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Para comerte mejor

VALORES  (*)Por Claudia Exner  |  18 de julio de 2019 (16:20 h.)
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Cada tanto reaparecen algunos discursos que a fuerza de interpelarnos como inferiores o sospechosos, empiezan a perder eficacia y entonces es unx quien sospecha de quien lo enuncia. Cuando los nunca bien ponderados meritócratas ponen a sonar el organito con la canzoneta de la educación en valores (EVV), a mi Duende se le traba el moño y se pone en guardia ahí nomás. Y no me deja en paz, así que - para poner mis ideas en orden – te pido, a vos que estás leyendo, que me ayudes a entender.

Mirá… soy una mujer mayor, así que vi como algunos valores incuestionables de mi infancia con el tiempo fueron considerados como horrores o cosas monstruosas. Una mujer que no se sometía a la voluntad patriarcal del marido merecía la más rigurosa condena social – o unos justificados sacudones -, los hijos no contradecían a los padres y las madres callaban aunque supieran que sus hijos estaban en lo cierto. Todo justificado por los valores de la institución familiar. Minga que fuimos felices con el Duende amordazado y los valores impuestos secándonos el deseo con la moralina dominante, generalmente cuidada por un Estado tirano que nos tenía saltando de dictadura en dictadura. Cada época acuña sus valores e impregna todas las producciones culturales con ellos. El pensamiento crítico duele, siempre fue así.

En este punto, entusiasmado por esto del pensamiento crítico, el Duende me grita en la oreja:

Avisale a todos los giles que se dejan sacar ventaja, que la economía es producto cultural, lo mismo que la organización política de los pueblos y las prácticas de sus gobernantes como las de sus gobernados. Las Artes, las Ciencias, la Educación se configuran según un modelo de Estado que no es ajeno a lo que sucede en el resto del mundo.

De acuerdo – le respondo – Pero te recuerdo que cuando me encontraste perdida en el laberinto me orientaste hacia el Arte y vos mismo me demostraste que la construcción de nuevos sentidos comporta una puesta en valor que conmueve el sentido común. Lo que decís está más bien asentado en construcciones del sentido común y los valores que de ello se derivan. 

Exactamente, Caperucita. Pero el sentido común de las Caperucitas no puede ser igual al de los Lobos.

Por lo general, no entiendo al Duende de primera intención, pero me deja esa sospecha inquietante, esa desconfianza. El pensamiento conservador nunca es inocente, está sujeto a privilegios que viven unos pocos tipos como derechos adquiridos. Para mantenerlos, acuñan unos valores que deben ser asumidos como propios por otros cuyas posibilidades de acrecentar derechos se va estrechando en la medida que los valores de época justifican el statu quo. 

No niego los valores, pero para el ejercicio de los valores humanos tenemos que vivir humanamente. Sin justicia no hay valores que puedan alumbrarse. Es más, creo que la justicia es la madre de todo valor, pues enciende la vida con todo lo que ella demanda: alimento, cuidado de la salud, un lugar donde vivir, acceso a la educación y a todos los derechos que cada persona necesita para desarrollarse, expresarse y evolucionar según sus rasgos identitarios.

A mí no me corren con esos valores impuestos – se enoja el Duende – Los valores se construyen solo en el reconocimiento del otro. Sin otro, no hay valor humano que se sostenga.

Lo del otro me cuesta ¿viste? – le dije – En ese punto gruñó y desapareció con una pirueta crispada. Dudo que vuelva antes que encuentre al bendito otro, o bien me lo choque por ahí. O se me rebele, o… 

Como soy docente, el Diseño me pide educar en valores. Y este Duende que me deja en la vía… Se fue cuando más lo necesitaba: tiró media docena de bombas y espera que me haga cargo. Minga… Creo que haré una cartelera con todas las palabras que nombran valores – las que sé, las que me parece – y… ¡Ya está! ¡Cumplido, compañeres!

Aplausos. Reverencia. Listo el pollo, pelada la gallina.

(*) Docente, coreógrafa. Especialista en Educación y DDHH.