¿Para qué?

cuatropalabras.com.ar  |  25 de marzo de 2020 (00:43 h.)

en primera persona / 

Por Lucía Mori 

 

El 24 de marzo de 2004, como muchos argentinos y muchas argentinas atestiguan y aplauden, la Escuela de Mecánica de la Armada, se convirtió por convicción y voluntad política del entonces presidente Néstor Kirchner en ex Esma, en un Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos.

Sin embargo y tal vez sin atender al giro poderosamente simbólico e ideológico de esa decisión política, recién en 2014 visité la ex Esma. A pesar de que ya en 2004 me había formado en la facultad de Ciencias Sociales de la UBA, ya había trabajado para Abuelas de Plaza de Mayo -entre 1999 y 2002-, años en los que entrevisté a familiares y amigues de desaparecidos, exexiliados y a algunas Abuelas. Ya creía en la militancia social, sindical y partidaria. Para una argentina con esa incipiente trayectoria juzgo que tomé valor un poco tarde.

¿Para qué fui?

La recorrida, -con videos de testimonios de personas que estuvieron secuestradas y sobrevivieron, explicaciones con cifras y detalles-, dura aproximadamente tres horas.

Antes de viajar hasta Capital Federal y asumir la necesidad de “estar” en el mismo lugar que habían sido vejados 5.000 seres humanos y humanas, pensé que no había nada que podía enseñarme un excentro de detención de la dictadura militar. Llevé conmigo a Jose y tal vez pretendía mostrarle, instruirlo para que viera lo que yo ya sabía: Cuántas mujeres habían dado a luz allí mismo, cuántos desaparecidos del total habían sido torturados allí, cómo se deshacían de los cuerpos, cuántas propiedades robaron los militares, además de los bebés y los muebles de las casas en las que secuestraban argentinos y argentinas. Nada que no supiera, que no hubiera estudiado acerca de nuestra dictadura y de otras, sobre todo latinoamericanas. Cuántas películas argentinas eligen documentar el dolor, la tragedia, la violencia: Cordero de Dios, Kamchatka, Sur, La historia Oficial, Koblick, Tango Feroz, Garage Olimpo, Botín de guerra, Cautiva, Madres, y tantas tantas otras. Cuántos artículos periodísticos, libros, ensayos. Así que con mi soberbia y toda mi ignorancia a flor de piel no supe sospechar qué iba a pasarme durante y después de la recorrida.

El edificio está limpio. Lejos quedaron los olores de mujeres que menstruaron durante meses, con la misma ropa. Sobre el piso ya no hay capuchas para los que estuvieron detenidos-desaparecidos. Ni un solo grito se escucha en la recorrida. Ni el alarido que puede dar cualquier mujer mientras la viola un oficial o un suboficial o un coronel. No hay música para opacar los gemidos de los torturados. Es un edificio iluminado, bien construido, que no parece tener casi 110 años de antigüedad. Un piso de granito beige con recovecos que han resultado funcionales para que tengan lugar las sesiones del Concejo Deliberante los primeros años desde su inauguración,  la instrucción de Electrónica, Aeronáutica, Mecánica Naval, Operación Técnica de Radio, Meteorología y Oceanografía cuando el edificio fue cedido para estar a cargo de este tipo de enseñanza y las sesiones de tortura luego, cuando convivieron Casino para Suboficiales y centro de detención clandestina.

Por eso ¿para qué fui?

Allí ya no estaban las muchachas de menos de 24 años que parían con la promesa de que su bebé iba a ser devuelto a sus abuelos, pero se ve que el murmullo atravesó mi carne como una viga de madera astillada. No lo supe inmediatamente. Pensé que solo me había ganado un día sin poder digerir alimento alguno. Solo eso.

La visita me extirpó toda posibilidad de articular palabras. El pensamiento obturado, negado a ninguna frivolidad.

Cuando llegó la noche. Acostada en una cama muy cómoda, no en piso de granito ni con la mirada atornillada a una capucha de tela de arpillera, mis ojos, esos que no habían visto el horror, lejos de descansar bajo los párpados, se encendieron fuera de órbita. Tuve que prender la luz y pedirle a Jose que no se duerma, que me hable, que me cuente historias. Tuve el cuerpo transpirado, frío o caliente, indescifrable, el corazón buscando el techo y el pánico como única opción.

Tengo la edad que tenían muchas madres cuando buscaban a sus hijes, a sus nietes en hospitales, juzgados, sin más medios de comunicación que las cartas y los teléfonos fijos, la telepatía y sus piernas.

No pude dormir y no vi nada en la Esma. No escuché la voz quebrada, rota de nadie. El único olor que sentí fue el de las paredes de un edificio público finalmente recuperado después de 80 años de uso militar. Y aún así no dormí. De los 5.000 detenidos-secuestrados que dejaron su alma en la Esma, ninguno era mi papá, mi tío, mi cuñado, mi mamá, mi abuela, mi alumna, mi amiga y aún así el cuerpo me tembló como si lo fueran. No puedo ni escribir la posibilidad de que allí hubiera estado presa mi descendencia. No puedo imaginar el desgarro de 30.000 familias, lo que imaginaban, lo que supieron después.

¿Para qué fui?

Para la Memoria, la Verdad y la Justicia.

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