15:45 h. Domingo, 15 de diciembre de 2019

Para entender un poco

(*) Por Claudia Exner

OPINIÓN  |  21 de noviembre de 2019 (17:02 h.)
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Juntémonos a comer. Te espero después del almuerzo. Te llamo antes de la cena. Miremos una peli después de la merienda. Pasá por el libro antes del almuerzo. Desayuno de negocios. After office. Break. 

En el país del hambre, esta es una lengua desconocida. No hay relojes que marquen las horas para comer, ni se rompen las tazas del desayuno. Nadie dice que la lechuga es más rica que la achicoria, que el guiso de cuajo es un asco, o que el lomo es para los enfermos.

Compartir el pan. Invitar un vino. Tomar una birra. Convidar de la ingesta que se come. La comida tiene discursos que convocan sentidos. El hambre no es convocante, no construye sentidos. No sabe de tiempo, no segmenta el día. No tiene esperanza, tampoco paciencia. No tiene lenguaje, es acto a ciegas. 

No sabemos cuándo, pero los hambrientos, que no tienen tierra, ni tampoco cielo saldrán a las calles de los satisfechos, de los muy ufanos dueños del lenguaje y de tantos relojes de cuatro comidas. El final… quien sabe. Porque sin lenguaje, nadie te lo cuenta.

(*) Docente, coreógrafa. Especialista en Educación y DDHH.