puede ser funcional en algunos individuos, puede no serlo en otros. Los psicópatas o asesinos seriales también tienen una personalidad con las características antes descriptas. Claro que en ellos, este rasgo está presente en un porcentaje altísimo y el nivel en el que se expresa es extremo.

Resulta lógico que cierto rasgos psicopáticos (para mencionar solo algunos) estén distribuidos en la población general. La diferencia entre los psicópatas y aquellos que tienen algunos de estos rasgos, es que en estos últimos existe una utilización de estos en situaciones donde resulta necesario y adecuado.

El punto interesante a destacar es que cierto grado de apatía resulta bueno y esperable en ciertas profesiones. Reflexionemos sobre las dificultades que podría tener un neurocirujano que, previo a realizar una operación, se conecta en demasía con el padecer de su paciente. O los problemas que puede tener un soldado, al que le ocurre algo parecido con su adversario.

En resumen: la personalidad se consolida hacia finales de la adolescencia y se mantiene relativamente estable a lo largo del tiempo. Cuando alguno de los rasgos que la conforman resultan problemáticos, se pueden modificar relativamente por medio de un proceso terapéutico; o bien, se  puede modificar el entorno donde ese rasgo se expresa, volviéndolo mas adaptativo. 

 

(*)Psicólogo (UBA), especialista en terapia cognitiva.